Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|“El arte no es un espejo para reflejar la realidad sino un martillo para darle forma”. Esta famosa frase de Bertolt Brecht es una buena síntesis de un pensamiento que, con respecto a la producción artística, se ve ya muy influido por Gramsci, desde el momento en que lo que se propone es forjar la realidad social a partir de elementos culturales y no al revés, tal como lo planteaba el marxismo clásico. En las épocas revolucionarias, antes de la toma del poder, arte y marxismo o filo marxismo van de la mano. La realidad humana, siempre deficiente en tantos aspectos, siempre perfectible y dramática, abre un campo para una expresión artística que denuncia la violencia, las injusticias, las inequidades y propone a la vez, de manera más o menos velada, una utopía redentora, de gran belleza estética y teórica perfección social. El arte adquiere así un compromiso con el cambio social. La sociedad abierta no sólo permite su desarrollo, también lo aprecia, lo adopta y a través de la acumulación de capital, lo financia.
Una segunda etapa se abre cuando la revolución triunfa y se hace del poder político. Allí hay también un martillo que, “golpe a golpe”, le dará forma a la realidad, pero no es el martillo del arte sino uno que flamea sobre fondo rojo junto con otra herramienta, esa hoz, que sirvió para cercenar libertades mucho más que para segar el trigo. A partir de allí, el arte no debe forjar la realidad, porque las expresiones de la individualidad humana le han cedido al Estado el monopolio, la iniciativa y la ejecución del cambio. El arte deberá permanecer circunscripto al “realismo socialista”. Tal fue la realidad en la URSS, en China y en Europa del Este. En ese disparatario ideológico en el que absolutamente toda realidad humana es vista bajo la perspectiva de clase, el “realismo socialista” es la auténtica expresión del proletariado. El resto, serán manifestaciones del espíritu individualista burgués y como tales, deberán ser duramente reprimidas. En Cuba se verifica idéntico fenómeno aunque la redacción de las normas ha ido perdiendo la dureza original para resumirse hoy, en un eufemismo de atractivo estilo caribeño: “Se promueve la libertad de creación artística en todas sus formas de expresión, conforme a los principios humanistas en que se sustenta la política cultural del Estado y los valores de la sociedad socialista” (Constitución cubana 2019 art. 32 lit. h).
En Uruguay vivimos la era posmarxista. El Frente Amplio gobernó 15 años, con mayorías absolutas y con las Intendencias más importantes del país. Acumuló en esa década y media enormes dosis de poder político. A pesar de ello, el cambio social no se produjo porque hasta cierto punto, primó una subconciencia nunca explicitada acerca de la inviabilidad de la sociedad socialista, si bien no como una ocurrencia demencial, al menos sí como una utopía irrealizable. El compromiso militante del teatro independiente, el canto popular de protesta y escritores como Benedetti y Galeano, habiendo constituido la esencia cultural de la insurrección sesentista, fueron reprimidos por el gobierno de facto. Recuperada la democracia, la denuncia a la dictadura fue un verdadero leitmotiv, pero ya no como rebeldía ante una realidad económico social injusta, sino como denuncia de un período transitorio en el que las libertades democráticas fueron conculcadas. A partir de 1990 (primera IMM del FA) la canción de protesta cede terreno como objetivo del canto popular, frente a la consolidación del poder político que la izquierda va logrando, dando comienzo a un proceso que desemboca hoy en el penoso espectáculo de nuestro actual carnaval, convertido en una agencia publicitaria a sueldo del poder frenteamplista.
Carlos Liscano en su libro “Cuba, de eso mejor no hablar”, (págs. 24 y 25) da cuenta de este servilismo intelectual uruguayo (que reverencia una ideología perimida) proveniente no ya de letristas murgueros, sino de la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay la que descarta su colaboración al haber tomado cuenta de que el autor escribiría sobre la violación de los derechos humanos en Cuba. Para la hegemónica intelectualidad uruguaya, tal parece que el comunismo (el pasado y el presente) no cuenta con una historia absolutamente reñida con los derechos humanos. Una toma de conciencia en ese sentido, podría romper las fronteras autoimpuestas y abrir un enorme campo fértil sin más límite que el infinito, para que el arte y la cultura dejen de una buena vez de estar servilmente resumidos por la fuerza centrípeta de ese oprobioso modo de concebir al hombre que fue el marxismo.