Willian Izzi Rosa | Montevideo
@|Una mirada desde Uruguay.
En estos tiempos convulsionados, en los que las noticias viajan más rápido que la empatía, Uruguay -como tantos otros rincones del mundo- ha visto surgir marchas, banderas y consignas en apoyo a uno u otro lado del conflicto entre Israel y Palestina. Son expresiones legítimas, nacidas del dolor, de la preocupación o de la solidaridad. Pero también, a veces sin quererlo, terminan alimentando divisiones que parecen lejanas pero que pronto se vuelven propias.
Sin embargo, más allá de los discursos y de la historia extensa y compleja que envuelve a estos dos pueblos, hay una verdad silenciosa que se repite a ambos lados del mar y que rara vez ocupa titulares: el 99% de quienes viven allí -niños, ancianos, mujeres y hombres- solo desean una vida sencilla, en paz, junto al amor de sus familias. No buscan la guerra, no la celebran, no la eligen. Son personas comunes atravesadas por un conflicto que los supera.
El relato ancestral que habla de Abraham, de Ur y de la antigua tierra de Canaán convive con la realidad moderna del nacionalismo palestino y del sionismo, con la creación del Estado de Israel en 1948 y con décadas de tensiones políticas, territoriales y humanas. Pero ese entramado histórico, tan vasto como doloroso, nunca debería opacar el punto esencial: son dos pueblos con la misma capacidad de sufrir, de soñar y de amar la vida.
Y quizás por eso surge una pregunta que vale la pena plantear desde este pequeño país del sur, tan acostumbrado al diálogo y a la convivencia: ¿por qué no imaginar una convocatoria distinta?
En lugar de marchas enfrentadas, ¿por qué no pensar en una marcha conjunta? Una caminata donde judíos y palestinos que viven en Uruguay -y quienes empatizan con uno u otro pueblo- puedan alzar sus banderas sin miedo, sin rivalidad, sin gritos que separen, sino con abrazos que unan.
Una marcha donde el azul y blanco pueda caminar junto al rojo, verde, blanco y negro; donde los himnos no sean armas, y las banderas no sean barreras; donde lo que importe no sea quién tiene razón, sino quién tiene futuro.
Una marcha para demostrar que la paz no es ingenuidad: es valentía.
Que el odio es fácil, pero la hermandad es un acto de creación.
Tal vez Uruguay, con su historia de encuentros, de pluralidad y de manos extendidas, pueda ofrecer un ejemplo humilde pero poderoso: la certeza de que los pueblos no están condenados a repetirse en el dolor. Que es posible elegir otro camino. Que incluso las heridas más antiguas pueden encontrar reposo en la voluntad de sanar.
Porque al final, más allá de las fronteras, los gobiernos y las banderas, todos los seres humanos comparten la misma esperanza: que sus hijos crezcan sin miedo. Y cuando una verdad es tan universal, tan evidente y tan profundamente humana, ¿cómo no detenernos a reflexionar?
La paz no es un sueño ajeno ni una utopía lejana.
Es una decisión cotidiana, un gesto simple, una invitación que espera ser aceptada.
Y tal vez, desde este pequeño país que siempre creyó en el diálogo, podamos recordarle al mundo que la paz -como la dignidad y la vida- siempre es posible. Solo hace falta dar el primer paso.