Eduardo Sellanes Iglesias | Montevideo
@|El fútbol fue, durante mucho tiempo, el deporte del pueblo. Bastaba una pelota, dos piedras para hacer un arco y un puñado de gurises con ganas de jugar. No había millones. No había contratos. No había marketing. Había fútbol.
Hoy el deporte más popular del mundo mueve cifras difíciles de imaginar. Y cuando el dinero alcanza semejante poder, una pregunta empieza a inquietar a millones de personas: ¿el negocio está empezando a pesar más que el deporte?
Cada fallo arbitral discutido. Cada decisión difícil de comprender. Cada privilegio que parece existir para algunos y no para otros, alimenta una sospecha que el fútbol no puede permitirse.
Un campeonato no solo debe ser limpio. También debe parecerlo.
La FIFA tiene una responsabilidad que va mucho más allá de organizar un Mundial. Tiene el deber de proteger la credibilidad del fútbol.
Esa credibilidad vale mucho más que cualquier contrato de televisión, cualquier patrocinador o cualquier figura, por extraordinaria que sea.
Las grandes estrellas engrandecen este deporte. Nadie puede negarlo. Pero ningún jugador, ningún dirigente y ninguna selección pueden estar por encima de las reglas.
Cuando el poder económico empieza a influir, o simplemente da la impresión de influir, el daño ya está hecho. La confianza comienza a resquebrajarse. Y sin confianza, el deporte pierde su razón de ser.
El fútbol pertenece a la gente. Al niño que sueña con ponerse una camiseta. Al padre que lleva a su hijo por primera vez a una cancha. Al hincha que llora una derrota y abraza a un desconocido en una victoria. No pertenece al dinero. No pertenece al poder. Porque los hombres pueden corromperse.
¡La pelota no se ensucia!