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Analizando

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Mil hipótesis se ensayan para explicar la derrota del 24 de noviembre. Coyunturales la gran mayoría de ellas, son además parcial o totalmente falaces. Más atención al litoral, menos obras y más reparto de dinero, una fórmula muy mal elegida, mucha o poca agresividad en el discurso electoral, etc. Todas miran los árboles perimetrales y ninguna el bosque.

En las elecciones de 1966 las fuerzas de izquierda que 5 años después conformaron el Frente Amplio, todas sumadas obtuvieron el 9.84%. En 1971, el FA elevó esta cifra a 17.62%; en 1984 a 20.77% (a pesar de la proscripción de Seregni y 13 años de dictadura); en 1989 a 20.35% (a pesar de la escisión del Nuevo Espacio que llegó a un 8.63%); en 1994 a 29.62%, superando el muro de Berlín y el derrumbe soviético (el Nuevo Espacio, fuera del FA sacó un 4.93%; ya había comenzado a ser fagocitado); en 1999 en 2ª. vuelta a 45.87%; en 2004 en 1ª. vuelta a 51.68%; en 2009 en 2ª. vuelta a 54.63%; en 2014 en 2ª. vuelta a 56.50%; en 2019 se redujo en 2ª. vuelta a 49.21% (nada menos, después de una desastrosa gestión en seguridad y una economía que perdía 55000 puestos de trabajo); y finalmente en 2024 se retoma la senda del crecimiento llegando en 2ª. vuelta a 49.8% enfrentado una propuesta continuista de una gestión de gobierno de coalición excelente.

Las conclusiones de la mera observación de estas cifras son tan evidentes que dejan relegados a un segundo plano cualquier otro análisis de táctica electoral o coyuntura política. Esta tendencia hacia la hegemonía social absoluta obedece a cambios estructurales, a posiciones sicosociales de largo aliento, a un cambio en el sistema de valores, a la instalación en el imaginario colectivo de una contracultura de matriz colectivista. Ante ese vertiginoso avance, la ingenuidad y la ambición cortoplacista dominante en nuestros meritorios partidos fundacionales apenas permitió presentar batalla dentro de la misma lógica, de los mismos antivalores y de la misma contracultura que una abnegada y avasallante militancia comunista y filocomunista impuso golpe a golpe, desde la política, la educación, la religión y desde una infinidad de ámbitos donde el afectuoso y familiar coloquio derivó hacia infinitos monólogos proselitistas. La reforma electoral que sancionó el balotaje (1999) no hizo más que demorar la agonía, cargando adicionalmente sobre las espaldas de ese primer gobierno de incipiente coalición, el peso del peor lustro que la economía reservara para nuestro pequeño país.

Una nueva forma de hacer política trocó la tradicional estrategia de la demagogia clientelar individual, por otra de peor especie: la demagogia dirigida no hacia individuos sino hacia colectivos. En virtud de este cambio, favorecer desde el poder político a personas individuales pasó a ser vergonzante primero, condenable luego y finalmente delictivo. En cambio, favorecer a un colectivo “compañero” integrado por trabajadores de una empresa fallida, si bien siguió siendo ilegal, pasó a ser moralmente elogiable. Otro tanto sucedió con lo de dar empleos a correligionarios. Invertir el orden de los factores resultó ser mucho más eficiente. Se comienza por crear primero 60.000 empleos públicos innecesarios. La fidelización política vendrá después, caerá sola, por su propio peso, y será éticamente plausible.

Pero por sobre todas las cosas, se logró imponer la idea de la distribución de la riqueza impulsada desde el poder político. La creencia tan sencilla como falaz, de que la situación del que menos tiene se soluciona sacando al que tiene más, logró imponerse enancada en otra premisa también falsa. Una que consiste en creer que políticos, empresarios, banqueros y gente en general con mucho dinero constituyen un todo unívoco de inagotable caudal al que se le puede extraer impunemente sin que ninguna otra variable económica (empleo, economía formal, recaudación fiscal, deuda) haga recaer su inexorable factura sobre los sectores menos favorecidos.

E impelidos por el cortoplacismo de la necesidad deuna victoria electoral resulta mucho más tentador anotarse en la competencia por el mejor reparto, antes que denunciar trabajosamente ante la opinión pública las desastrosas consecuencias de tal accionar.

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