Ya no

Llevaba yo varios meses esquivando a Leila Guerriero. La periodista argentina escribe para El País de España así que, de vez en cuando, sus columnas saltan en mis redes sociales sin buscarlas. Y yo les daba esquinazo. Puedo oler el talento ajeno a distancia, gestionarlo honestamente es otro cantar. En momentos de inseguridad literaria miro con recelo lo portentoso, que parece tan sencillo en otros, que desasosiega en carne propia cuando falta.

Uno de esos días en que pensaba pasar de largo del texto de Leila entreví que versaba sobre Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti. Desde que empecé a escribir en El País de Uruguay me detengo en cada noticia relacionada con ustedes.

El nombre de los emblemáticos autores de la generación del 45 no me era ajeno, sobre todo el de Onetti, que recibió en mi patria, en 1980, el prestigioso premio de literatura Miguel de Cervantes. Nada sabía yo del alma volcánica de Vilariño. La columna de Leila se titulaba Jaque Mate y hablaba de los escritores uruguayos, ciertamente, pero también de mí. Con su bella prosa, la periodista explicaba la relación de voracidad y desencuentro que mantuvieron Vilariño y Onetti.

Y mi historia.

Llamó mi atención una anécdota que tiene que ver con Poemas de Amor de Idea. En 1957, ella incluye una declaración de vida en el poemario: «A Juan Carlos Onetti». Al año siguiente, añade el poema Ya no, una declaración de muerte. Tiempo después eliminaría la dedicatoria al escritor en sucesivas ediciones de la obra. Cuando en 1991 la periodista María Esther Gilio preguntó a Onetti con qué poema de Idea se quedaría, éste respondió que con Ya no. «Lo único que no me gusta de esta edición es que ya no me la dedica. No me interesan las explicaciones racionales. Me interesa que ya no estoy más allí».

No me pasan desapercibidos los «ya no», involuntarios, en las declaraciones de Onetti, ríspido y huraño de usual, sangrando aquí por el arma empuñada por una mujer que le fue inaccesible. Elige ese poema en el que ella sentencia, casi notarialmente, el fin de la espera, la defunción de la presencia, y tácitamente, el propósito de olvido. Sin embargo, los versos de Idea son súplicas; las palabras de barbilla alta, de dignidad atolondrada, están de rodillas pidiendo más del amor imperfecto y holgazán del escritor. Tiempo después, la poeta justificaría la retirada de la dedicatoria explicando que se habían añadido al poemario nuevos textos que habían sido escritos para otros hombres. Onetti ganaría la partida que jugaban dos seductores insaciables al remitirle una reedición de Los adioses en la que había manuscrito: «de un hombre que no cambia».

Leila Guerriero banca en su columna a Idea diciendo que, sin ser partidaria de lastimar, de hacerlo, tenía que ser de manera duradera, hasta el final.

En 2021, una editorial española recién creada me propuso comenzar su andadura con un libro que recopilara mis columnas en prensa hasta la fecha y algún otro texto de mayor extensión. En aquellos momentos hacía ocho meses que un amor me había abandonado dejando mi esperanza en una cuneta. Hacía ocho meses que yo desgastaba las cuentas de un rosario.

Le dediqué Whiskas, Satisfyer y Lexatin convencida de que mis postrimerías tenían su nombre. Segura de ya no habría otro amor como aquel. Llegara al puerto que llegara mi trayectoria como escritora, algún día, en algún tiempo más amable, en algún lugar, por inhóspito que fuera, alguien abriría mi libro y ese nombre propio de inmortalidad y gloria impreso en él le haría saber que viví en el encanto.

La semana siguiente al lanzamiento del libro volvimos al hechizo. Regresó a mí con las viejas promesas, con el amor palpitante, con la eternidad por frontera. Pasaron los meses y florecieron los narcisos y las mentiras. Las otras mujeres, la luz de gas, lo sórdido. Cuando le dejé, cuando arrojé mi esperanza a la cuneta de la que no debió ser rescatada, el libro estaba teniendo muy buena aceptación. Llamé a mi editor y le pedí que eliminara la dedicatoria. No conocía aún a Idea Vilariño. Era febrero, y yo acababa de inventar el verbo «indesear»

El pasado mes de diciembre Ediciones Monóculo imprimió la tercera edición de WSL sin rastro de aquel nombre que un día estuvo inscrito en mi posteridad.

En esta época donde nada es eterno ni inmutable, donde un Ya no nos atravesará el alma alguna vez, los autores deberían poder mantener a lo largo de toda su producción literaria un apartado de «Agradecimientos» y otro de «Aborrecimientos».

Así, en el transcurso de las vidas se iría viendo quién cayó en desgracia, quién recuperó el favor y quién fue consistentemente despreciado. Post mortem, nadie podría tergiversar la voracidad y el desencuentro.

Un bloqueo en el teléfono, un unfollow en cualquier red no serán igual de trazables cuando ya no estemos. No descansan el espíritu como una dedicatoria que ha dejado de existir o un poema que certifica una ausencia.

Puede que incendiar el alma como Idea Vilariño y contarlo como Leila Guerriero sea también mi vocación. Empecé a leer a Idea, sedienta, después de descubrir que nos vengamos de la misma manera. Sin embargo, todo es más prosaico y vulgar a este lado del charco: Ajustamos cuentas con la mediocridad por aquí. Ya quisiéramos que la traición tuviera el genio de Onetti o la deslealtad su réplica. Compré libros de Leila, ahora que había arrinconado mis recelos y llamé a un amigo argentino: -Está equivocada en todo, pero qué bien escribe.

-Lo mismo pienso yo de vos.

La diferente opinión con la argentina en asuntos progresistas me salva de que me abrume su talento, su cuerpo anguloso, la melena azabache y su «qué sé yo» que repite con un yeísmo imposible para mi españolidad.

Ya no esquivo las columnas de Guerriero, adquirí la Poesía Completa de Vilariño y dedico mis noches a los cuentos de Onetti. Recito Ya no pasando las cuentas de un rosario cuando me rompen el corazón. Escribo en El País de Uruguay como hace Leila en España. Tengo una dedicatoria maldita vagando en el limbo de una primera edición.

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