Que entre los estudiantes que inician sus cursos para formarse como docentes haya un alto porcentaje con dificultades para expresarse por escrito o para entender lo que están leyendo, no solo es revelador, sino que es dramático.
Esto plantea un problema a dos puntas. No lograron superar escollos básicos en su formación escolar y liceal, que ocurrió aproximadamente en los 15 años anteriores, y no lograrán enseñar habilidades básicas el día que empiecen a desempeñarse en su profesión, a no ser que logren revertir la situación en el tiempo que resta de su carrera.
Hace un par de meses se difundieron los datos de una prueba hecha para ver cuan bien escribían y entendían lo que leían, estudiantes de nivel terciario que se preparan para la docencia (tanto de Primaria como de Secundaria).
Cerca del 55 por ciento (en una prueba tomada a unos 4.700 estudiantes) tuvieron un resultado bajo o muy bajo al pedírsele un trabajo de “producción escrita”. Igual calificación obtuvo un 38% de los estudiantes en cuanto a comprensión lectora, o sea la capacidad de entender lo que dice un texto. No solo se trata de estudiantes que ya pasaron su formación primaria y secundaria, sino que se están preparando para enseñarle a niños y adolescentes.
La dificultad que tienen tantos estudiantes para expresarse y comprender lo que leen, aparece de modo recurrente (y no solo en Uruguay) desde hace unos años, lo que obliga a preguntarse si los sistemas educativos no se han sobregirado en lo que a aprendizaje de nuevas tecnologías se refiere, en detrimento de conocimientos básicos.
Esta es una pregunta que me he hecho muchas veces y tiendo a pensar que tal vez la solución sea volver a una formación clásica. No estoy seguro si esa es la salida, más allá de que me seduce, por eso quiero plantearla con la intención de provocar una reflexión sobre el tema.
Tanto énfasis puesto en el manejo de instrumentos tecnológicos quizás disimule otras carencias en los actuales docentes. Olvidan que los nuevos formatos, como lo fue siempre con la tecnología a lo largo de los siglos, serán mejores instrumentos para acceder a más conocimiento, pero no son el conocimiento en sí mismo.
Por eso creo que llegó la hora de preguntarse si no sería necesario equilibrar la enseñanza en el uso de tecnología nueva con un mayor y multiplicado énfasis en lo clásico: saber leer, saber escribir, saber sumar, restar, dividir y multiplicar, tener nociones básicas de historia nacional y de geografía en la escuela. Y usar más libros en papel.
El momento de arraigar esas capacidades básicas es en la etapa escolar. Entrarán así mucho mejor formados a una Secundaria que acaba de renovar su planes y programas. Con ello se buscaría el simple objetivo de que los estudiantes estén mejor preparados para afrontar la complejidad de la vida, para saber discernir y ubicarse ante la diversa realidad que enfrentarán cuando salgan a buscar un trabajo del que vivir.
Sé que mi planteo puede ser visto como conservador. Pero es que algunas de estas novedosas teorías aplicadas en las últimas décadas, no están dando los resultados esperados.
Sin duda los profesionales del futuro deberán tener un buen dominio de la cada vez más pujante tecnología y nadie se puede quedar atrás en eso. Pero ese dominio queda neutralizado cuando no se es capaz de escribir ni de entender un texto.
Usar tecnología implica manejar instrumentos de última generación para lograr un objetivo. Pero lo que importa es el objetivo, aunque a veces pareciera que se la da prioridad a la mera habilidad para desempeñarse con los nuevos instrumentos. Más aún, los chicos no necesariamente aprenden ese manejo en las aulas, sino que lo saben por el simple acceso a ellos en la casa y entre los amigos.
La tecnología siempre intentó responder a necesidades que iban surgiendo. A veces fueron buenas soluciones, otras no tanto. Hoy en cambio, parece haber un puro regodeo en la tecnología por la tecnología misma. Adquirimos nuevos celulares y les agregamos mejores aplicaciones, por el simple deleite de jactarnos de tenerlas, no por ser más útiles ni para lograr mejores resultados en nuestro trabajo laboral, profesional o académico. Adquirir la última de la última aplicación parece más la búsqueda de un nuevo juguete que de un eficiente instrumento.
No pretendo desechar la formación tecnológica en escuelas y liceos. El Plan Ceibal es un ejemplo exitoso que, por ejemplo, permitió junto con otras tecnologías, sortear los efectos de la pandemia con la enseñanza a distancia.
Aun así, es necesario recordar que los instrumentos de última generación que usan hoy los niños en la escuela estarán obsoletos cuando lleguen al liceo y así sucesivamente. Por lo tanto, su uso debe ser enseñando con flexibilidad, capacidad de adaptación y sin sacralizar nada.
En cambio, saber leer, escribir y entender lo que se lee, saber hacer operaciones matemáticas, nunca será un aprendizaje obsoleto.