Uruguay y Brasil

Tuvimos, en las primeras décadas de nuestros países, una historia compartida, dolorosa y hasta penosa para nosotros.

GONZALO AGUIRRE RAMÍREZ

No teman, por el título, que les hable de Maracaná. Mi preocupación es muy otra. De vez en cuando, es bueno mirar más allá de la esquina -y del barrio- y otear el horizonte. Olvidar por un rato lo cotidiano. Y pensar en grande, con perspectiva histórica, nutrida del pasado pero proyectada al porvenir.

A tal fin, hay que partir de los hechos, como enseñaba Karl Popper. Hechos geográficos, históricos, económicos, sociales y demográficos. Los hechos, por ejemplo, evidencian que EE.UU. es la principal potencia y el mercado más grande del planeta, aunque las telarañas mentales les impida percibirlo, a algunos de nuestros anacrónicos gobernantes.

Es un hecho, entonces, que Brasil es la nación más importante de la América de raíz ibérca, en términos geográficos y económicos. Y es otro hecho que la geografía nos ubicó a su lado, pues tenemos con este gigante una frontera fluvial, terrestre y lacustre de casi mil quilómetros.

También tuvimos, en las primeras décadas de nuestros países, una historia compartida, dolorosa y hasta penosa -por momentos- para nosotros. Pero historia común, al fin, que la ignorancia en avance nos hace recordar cada vez menos. De la historia no compartida, la propia de los brasileños, ni hablemos. La ignoramos casi de punta a punta, lo que configura un grave error, pues es del conocimiento de su historia que suele venir la comprensión entre los pueblos. O, por lo menos, entre sus gobernantes.

En otros tiempos, esa ignorancia era bastante menos acusada. Cuando en 1959 se cumplió medio siglo de que Brasil, por generosa iniciativa del Barón de Río Branco -previa gestión reservada de Gonzalo Ramírez- nos devolviera las aguas que nos había arrancado en 1851, en el Senado se recordaron los felices acontecimientos de 1909. Varios senadores hicieron gala de erudición histórica en el torneo oratorio que se registró, con Alfredo Lepro a la cabeza.

Quien remató la suerte -al decir de los expertos en el arte taurino- fue nada menos que Eduardo Rodríguez Larreta, quien había tenido el privilegio de conocer a Río Branco en 1910, al frente de una delegación que viajó a Rio para agradecerle su generosidad.

Hoy Lula está llegando a nuestro país, con tres de sus ministros. Diez días más tarde vendrá Bush, quien de inmediato visitará Brasil. Se aproximan, al parecer, tiempos de fortalecimiento de los vínculos entre la Casa Blanca y Brasil. También, queremos creerlo así, entre aquella y Uruguay. Pero tales posibilidades, por cierto, no son excluyentes de un acercamiento entre nosotros y nuestro poderoso vecino.

Sin olvidar el acentuado deterioro del funcionamiento del Mercosur, pensemos lo que significaría para nuestro país el libre ingreso -real, no en el papel de los tratados-de sus productos al gran mercado brasileño. Es muy reciente el gesto amistoso de Brasil con Uruguay -y Paraguay- en el seno del Mercosur, que fue bloqueado por Argentina. Con este otro vecino, lamentablemente, el deterioro de nuestras relaciones es mayúsculo. Su panorama político, además, se refleja en una caída constante de la calidad institucional y del estilo gubernativo. No pasa lo mismo en Brasil, donde Itamaraty nunca dejó de serlo. Ni lo dejará.

Sin echar a volar las campanas porque hoy nos visite Lula, -una actitud cordial de su parte-, pensemos seriamente en Brasil. Y empecemos por conocer las constantes históricas de su política internacional, así como su rumbo actual y sus intenciones.

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