Trama de la vida

HERNÁN SORHUET GELÓS

La implementación del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) de Uruguay sigue avanzando.

Siete áreas ya fueron incorporadas y algunas más esperan su turno.

Todavía algunas personas se preguntan qué sentido tiene crear zonas protegidas de actividades masivas o capaces de afectar su estructura y funcionamiento. Sigue tan arraigado el viejo concepto de desarrollo como expresión de la explotación de los recursos, que cualquier actividad de conservación que se ponga en marcha, se percibe como una limitación directa al mismo.

La simple colocación del "apellido" Sustentable, sin que se aclare pormenorizadamente su significado, no ha ayudado mucho a modificar la situación. En todo caso, se presenta muy atractivo porque parece proponer un mecanismo cuasi mágico, capaz de lograr la máxima explotación posible de los recursos naturales, sin destruirlos.

Esta confusión está mucho más extendida de lo que parece. De no ser así, los gobernantes, empresarios, comerciantes, etc. estarían volcando sus energías y medios en el uso de los recursos, sin comprometer la estabilidad ambiental del entorno.

Se ha pretendido justificar las conductas depredadoras, irresponsables y "cortoplacistas", invocando tanto a la riqueza como a la pobreza.

Cuántas veces hemos escuchado que, para generar riqueza que redunde en una mejor calidad de vida de la sociedad, es inevitable sacrificar parte del ambiente.

O que, ante el angustiante apremio de la pobreza, las prioridades para salir de ella (empleo, alimentación, sanidad) son tan urgentes que lo ambiental pasa a un segundo o tercer plano.

Ambas excusas buscan lo mismo. Mantener el status quo, porque en él algunas minorías se favorecen, y las mayorías pagan el precio más elevado.

Cuando se habla de desarrollo sostenible se reivindica un modelo basado en el uso de propuestas y soluciones socialmente justas, económicamente viables, culturalmente apropiadas y ambientalmente sustentables. El resultado de su aplicación debe ser la elevación de la calidad de vida de la comunidad en su conjunto, con equidad y con capacidad de mantenerse en el tiempo. Pero, con ello no basta. Además, debe garantizar la estabilidad ambiental de los ecosistemas en los cuales vive la comunidad, y las demás que pueblan el planeta. Decimos esto porque la capacidad tecnológica actual permite que una sociedad pueda comprometer el futuro de otra muy lejana, contaminando o degradando ecosistemas muy distantes.

Conservar áreas naturales representativas de los ecosistemas característicos de cualquier país, así como sitios de valor cultural e histórico, es necesario, conveniente y obligatorio.

Aunque no nos hayan enseñado a percibirlo, la realidad nos abre los ojos.

El uso sostenido, equilibrado, armonioso del medio es el desafío elemental que caracteriza a todos los seres vivos. Un parásito que mata a su hospedero, seguramente también morirá.

Duele pensar que, en cierto sentido, los seres humanos nos estamos convirtiendo en un parásito del planeta vivo, con capacidad de producirle enfermedades cada vez más preocupantes.

Por fortuna, la educación y la comunicación ambiental trabajan a favor de la comprensión de la realidad. Buscan el equilibrio clave entre la biosfera y la noósfera.

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