El tema se ha puesto de moda desde el temporal de agosto en adelante. Los pronósticos de la Dirección Nacional de Meteorología, no me resultan confiables. Lo digo con la autoridad que me da el seguir de cerca el estado del tiempo que es un factor de incidencia importante en mi organismo. Entonces estoy permanentemente informado sobre el porcentaje de aciertos y de errores.
Me parece que Torraca maneja bien la información, y tiene la gran virtud de no jugarse a vaticinios cuando las cosas no vienen claras. Esto no es una ciencia exacta, y aunque en líneas generales en el corto plazo los pronósticos se cumplen siempre, a veces ocurren imprevistos que hacen cambiar el tiempo contra todos los cálculos. Primera conclusión pues, en esta apuesta, como en el póker, no hay carta segura. Se puede jugar a lo que sea más probable. Como segundo detalle de experiencia que les puedo transmitir, es muy difícil hacer un pronóstico climático con elementos de juicio más o menos fundados por más de tres, cuatro días, quizá una semana. Por eso, cuando se descargaron estos calores tan fuertes de noviembre, sostener en base a ello que va a ser un verano muy caluroso no tiene fundamento alguno. Lo será o no, veremos, vamos a no darnos por vencidos de antemano, porque no hay cosa peor que sentir el calor y saber que se mantendrá por varios días. Tampoco tiene fundamento en agosto hacer predicciones de cómo será el verano, o en febrero de cómo será el invierno. Reitero que mis conocimientos sobre el clima, al que soy particularmente sensible, son puramente empíricos, se basan exclusivamente en lo que oigo, en lo que leo, y en lo que en la realidad sucede.
Tengo el pálpito que el problema de Meteorología puede estar en la falta de material técnico para trabajar no teniendo por qué suponer que se trate de una cuestión de idoneidad de sus funcionarios y encima derivar el problema al terreno político. Sería un atrevido si sugiriera eso.
Quizá por eso omitió advertir el fenómeno climatológico inédito para nosotros por la magnitud del temporal y la fuerza de los vientos en la noche de 23 de agosto, que costó ocho vidas humanas y un verdadero desastre en todos los órdenes.
De ahí en adelante, y ahí me arriesgo sí a intuir que seguramente para cubrirse, Meteorología ha declarado varias alertas sin embocar una. Es lógico, nadie les va a recriminar si predicen un temporal con lluvias copiosas y vientos arrachados de cien quilómetros por hora y después caen tres gotas o sopla una brisa, pero no les van a dejar pasar otra igual a la que no pudieron prevenir, la catástrofe climatológica de mayor dimensión de la historia del país, al menos de acuerdo con los registros que pudieran llevarse desde el descubrimiento del Río de la Plata a la fecha.
Insisto en la importancia de los recursos técnicos con que se cuenta. Yo he visto en Nueva York a gente caminando por las calles con un paraguas en la mano en un mediodía soleado sin una nube a la vista, y ello se debe a que la televisión advirtió que a la una de la tarde llovería. Y a la una de la tarde, caían cataratas de agua. Estamos muy lejos de esa precisión.