Socarrón y muy criollo: una raíz diferente

| El humor mordaz de Artigas podía lindar con el absurdo. La modernidad de su estilo resulta asombrosa

Cuando Montevideo está sitiada, después de la batalla de Las Piedras (1811) se acuerda un armisticio: el ejército de la Junta de Mayo se retira y entran a la Banda Oriental, las tropas de portuguesas, bajando desde Brasil.

Entonces los españoles piensan que a raíz de ese convenio, han surgido diferencias graves entre la gente de Buenos Aires y los orientales; y no se equivocan. Los orientales, abandonados por su aliado, deciden abandonar sus casas, pasar al otro lado del río Uruguay y dentro de lo posible... ¡conservar sus armas!

Al virrey Elío, españolista y torpe, se le ocurre entonces que sería bueno comprar al jefe criollo que lo venciera en Las Piedras.

Artigas comanda el éxodo (una emigración de 6.000 personas) a la cual sus protagonistas, le llaman con toda razón: La Derrota o, como ellos solían decir: la Redota. Elío escribe secamente:

—El Virrey encarga a Artigas que dé crédito a lo que dice Pereira que lo estima. De todos modos Artigas debe conocer a Elío y debe saber que nada podrá perder al fiarse de su palabra a la que jamás ha faltado.

Interésese en la suerte de la campaña y no permita ni dé motivos con su ejemplo, al desorden y a la desolación del inocente vecino. Que todos vuelvan a sus casas satisfechos. Los protegerá siempre, como lo ha hecho siempre, (y una rúbrica de Francisco Javier Elío). (1)

Artigas contesta con una carta espejo:

—Artigas asegura al Virrey que regido siempre por principios de probidad y justicia, jamás se separará de ellos. Obedecer al gobierno de la comunidad a quien pertenece, a Buenos Aires, es la ley que la sociedad le impuso como ciudadano y que se le impone como militar.

De todos modos Elío debe conocer a Artigas y debe conocer que nada aventura al creer en la honradez que lo distingue y que su patria es la gran voz para él; que la felicidad de sus paisanos, es la pasión que lo domina; y que la sujeción al gobierno de los hombres libres, lo hace subordinado por su carácter. Esto deben saberlo todos y conocerlo todos porque esta será su manera de pensar siempre, como lo ha sido siempre, José Artigas. (2)

Ni se dirige al señor Virrey con la consideración que su cargo merece, ni lo saluda, ni se despide con una fórmula de cortesía; se limita a parodiar el tono imperial del otro.

La contestación mantiene un tonito socarrón muy criollo, un sobreentendido: usted me trata como si yo fuera un cacique. Bueno. Entonces los dos somos indios. Está burlándose y descuenta la rabieta que su desdén provocará en el otro. Esa contestación ha de haber sido lo que menos pudo esperar don Xavier de Elío, que era además de empecinado, soberbio; y bastante zonzo.

GRANADEROS. Cuando el Exodo está instalado en el Ayuí, el jefe Supremo del gobierno de Buenos Aires, Manuel de Sarratea, viaja y se traslada al campamento oriental y desde allí, cuestiona la autoridad de Artigas y día a día va minando su fuerza militar, sonsacándole, mediante dinero, oficiales y soldados. Es la guerra fría. Artigas, furioso, respondía a esa agresión incesante y solapada.

En tal situación, Sarratea, maturrango y compadrito, envía unos veinte soldados a la Banda Oriental con el cometido de entregar un mensaje al jefe portugués que dirige la invasión; y por supuesto, sucede lo previsible: a los pocos días, el desierto se tragó tanto el correo, como el mensaje y sus portadores.

Entonces el Jefe del Estado Mayor de Sarratea, el oriental Francisco Javier de Viana, le pide a Artigas que averigüe a través de sus amigos, los charrúas, dónde están los granaderos que pasaron a la Sierra y cuya suerte se desconoce.

Sin atender a las desavenencias entre Artigas y Sarratea, Viana escribe, como si nada:

—"El Excelentísimo Señor Presidente, General en Jefe (Sarratea) me encarga diga a V.S. que hace 25 días salieron de Paysandú, conduciendo pliegos para el general (Diego de) Souza, un teniente de dragones de la Patria y 25 soldados del propio regimiento. Y como no han regresado, el señor Sarratea está cuidadoso por su tardanza. Espera (por tanto), que al paso que V.S. dirija sus marchas, (averigüe) por medio de sus partidas avanzadas y trato con los indios, alguna noticia que pueda tranquilizar las sospechas a que ha dado lugar la demora del expresado oficial." (3)

La contestación de Artigas, que es despampanante, usa el absurdo a la manera de Groucho Marx.

Después de haberle indicado al Caciquillo que localizara y retuviera ese piquete y que le trajera el mensaje (supongo) Artigas le contesta a Viana sobre el insuceso de los granaderos con un epigrama que cabe en estas pocas líneas:

—"Ya lo he hecho averiguar entre los indios, pero ellos sólo me dicen que han matado muchos portugueses galoneados, pero sin advertir (sin fijarse) si tienen el uniforme de nuestros dragones..." (4)

PAISANA CORTA DE VISTA. Ahora vamos a violar el artículo 28 de la Constitución y en virtud de ese delito, vamos a conocer la correspondencia privada de Artigas, algunos párrafos escritos en el año de su culminación: 1815. Acaba de derrotar a los porteños en Guayabos y su influencia es decisiva desde Montevideo hasta las Misiones Orientales, desde Entre Ríos a Córdoba, pasando por Corrientes, Misiones y Santa Fe.

El primero de mayo, con 56 años de edad, Artigas le escribe a su suegra doña Francisca Artigas, que también es su tía Pancha:

—"Mi muy querida madre: Es preciso tener siempre un poco de paciencia, (esté) segura de que todo se ha de componer. Ya estamos muy cerca de hacernos amigos del todo, con sus queridos, los porteños. A fuerza de andar de guapos vamos viendo el fruto de nuestros trabajos. Dios nos libre si hubiéramos sido como sus antiguos viejos, los aragoneses. A la hora de ésta, ni el apellido se nos hubiera visto. ... Usted reciba expresiones de Barreiro y Monterroso y de toda la montonera junta, con el afecto invariable de su apreciado hijo." (5)

El 10 de diciembre, Artigas le manda una carta a Miguel Barreiro, Gobernador de Montevideo, y la carta, debidamente firmada por él, es de puño y letra de Monterroso:

"Mi estimado Barreiro: la lancha de don Francisco Solano, según noticias, se ha demorado más de lo que pensaba. En ella mandaba a usted una carta pidiéndole que me comprase una docena de sillas de las inglesas y una mesa de arrimo. Si no hay de esas, otras equivalentes. Encargo a usted el secreto porque ya sabe que doña Pancha Artigas es celosa; no obstante que no soy capaz de faltar a la fidelidad del santo matrimonio. Avíseme del importe para mandárselo entregar en ese destino y me remitirá dichos encargues en la primera oportunidad que se ofrezca, si no es que pronto regresa el dicho señor Francisco Solano. (6)

El día de Nochebuena del año 15, hay una carta a Rivera a propósito de la banda militar:

—"La música, supuesto que es paga por el cuerpo cívico (el Cabildo): dejarla en ese tono hasta que se perfeccionen las cosas. Supuesto que aún no hay fondos para pagar las tropas, ni oficiales, mucho menos podrán estos concurrir a pagarla.

Todavía no es tiempo de pensar en esas perfecciones. Aún tenemos objetos más interesantes que realizar y hasta su conclusión será difícil entrar a esos pormenores." Y agrega Artigas: "Tenga usted sus instrumentos guardados, que no faltará quien los toque". (7)

A principios de febrero del 16, cuando ya está enterado de las "tramoyas" de Buenos Aires, para traer de nuevo una invasión portuguesa, todavía le queda humor para escribirle a Rivera:

—"Dígale a la paisana de los anteojos que no se olvide de la dama Juana de Caña, si no quiere que rompamos amistades".

Y culmina el billete con esta cachada suave:

—"Usted me ha escrito dos cartas y tengo la fortuna de que su letra se va componiendo tanto, que cada día la entiendo menos". (8)

Comento: La gracia, la alegría, la soltura para la cachada, marcan en Artigas una raíz cultural diferente a la pesadumbre colonial que lo rodeaba y a la tristeza funeral de los tapes. Es otro indicio que me lleva a pensar en la formación recibida en el Lejano Norte, lejos de vidalitas y carnavalitos y de las peligrosas arpas guaraníes precursoras de tanta cursilería.

Siendo gobernador de Montevideo Joaquín de Viana, Dom Pernetty, un distinguido visitante francés, cuenta que conoció a los muchachones charrúas y relata una escena mínima pero expresiva:

—"En otra oportunidad que estábamos con el párroco y se nos advirtió que se aproximaba un grupo de ocho o nueve indios, hombres y mujeres. El escribano de nuestra fragata comía un pedazo de pan junto a la puerta y uno de los indios se lo tomó al pasar, se detuvo un momento y lo comió riendo con lo que provocó el regocijo silencioso de todo su grupo." (9)

Cuando Sarratea es humillado y vencido y debe volver a Buenos Aires, se juntan ante los muros azorados de Montevideo, el ejército auxiliar comandado por José Rondeau y el ejército oriental al mando de Artigas.

Hay un asado general y un gran festejo y el sitio que oprime a Montevideo queda más fortalecido que nunca.

A media tarde, después de la cuchipanda, un grupo de charrúas se acerca a las murallas, donde hay vecinos asomados y les tiran flechas. No es por supuesto un modo de atacar, es un alarde; están eufóricos, saltan y gritan y vociferan.

En el "Diario del Segundo Sitio de Montevideo", escrito por el padre Bartolomé Muñoz se lee sobre esa jarana:

—"27 de febrero. Supe que la guerrilla de ayer de tarde la mandó el Jefe Oriental y los charrúas echaron a la plaza algunas flechas..." (10)

Tirar flechas que no alcanzaban su blanco y gritar atrocidades eran formas de burlarse, haciéndose los muy malos y muy feroces... en broma.

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(1) Archivo Artigas, tomo VI, pág. 6

(2) Archivo Artigas, tomo VI, pág. 10

(3) Archivo Artigas, tomo X, pág. 158

(4) Archivo Artigas, tomo X, pág. 167

(5) Archivo Artigas, tomo XII, pág. 190

(6) Archivo Artigas, tomo XII, pág. 215

(7) Archivo Artigas, tomo XXII, pág. 218

(8) Archivo Artigas, tomo XXII, pág. 223

(9) Acosta y Lara, Eduardo F., "La guerra de los charrúas en la Banda Oriental". Ed. Linardi y Risso, Montevideo. 1989. Tomo II, p. 246

(10) Archivo Artigas, Tomo XIII, pág. 238

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(Fragmentos de "La nueva historia de Artigas" de Carlos Maggi, que empieza a publicarse junto con El País, el próximo jueves).

Una carta inolvidable: Charrúas en vivo

Fragmentos de una carta a Eduardo Acevedo Díaz, escrita por el coronel Modesto Polanco, Jefe Político y de Policía de Cerro Largo en dos períodos (1863/64 y 1875); Jefe Político de Canelones (1875); fundador de Santa Clara de Olimar. El novelista recogió las observaciones de Polanco en "Ismael", "Nativa" y la "Boca del Tigre".

—Largo tiempo hacía ya, en el año 1857, que mi amigo don José Paz Nadal mantenía en su gran establecimiento de campo —situado a ocho leguas al sur de la Villa de Tacuarembó— al cacique Sepé y su tribu, cuando lo conocí, con motivo de las frecuentes visitas que le hacía a mi amigo.

"A un kilómetro de las poblaciones del establecimiento, estaba la toldería en perfecto estado primitivo, con sus ranchitos de rama arqueada como toldo de carreta, la correspondiente zanjita alrededor, hecha a cuchillo, para que corriera el agua, y su lecho de hojas o pajas que renovaban cuando estaban húmedas".

Componíase su ajuar de ropa, de dos metros de bayeta o de otra cualquiera tela burda, envuelta en la cintura en forma de pollerón, que le llegaba a medio muslo a los hombres, y bajaba un poco más en las mujeres.

Nadal que era madrugador por hábito, venía temprano a despertarme con el mate y esa mañana me llamaba para ver un fenómeno que yo no estaba muy dispuesto a observar.

—Vas a ver a Sepé hecho un Patriarca.

Dentro del guarda-patio, con la lluvia y el tránsito de los caballos, se había hecho un lodazal y en medio de él dormía y roncaba Sepé tranquilamente.

—¡Qué organismo!

—¡Qué musculatura!

—¡Qué cuero! —exclamé.

Su cuerpo había modelado un pozo; la evaporación era como humo que salía del cuerpo de él y del barro que tenía en contacto; ni más ni menos que un cerdo.

Eran los charrúas altos y delgados, de seis pies más o menos (1.83 mts); de formas poco pronunciadas, pero de un delineamiento y contornos perfectos; bien desarrolladas las cavidades de los principales órganos. La cabeza, aunque un poco pequeña, era bien conformada y rectamente puesta. Su rostro era ovalado, sus ojos pequeños y las cejas bien delineadas; la nariz un poco aguileña, la boca chica con el labio inferior un tanto inclinado hacia afuera.

Eran sus mujeres de talle esbelto y flexible y de bonita boca, con parejas y preciosas dentaduras de esmalte blanco. Y no eran ajenas a cierta coquetería o deseo de parecer bien; su manera de expresarlo, era montando de un salto uno de sus briosos caballos de buena rienda, y hacían vertiginosos equilibrios, a todo escape.

No tenían inclinación al robo, y esto lo probaron en los años que sentaron sus reales en el campo de Nadal, sin que hubieran cometido ni uno solo de esos actos en su establecimiento ni en el de ningún vecino.

Lo que más nos llamaba la atención y ensayábamos, entre los amigos que nos reuníamos allí, Leopoldo Bonavita, Tristán Azambuya y otros, era el grito de guerra.

Ese alarido, que atronaba los aires, no es fácil de explicar; empezaba como el bramido de un tigre, seguía el mugido de un toro, y concluía como el toque de atención de un clarín de guerra - recuerdo que los caballos erizaban las crines y relinchaban al sentirlo.

Cada vez que intentábamos imitarlo, se reían a carcajadas, los indios.

La honda se componía de una sola soga, en vez de las dos que conocemos. En uno de los extremos estaba sujeto un tejido de cinco cascos —abiertos en forma de naranja— unidos por los polos. Entre esas aberturas se colocaba la piedra que se arrojaba junto con la honda y cuando ellos la tiraban, la piedra daba en el blanco y la honda caía a dos o tres pasos. En cambio, cuando tirábamos nosotros, seguían juntas honda y piedra toda la proyección: ahí estaba el busilis.

"¿Puede, acaso, compararse a éstos nobles y valientes salvajes, tan dispuestos a lo moral y a lo mítico, con esas tribus del Brasil, bajas de estatura, de cara chata, cuello corto, anchos de espalda y frente deprimida?"

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