El 1º de setiembre de 1904 chocaron en Masoller, lejano confín norteño y fronterizo del país, el ejército nacionalista de Aparicio Saravia y las fuerzas gubernistas y coloradas del presidente Batlle y Ordóñez. Mandaba este ejército el veterano y prestigioso general Eduardo Vázquez, Ministro de Defensa Nacional, quien al término de la batalla hizo telegrafiar a Batlle, desde Tranqueras, en los siguientes términos, más o menos textuales:
—Hemos peleado todo el día, batalla indecisa. Si mañana prosigue, debemos retirarnos por falta de municiones.
La versión, que por provenir de testimonio oral de Don Juan Pivel Devoto no nos merece la mínima duda, nos fue confirmada recientemente por el Prof. Enrique Mena Segarra. Pivel agregaba que Saravia, tendido en el campo de batalla tras ser gravemente herido, convocó a sus jefes y les ordenó que prosiguieran el combate el día siguiente, pues "la batalla está ganada". Ante la sorpresa de algunos de los presentes por esa manifestación categórica, añadió Aparicio:
—Ellos están sin municiones. ¿No advirtieron que sobre el final de la batalla sus disparos eran cada vez más espaciados, hasta casi no oírse?
Pero, contra sus órdenes y sus previsiones, la noticia de su estado de salud corrió incontenible por todo su ejército y éste, doblegado su espíritu ante el abatimiento de su mítico general de poncho blanco, abandonó el campo de batalla y cruzó la frontera sin haber sido derrotado.
Singularísimo, pues, fue el desenlace de Masoller. La historia registra así este gran combate como una victoria del ejército gubernista, siendo que su jefe sabía que su prosecución —al día siguiente—, determinaba su derrota, y que Saravia también sabía que los dados estaban echados a favor de su noble causa. Pero el balazo que terminó segando su vida el 10 de setiembre, enderezó los sucesos en otra dirección.
Algunas otras precisiones, sobre la batalla y la muerte de Saravia, no quedarán en el tintero. El ejército colorado, de 7.500 efectivos, esperó al nacionalista —de 16.000 hombres—, atrincherado tras una defensa natural que ofrecía el terreno, y causó a su enemigo más muertos y heridos que los propios. La mitad de las divisiones blancas, por lo menos, no entraron en la batalla, que no fue de entrevero ni de cargas heroicas sino de posiciones fijas y fuego graneado. Aparicio reservó esas divisiones en la retaguardia, para el día siguiente.
Preveía que la batalla iba a ser larga y, aleccionado por lo que le había ocurrido en Tupambaé, no quería quedarse sin municiones, tras dos o tres días de pelea. Pero el destino quiso otra cosa. También nos aseguró Don Juan Pivel Devoto que, de haber estado el Dr. Alfonso Lamas en Masoller, el eminente cirujano lo habría operado, extrayéndole la bala determinante de la infección que complicada con una neumonía, causó su muerte. Ello, a pesar de que Pivel tuvo oportunidad de interrogar al respecto al Dr. Lamas, ya octogenario, quien, por obvias razones de respeto y delicadeza para con los colegas que asistieron al general, le respondió que, sin haber podido examinar al herido, no podía aseverar que su herida fuera operable y con éxito.
Masoller cerró el ciclo de nuestras grandes guerras civiles. Futuros conatos revolucionarios y pequeños combates —en 1910 y 1935— carecieron de su dimensión épica y de su desenlace trágico. Masoller no aminoró la grandeza del caudillo caído, cuyo legado cívico y sus banderas de sufragio libre y representación de las minorías son patrimonio común de los uruguayos desde la Constitución de 1918. Su figura inmaculada quedó grabada a fuego, con caracteres indelebles, en el muro eterno de la Historia. Y se proyectó al porvenir con vocación cierta de inmortalidad, hoy ganada y confirmada, al conmemorarse el 1º de setiembre los cien años de Masoller, en el propio teatro de la batalla.
Su figura se agiganta en el tiempo, evocada con emoción por todos los nacionalistas y con respeto por todos los uruguayos.
¡Viva Saravia! ¡Hasta siempre, general... de poncho blanco!