Los populistas están de moda. Maestros en el arte de vomitar soluciones mágicas a desafíos complejos, azuzan la división y reducen todo a una cuestión binaria cuando la realidad está pintada de matices.
Se pueden esgrimir razones económicas, culturales, sociopolíticas e ideológicas para entender por qué calan hondo los mensajes disruptivos. Aunque la prosperidad haya ido en aumento, la precarización del trabajo no es un mito y las transformaciones tecnológicas han derivado en arma de múltiple filo.
La preeminencia de ciertas batallas culturales generó una reacción esperada de parte de la población. La democracia liberal representativa está en un brete, los partidos políticos no canalizan la frustración como antes y las válvulas de escape son menores. Con menos anclajes, adolecemos de referentes. Atravesamos un déficit de valores y una sobredosis de ideología.
La crisis es mayormente occidental, pero ¿y si China ya alcanzó su pico? Podríamos estar ante la madre (y el padre) de todas las crisis. Un país que esta semana dejó de publicar cifras de desempleo juvenil porque no para de crecer. Si nos complica que demasiados uruguayos compren pasta de dientes del otro lado, esperen a que los chinos nos compren menos carne.
Vivimos en sociedades atravesadas por la desconfianza hacia el otro y hacia las instituciones. Estamos más solos y es más complejo construir vínculos, encauzar la desilusión y sostener la esperanza. El populista es diestro en fomentar la rabia contra un sistema, incapaz de solucionarlo todo, y contra el que piensa diferente, con quien es más fácil enojarse y responsabilizar de lo malo. El estado interior del ser humano condiciona la expresión visible de la sociedad.
En Uruguay tenemos nuestro propio campo minado. Se llama conformismo. Flotamos con pocas expectativas. Apenas empezamos a reaccionar frente a una deprimente pobreza infantil. La respuesta al narcotráfico es de una discreción alarmante. No nos escandaliza que tengamos de las peores tasas de suicidio del mundo ni de las peores tasas de deserción estudiantil de América Latina. ¿Qué país imaginamos si la mayoría de los liceales no sabe calcular un promedio? No es factible que la solución a nuestros problemas venga de gente que se enzarza en una discusión sobre radares.
Argentina no sabe ser Argentina sin el abismo a la vuelta de la esquina. Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial solo tuvo dos períodos de más de cinco años consecutivos de crecimiento. No hay política, ni sociedad, que aguante. Un país cuya fábrica más eficiente es la de pobres con gobiernos que se limitan a administrar la miseria.
Dieciséis años de aberraciones kirchneristas, festejadas por muchos de este lado del río, la terminaron de hundir. Desde algún rincón canario, su intendente atestigua el caos argentino. El posible próximo mandatario uruguayo debería recordar sus palabras. “Un clase A de la política”, dijo sobre el presidente que nunca presidió. “Clase A de verdad”, remarcó sobre un pelele condenado al ostracismo.
Cuatro años macristas no enderezaron el rumbo y ahora merodean la Casa Rosada. El verdadero triunfo de Milei no fue hace una semana, sino mover el eje de lo concebible. Es imposible disociar los fenómenos populistas de los medios de comunicación (¿haremos autocrítica en serio alguna vez?). A Milei, diputado desde hace 20 meses, durante años lo infló el periodismo más berreta. Le dieron aire a cambio de unos puntos de rating para que despotricara contra todo lo que quiere destruir.
Lo que busca construir es más elusivo (y utópico). Pero, además de emoción, hay pragmatismo en el voto mileista. Más extraño hubiera sido pegarle a la misma roca una y otra vez. Lo de Milei también es una buena noticia. Es una victoria de la política sobre la apolítica: la urna como bálsamo. Nos preocupaba la apatía de los jóvenes y ahora que se interesan por personajes nefastos nos alborotamos igual. Nada nos viene bien. Solo anhelan una dosis de rebeldía, estar a la moda y un sueldo digno. Ambiciosos.
La izquierda antes quería cambiar el mundo y ahora se conforma con aumentar el salario mínimo. La derecha se relame al minimizar lo que escandaliza a la izquierda: si la izquierda lo rechaza, no debe ser tan indigerible. Edulcorar lo radical, del signo que sea, equivale a jugar con fuego.
El populismo, de izquierda o derecha, degrada la democracia. Y sus efectos duran porque la sociedad se acostumbra a soñar con que los grandes problemas tienen soluciones sencillas. Argentina es tan quimérica que ganó las internas un candidato que promete dolarizar un país que no tiene dólares.
Pero incluso cuando no ganan, los discursos políticos extremos alejan del centro a los partidos y a la sociedad. Ese es el gran riesgo. Cuando trituran tabúes, su narrativa se normaliza. Esa es la verdadera amenaza.
El desafío de los moderados, ante la posibilidad de no acceder al poder o no mantenerlo, es no integrar a sus competidores más radicales, tomar sus ideas ni hacerle guiños a sus votantes. Los matafuegos contra el germen del incendio populista no son billeteras inagotables (izquierda) ni motosierras (derecha).
A veces lo más subversivo es bajar los decibeles. Nos falta hacer más apología de la moderación, cultivar la empatía y desarrollar la habilidad de comunicarse con el que piensa diferente. No hay recetas mágicas. El cortoplacismo es engañoso y a los radicales toca mantenerlos a raya. A todos nos cuesta salir de nuestra burbuja, pero cuando en la lucha por el poder, vale todo, nadie gana.