Revés centrista en el país menos pensado

“Los herederos de un pasado valioso debemos enriquecer el presente con ideas que fructifiquen en un futuro aún mejor” escribió José Figueres Ferrer, el líder “liberacionista” de la rebelión que en 1948 derribó un régimen fraudulento y fundó la Segunda República. Su liderazgo en el levantamiento y la osadía de las osadas decisiones que tomó, como abolir el ejército, lo hicieron creador de “un futuro mejor”.

Si Costa Rica logró visibilidad en el mundo, antes que por su excelencia en materia de protección de la naturaleza y su compromiso con la biodiversidad y las energías renovables, fue por la calidad de su democracia. La más estable de Latinoamérica y mundialmente reconocida por sus reformas de avanzada social.

Por eso los liberal-demócratas de Occidente lamentaron el resultado de la elección presidencial, en la que se impuso la candidata oficialista proponiendo al salvadoreño Nayib Bukele como modelo de liderazgo y de acción gubernamental.

El centro volvió a ser derrotado en el país más centrista de Latinoamérica. La derecha populista y polarizadora que llegó al poder con el actual presidente, Rodrigo Chávez, ganó de manera contundente la elección consagrando presidenta electa a Laura Fernández, liberal en lo económico pero conservadora en lo político, con perfil religioso y posiciones muy duras en lo social.

Ganó con un discurso polarizador que erigió al presidente salvadoreño como gran inspirador por imponer en su país una política de seguridad tan eficaz como controversial.

Rodrigo Chávez inició la deriva populista que instaló una “grieta” y partió la sociedad costarricense. Con su discípula y sucesora, Costa Rica entraría en un proceso de “bukelización”, abandonando su tradición centrista y apegada a la defensa de los derechos y garantías de los ciudadanos. Este nuevo gobierno del ultraconservador Partido Popular Soberano (PPSO) describe el problema del narcotráfico y las pandillas equiparándolo con el que existía en El Salvador, cuando la diferencia es notoria. El objetivo sería justificar estados de excepción que habilitarían los excesos policiales, como ocurre en el país de Bukele.

Que la centroizquierda y la centroderecha, o sea el espectro liberal-demócrata, yendo por separado hayan sido derrotadas nuevamente por el PPSO, enciende alarmas en la que ha sido considerada desde hace décadas como una de las democracias más estables y respetables del mundo.

La estabilidad y respetabilidad de la democracia costarricense tienen el valor agregado de que el país no ni está situado en Europa, ni es vecina de Australia y Nueva Zelanda. Está nada menos que en América Central, cuna de dictaduras de la peor calaña, y marcada por las guerras civiles y la inestabilidad crónica.

La llamada “Suiza centroamericana” inició su modélica democracia en 1948. Entre los primeros pasos de este Estado de Derecho estuvo la abolición de las fuerzas armadas, convirtiendo a Costa Rica en el único país de las Américas con ese rasgo.

Entre los próceres de su democracia liberal, además de José Figueres Ferrer, destacan Oscar Arias, presidente en la década del 80 y en el primer decenio del siglo 21, y ganador del Premio Nobel de la Paz por haber sido el impulsor del Grupo de Contadora y el gran pacificador de Centroamérica.

Otro presidente modélico más allá de las fronteras costarricenses y americanas, fue Luis Guillermo Solís, impulsor de políticas anti-personalistas que incluyeron prohibir los cuadros del presidente en las oficinas y despachos públicos, y también limitar las placas de inauguración de grandes obras públicas a la fecha y a cuatro palabras: República de Costa Rica.

Las alarmas de la democracia liberal sonaron por primera vez en 2018, cuando logró ingresar a la segunda vuelta Fabricio Alvarado, un pastor evangélico de posiciones fundamentalistas, finalmente derrotado en el ballotage.

La continuidad del centrismo se salvó por pocos votos y por poco tiempo, porque en la siguiente elección ganó Rodrigo Chávez con su discurso polarizador. Tras cuatro años ahondando una grieta que separa veredas que se desprecian como “enemigas”, el PPSO logró mantenerse en el poder, ahora con Laura Fernández como presidenta; etapa que podría desembocar en una Costa Rica menos parecida a sí misma y más parecida al El Salvador.

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