R. Rolland y la guerra

Durante los años que precedieron a la primera guerra mundial, este insigne escritor francés, laureado con el Premio Nobel de Literatura en 1915, abordaba los males que aquejaban a Europa, apuntando a la decadencia moral de la época. En su famoso "Juan Cristóbal", califica de "tragedia de una generación que va a desaparecer" al crecimiento de las ideas bélicas. Rolland fue un pacifista, un místico, que no dudó en enarbolar serenamente pero con decisión, el gallardete de la paz, lo que le costó emigrar de su tierra ante la crítica y la burla en un escenario enfermizo. En una de sus cartas a Sofía, de quien se había enamorado en Bayreuth en 1909, le escribe: "Cada vez veo más en Europa el desequilibrio de los idearios y la carencia de salud intelectual y moral" y lamenta "la injusticia de la opinión europea y sobre todo germánica, y de la frivolidad francesa", la incomprensión total de uno con respecto al otro pueblo. "Sea cual fuere el vencedor en una guerra, el vencido irremediablemente será todo occidente".

¡Qué valor sobrehumano necesitó para oponerse a la locura que iba a matar a millones de seres! Su famoso "Au-dessus de la melée" publicado en Suiza, se dirige a la juventud con terrible tristeza: "Todos nosotros, jóvenes de todas las naciones, que un ideal enfrenta trágicamente, hermanos-enemigos... cuanto os quiero a vosotros que vais a morir!" Palabras que le valieron el desprecio y el odio de sus propios compatriotas. En 1916, después de recibir el Premio Nobel, escribe: "...la mitad de Europa combate a la otra mitad en nombre de la libertad... y por ello ambas han renunciado a la libertad". Después se esfuerza por permanecer como mediador entre Francia y Alemania y su pensamiento va a Oriente, donde dedica varios libros a la India, admirando a Gandhi, con un sentimiento que califica como "la verdad libre, sin fronteras, sin prejuicios de razas o castas... la única verdad". Pero Europa le fue brindando después otras crueles decepciones. El fascismo en Italia, el nazismo en Alemania. Recién en 1937, con motivo de su 70º cumpleaños, es recibido en un gran acto en la Municipalidad de París. Pero él ya intuía un nuevo desastre. El día de la invasión alemana a Checoslovaquia, en 1939, profetizó: "¡Tú lloras Praga!... pero tú también llorarás Alemania".

Los últimos años de su vida los pasó en Vezelaí, allá en la Francia Central, vigilado por la policía pero en constante correspondencia con amigos "conocidos o desconocidos" según su expresión. Murió en 1944, cuando la paz y la unión enseñoreaba por "su Europa" y las ideas de paz y de entendimiento forjaban nuevas ideas y las aspiraciones de Rolland se concretaban en realidades.

Pero en momento de escribir estas líneas estamos viviendo otro preludio fatal, de algo que conocimos personalmente. En un viaje de estudios realizado en el año 1951, desde Holanda y Bélgica, hasta Francia y Alemania, sufrimos el espectro de la guerra. Miles y miles de cruces blancas, ciudades en escombros, ruinas, restos de trenes quemados y desolación por doquier. Es que, como escribía Saint-Exupéry en "Piloto de Guerra", la guerra no es una aventura, es una enfermedad; empeña la vida o la muerte. Es la imagen de la desolación. Hoy se sacrifican sin consideraciones a los militares y a los civiles, sin discriminaciones, quedando muertos, hambrientos, enfermos, desplazados, sin atención alguna, millones vagando, huyendo... ¿Para satisfacer qué y a quiénes?

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