La historia oficial de la escuela decía que había nacido del idealismo. Sus fundadores querían una educación más justa, donde ningún alumno quedara atrás. Los problemas que señalaban eran reales y sus propósitos parecían nobles.
Con los años, aquellos fundadores se convirtieron en autoridades. Las autoridades levantaron una estructura y, como ocurre con tantas instituciones, la estructura aprendió primero a perpetuarse y después a confundirse con el bien que decía defender.
Los viejos discursos siguieron colgados en las paredes. Pero detrás de ellos comenzó a funcionar otra lógica. La escuela seguía prometiendo repartir mejor los útiles, aunque parecía olvidar de dónde salían. Seguía ampliando derechos mientras las responsabilidades perdían importancia. En nombre de los alumnos más vulnerables, crecía el poder de quienes administraban la institución.
Fue entonces cuando apareció el profesor.
No era el fundador del proyecto, sino su producto. Había sido formado por la misma escuela y conocía mejor que nadie sus reglas. Precisamente por eso resultaba útil.
Un profesor con criterio puede discutir al director. Uno dependiente necesita su autorización para casi todo.
Con el tiempo, la escuela dejó de premiar la independencia y empezó a verla como un riesgo.
Los alumnos discutían todos los días sobre el profesor: si era competente o mediocre, si debía quedarse o marcharse. El director, entretanto, observaba desde su oficina.
El profesor tampoco era enteramente libre. Sabía quién lo había formado y quién podía sostenerlo. A veces obedecía por convicción; otras, por supervivencia. En ambos casos contribuía a conservar el orden que lo había producido.
Los alumnos terminaron eligiendo menos entre proyectos que entre temores. Temían perder lo poco que conservaban y sospechaban que, detrás de cualquier profesor, seguiría esperando el mismo director.
Los alumnos discutían sobre quién ocupaba el escritorio. Pocos se preguntaban quién había diseñado el aula.
Tal vez ahí resida el verdadero problema.
Porque es más fácil reemplazar a un profesor que revisar una estructura. Más fácil atribuir el fracaso a una persona que preguntarse por qué una institución lleva décadas formando profesores incapaces de desafiarla. Por qué el pensamiento crítico se volvió una excepción. Por qué la dependencia terminó siendo más valiosa que la autonomía.
Con el tiempo, la escuela descubrió que administrar los problemas podía ser más útil que resolverlos. Comprendió que toda dependencia fortalece a quien la organiza y que algunas deficiencias dejan de ser errores cuando empiezan a cumplir una función.
Quizás por eso el problema nunca fue solamente el profesor, ni siquiera el director. Fue una institución que aprendió a reproducirse premiando la obediencia y desalentando la libertad.
Porque mientras nadie se pregunte quién diseñó el aula, cambiar de profesor seguirá pareciendo una revolución, cuando apenas es un cambio de turno.
Si el lector terminó preguntándose quién era el profesor, tal vez la escuela volvió a hacer su trabajo.