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Por la negativa

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"Estás muy facho últimamente". Así nos marcaba la cancha Alfredo García, director de Voces. Pero Alfredo suele ser cariñosamente peleador, así que no le damos mucha pelota. Preocupó más un comentario de un lector en la última columna, que decía: “Estos artículos ya se parecen a las patéticas 2 páginas de opinión del diario que este señor heredó”. El lector “Parachuchi” (?) nos tocó el amor propio. No por lo de la herencia, que todo el que conozca cómo funciona hoy la prensa sabe que es tan saludable como heredar una mutación genética en la próstata. Sino por agregar que “esas opiniones sólo las leen blancos o colorados mayores de 65”. ¡Dolor!

Fue así que iniciamos un severo proceso de introspección que nos llevó a este artículo. Donde vamos a decir lo que vemos criticable del gobierno. Intentando, eso sí, no caer en ese vicio bobo de mucho colega, de posar de ecuánime criticando o poniendo en un mismo nivel cosas absurdas, sólo para poder sacar pecho en la próxima juntada de periodistas.

Empecemos por los dos casos que más titulares han robado, Marset y Astesiano. Teniendo toda la información a la vista, no hay nada que permita sostener que hubo corrupción, “narcoinfluencia”, ni nada de eso en altos niveles del gobierno. Astesiano fue un chantún, medio ladrón de gallinas, y está preso. Y Marset... puede ser que un funcionario de medio pelo se haya embolsado algún peso por acelerar el pasaporte. No más.

Sin embargo esos casos sí revelan dos problemas serios. Primero, amateurismo y exceso de confianza a la hora de seleccionar cargos, agravado por pujas internas, sobre lo cual la pelea de patio de escuela de Maciel y Ache es expresiva. Segundo, un severo problema en la comunicación. No esa tontería de “no saber comunicar los logros”, que se escucha tanto de los políticos cuando les va mal. Pero si con estos dos temas menores, un ex fiscal y un subalterno con dos cuentas de Twitter le marcaron la agenda al gobierno los últimos años, donde hubiera habido algo grave, vaya usted a saber dónde estábamos hoy.

Hay una segunda crítica que es el manejo del Mides, y su universo simbólico. Si hubo algo que hacía hervir la sangre de los uruguayos, era la idea de que el Mides era un nido de corrupción y politiquería, manejado por un puñado de ONG comunistas. Y que el gobierno venía con un plan muy claro para dar vuelta la tortilla. Que sede en Casavalle, que auditorías, que mandar presos a los corruptos, que con esa plata se podía hacer magia. La verdad es que pasados estos años, no hemos visto ese destape. Bartol y Lema son dos tipos laburadores al máximo, y de gran humanidad, pero para la expectativa generada no se percibe un cambio radical.

Tercera, la economía. Pero no hablamos de la ministra, a quien debe doler tanto o más que a cualquiera ver que tras casi todo el período de gobierno el déficit es el mismo que dejó el FA. Sí, hubo pandemia, seca, y todo eso. Y da la sensación de que la cosa está bastante mejor que en 2019. Cuando hablamos del tema económico lo hacemos en el sentido de que no se tomaron medidas de fondo para limitar a los que pescan en la pecera, y las prebendas de un mercado chico e hiperregulado. ¿Por qué las cosas de farmacia son tanto más baratas en Argentina, si el 90% de lo que se vende acá, se fabrica allá? Lo de los distribuidores de nafta... la decisión de no cerrar de una buena vez la división Portland. ¿Hasta cuándo el laburante va a subsidiar a esa industria que pierde plata hace 20 años? Si este gobierno no le torció la mano a esa patota prebendaria, ¿quién lo va a hacer?

Hay otros temas que se podrían mencionar, unos con más justicia que otros. En materia de seguridad pública, los números no son malos, pero tal vez se esperaba un cambio más claro a nivel de percepción. En política exterior es al revés, los resultados concretos no han sido buenos, pero sí ha habido un positivo cambio de tono, y alineamiento. En Vivienda, los que entienden dicen que ese ministerio debió rendir bastante más.

Ahora, si usted quiere saber dónde este gobierno deja con ganas de más, es en el tema de la “batalla cultural”. En marcar que existe un paradigma diferente, más justo y exitoso para ejercer el poder político en Uruguay. Con algo de eso ilusionó el presidente Lacalle Pou en el combate a la pandemia, con la libertad responsable, y una forma de confrontar con ciertas verdades rengas que se han impuesto. El resentimiento impositivo, la sanata de los “malla oro”, el estado paternalista, y esa sensiblería berreta que abusa de las palabras “social”, “solidaridad”, “entrañable”... Usted nos entiende.

En esto se vio muy solo al Presidente. Luego, la gestión, o los miedos a enojar a gente que igual nunca te va a votar, o las divisiones de una coalición heterogénea, llevaron a que eso no se profundizara. Y ahora tenés un problema. ¿Qué narrativa vas a generar en la campaña para que la gente te dé otra oportunidad? Un detalle final: esto último difícilmente sea del interés de quienes nos criticaban en un principio.

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