Política y lenguaje

Antonio Mercader

Daisy Tourné debería culpar a sus correligionarios y no a la oposición por su mal final. Ella creyó que podía emplear el lenguaje degradado que cultivan otros líderes de izquierda. Pensó que podía practicar el vale todo verbal infiltrado en la política nacional por activistas como Mujica y Fernández Huidobro, pero se equivocó. Ministra del Interior, garantía del orden y las buenas costumbres, tentada por ese ambiente propenso a la oratoria picante, soltó palabrotas y sucumbió en el intento.

Tal vez quiso imitar a Mujica quien hace carrera -y escuela- sin ahorrar exabruptos. Tomen por caso la vez que el senador tupamaro tildó de "maricones" a los blancos votantes de Jorge Batlle en el ballottage. Una expresión homofóbica que, con el tiempo, halló imitadores menos delicados como aquel diputado de su sector que se lanzó a golpear a un adversario al grito de "¡oligarca puto!". Similar embestida idiomática fue la que consagró al compadre de Mujica, el senador Fernández Huidobro, cuando aclaró que él no se hacía "el chancho rengo" ni "el perro puto".

Así nomás. Sin censura.

Líderes del Frente Amplio como son, los autores de tales dicterios deberían entender que sus excesos sientan precedente y no sólo en el campo político. Por ejemplo, hay dirigentes sindicales que, atentos a esos ejemplos de las alturas, cultivan una prosa escatológica, como es el caso de Jorge Bermúdez quien en un discurso del 1º de Mayo, hablando en nombre del Pit-Cnt, evocó los tiempos en que los "invitaban a comer mierda". Es el mismo Bermúdez que el mes pasado, en una asamblea del Casmu, se dirigió a sus oponentes con un "¡que se mueran estos hijos de puta!". ¿Qué tal?

El escritor inglés George Orwell aseguraba que así como la política corrompe el lenguaje, también el lenguaje corrompe a la política. Si algo distingue a la democracia es el cuidado de las formas y procedimientos, algo que resalta en la labor parlamentaria en donde el debate discurre bajo normas que aseguran una convivencia civilizada entre gobierno y oposición. Sobre ese punto, nuestro país carga con la fea experiencia de las décadas del sesenta y setenta en donde la escalada verbal preanunció una era de intransigencia de la cual aún no estamos repuestos. Por el bien del sistema democrático, "guarde estilo" habría que ordenarles -como se hace en los estrados judiciales- a quienes se pasan de la raya y faltan el respeto.

El problema es que no hay reprobación ni castigo para los infractores. Al contrario, en ciertos casos las encuestas muestran que parte de la opinión pública aplaude al mal hablado quizás porque confunde grosería con espontaneidad y ordinariez con gracejo. Una palabrota acompañada de un guiño cómplice tapa el hueco de la ausencia de ideas, un recurso que algunos festejan. Pasa igual con el humor grueso, carente de ingenio aunque capaz de provocar risotadas.

Volviendo a Daisy Tourné, ella olvidó que los ministros suelen perder sus cargos más por sus dichos que por sus hechos. Olvidó también que la investidura ministerial impone deberes, entre ellos la sobriedad. Máxime cuando su gestión a cargo de la seguridad pública era criticada y se dudaba sobre su templanza para conducir el proceso electoral de este año. Por algo la oposición, inquieta por las salidas de tono de la ministra, exigía desde hace meses su reemplazo.

Su charla ante los jóvenes socialistas le facilitó a Tabaré Vázquez un relevo cantado que ojalá sirva de advertencia a los políticos que hacen escarnio del lenguaje.

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