Política y cultura

En un occidente donde las fuerzas de derecha y centroderecha están en constante expansión, principalmente entre los jóvenes, los Partidos Tradicionales deben aprender de la derrota del 2024, volver a sus raíces y dejar de coquetear con quienes jamás los votarían.

Como se ha hecho público, la mayoría de los dirigentes de la Coalición Republicana pensaban que iban a ganar las elecciones del 2024. Se podrá decir que algunos estaban tan metidos en su trabajo -o directamente desconectados de los sentimientos populares- que eso los llevó a ignorar la clara ventaja del Frente Amplio a nivel de las movilizaciones en la calle, la masividad de sus actos o incluso en las propias encuestas. La inesperada derrota llevó a que durante el último mes del año dirigentes blancos y colorados se preguntasen el porqué de la victoria de la izquierda, a lo que me permito esbozar una respuesta: la batalla cultural.

La batalla cultural es un término que se identifica con la obra de Antonio Gramsci, quien la proponía como herramienta fundamental para que las ideas socialistas y comunistas triunfaran por sobre las liberales. Básicamente, la estrategia implica meterse de a poco en distintos ámbitos como la cultura, la educación, los medios de comunicación, entre otros, para lograr cambiar los paradigmas de valores en una sociedad en concreto y conseguir así instalar los valores que se desean promover (en su caso, el marxismo). En síntesis, exactamente lo que hizo la izquierda uruguaya desde la década de 1960 hasta la fecha. De esa manera, han logrado imponer que su forma de ver la vida, las relaciones sociales y -obviamente- la política, es la correcta, la empática y la de la “buena gente”, mientras que quienes creemos en las ideas de la libertad estamos equivocados, no nos importan los demás y somos malos.

Mientras todo eso sucedía, los Partidos Tradicionales dieron años de ventaja a la izquierda; no hubo intentos de frenar ese avance y más bien pensaron que no obtendrían resultados. Dejaron que la izquierda se entretuviera con eso, como los padres responsables que permiten que sus niños jueguen para mantenerlos alejados de las cosas de adultos, pero se equivocaron. Cuando se acercó el nuevo siglo, estas ideas ya se habían instalado en buena parte de la sociedad, de manera tal que cuando el Frente Amplio llegó al poder, solo se dedicaron a profundizar la destrucción social que estas implican. Leyes como la despenalización del aborto, cuyo debate derivó en una desvalorización del derecho fundamental a la vida, las cuotas para ciertas minorías, que atacaron valores esenciales como el mérito, o la promoción de una agenda feminista radical y la propia ley trans, que reeditaron una suerte de guerra de clases, pero esta vez entre las mujeres y los LGBT contra los hombres, son solo ejemplos. Y cuando algunos se oponían a dichas iniciativas, la primera reacción era tildarlos de malas personas; no importaba si de fondo había buenas razones para oponérseles.

Al llegar la CR al gobierno, muy poco se hizo para revertir esta situación. Los dirigentes pensaron -y varios aún lo sostienen- que con una buena gestión, haciendo discursos a favor de los lobbies cercanos a la izquierda, sin tocarles un solo privilegio y repitiendo el evangelio de la socialdemocracia uruguaya (“Batlle y Ordóñez, Wilson, democracia” y un poco de “justicia social”), alcanzaba para mantenerse en el poder por 15 años.

Se equivocaron: el Frente Amplio logró poner a los Partidos Tradicionales donde los quería y, al no haber dado la batalla cultural, destacando los valores que hacen que blancos y colorados difieran de un frenteamplista, pavimentaron la victoria del Frente Amplio del 2020 en adelante. Atrás quedaron aquellos espíritus reformistas como el de Lacalle Herrera, buscando achicar el Estado para que la vida de la gente sea menos costosa, o el de Jorge Batlle, que se animó a desafiar a todas las vacas sagradas del propio batllismo.

El súmmum de esta entrega se dio cuando Álvaro Delgado decía en la campaña, muy suelto de cuerpo, que la ideología no importaba y que no había que votar al Frente Amplio porque ellos sí la tenían, como si eso fuera a asustar a alguien... grave error. Como dijo el expresidente Batlle en uno de sus últimos reportajes: “Sin ideología no se funciona”. Es decir, la ideología es clave en cualquier gestión, sin ella, no se tiene un modelo de sociedad al que se quiere llegar, por lo que tampoco se es capaz de trazar un camino y -entonces- las reglas te las termina imponiendo tu adversario, como le sucedió a los Partidos Tradicionales en este período de gobierno.

A pesar de mi pesimismo, creo que la reciente derrota de los Partidos Tradicionales, sumada al auge de figuras defensoras de la libertad en el mundo, como Javier Milei y Donald Trump, debería de servirles de impulso a blancos y colorados para replantearse qué quieren representar, a qué modelo de país aspiran y para volver a sus raíces, aquellas que se cimentaron sobre las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX y que hicieron grande al Uruguay.

Blancos y colorados construyeron la patria y están llamados a seguirlo haciendo; es momento de tomar las riendas, dar la batalla cultural y salvar al país de las garras del marxismo.

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