LEONARDO GUZMÁN
Héctor Morás cerró anteayer otra etapa del Gran Premio que es su vida. Entre llamadas innúmeras de los oyentes -me consta que la línea quedó tupida-, le tocó otra vez quedar sin micrófono. Se despidió a todo señorío con Tout va très bien. Pausa en el pionero de los encuentros matutinos largos. Y en uno, minuto para la reflexión.
Descubrí a Morás mucho antes que naciera Velocidad 68, en aquel Gran Premio a Caracas a cuyo regreso se mató en carretera Héctor Suppici Sedes. Lo vi correr en El Pinar, adentrado en la unidad hombre-máquina. Lo escuché relatando desde Barcelona cómo Juan Manuel Fangio se consagraba Campeón del Mundo, contando desde Le Mans las mitológicas 24 horas y hasta transmitiendo partidos de Cerro desde los EE.UU. Como tantos periodistas, pasó del deporte a la información general. Y así, en 1965 hizo Club de Hombres en Canal 10 y en 1968 creó Velocidad en La Voz del Aire, entrando en los hogares como una persona que merecía puertas abiertas.
Lo escuché informar con objetividad los hechos y defender con franqueza los valores básicos, aplaudiendo o condenando a veces por opinión expresa y siempre por inflexión de la voz.
Decir la verdad de los hechos y no callar las convicciones es una vieja tradición de nuestro diarismo que se incorporó a la radiodifusión desde sus inicios y se convirtió en doctrina, con el insigne Justino Jiménez de Aréchaga orientando a Andebu en tiempos liderados por Raúl Fontaina y Héctor Amengual. De esa tradición fueron portadores una legión de hombres de otras épocas y también de ahora. En su nómina está honrosamente inscripto Héctor Morás.
Con las décadas, muchas cosas cambiaron. En los 50 parecía un milagro oír el boxeo de Cabalgata Deportiva Gillette; hoy muchos deportes montan, en cualquier rincón del planeta, un circo a todo color que llega al instante. Un radioaficionado en 40 metros, un transmisor móvil, una teletipo y una radiofoto asombraban; hoy el celular e Internet son obviedad de entrecasa.
Mudaron los medios, y mucho, pero no cambió la misión de quien improvisa frente a un micrófono o medita ante un teclado. Allí está llamada a volcarse la persona entera, con su estilo, sus énfasis y hasta sus tics, generando una estela destinada a integrar al oyente y al lector, como parte del diálogo íntimo con que nos encendemos luces y amasamos opiniones. El mensaje puede envasarse en el modo de gritar un gol o de fundar una conclusión; el emisor puede parecer formal y riguroso o bromista y canchero. Pero si algo nos dejó es porque sobrepasó la frontera del entretenimiento y se integró a nuestro cultivo, es decir, a nuestra cultura. Trascendió.
Hoy en el mundo todo está cuestionado mientras en el Uruguay, con la ciudadanía en estado de interrogación, el gobierno en pleno forcejeo por la educación sigue oficializando palabrotas, igualando p`abajo. Ello torna imperativo enhebrar la trama fina de los valores como sentimiento y actitud, desde la universidad popular de los medios de difusión. Tal misión no se cumplirá tabulando desgracias ni divulgando cifras macro ni sumando estrategias de marketing para reemplazar un relato por otro.
Es que la vida no es relato sino realidad. Y por tanto, la ambición y angustia de todo hombre y todo pueblo es construir realidades libres y justas, sin dejarse embotar con explicaciones fugaces de lo insoportable.