Mario Arregui, literatura mayor

CARLOS MAGGI

Es una gran noticia, hacer saber que se publican las obras completas de Mario Arregui. (Editorial Irrupciones, Montevideo). Entre esos tres tomos donde se halla buena parte de lo mejor del 45, me tocó por razones de amistad escribir el Prólogo del tomo dedicado a otro entrañable de muchas noches perdidas y ganadas en el Café Metro: Líber Falco; el que escribió:

- "Me tocaba a veces la luz del día/ con ella a mi costado,/ebrio con tantas cosas que el amor nombraba,/ como a una fruta/ tocaba a veces la luz del día."

Mi prólogo dice:

- "Este libro desarrolla dos temas entrelazados: uno visible desde el título y otro imperceptible a simple vista.

Se cuenta como era Falco y se penetra en el sentido y los valores de su poesía y al mismo tiempo, calladamente, se pondera la amistad, se tiembla por ella y se llora suave por los amigos muertos; se conversa sin alterarse ante el hecho irracional, que es morirse.

A la muerte, algo perfectamente serio, no le cae la frivolidad de actuar como actúa, sin ton ni son; a lo canalla. Y sin embargo, ese desorden que no concuerda con la armonía del Universo, ha de ser el único rasgo piadoso de la muerte: ella no adelanta su plan y así, su sorpresa resulta benevolente, no es que no mate, es que deja vivir despreocupado… como si nunca hubiera fin.

Mientras pueda haré mi vida y cuando ella llegue, yo no estaré - pensaban los griegos laicos-.

Ahora que Mario tampoco está, el patetismo de ese contra canto terrible, ese baile con la muerte de alguien entrañado, duplica el estremecimiento, al leer este librito.

No es fácil correr la loca empresa de seguir viviendo amigos muertos que escriben de otros que ya murieron. Y más, cuando de algún modo, el tema trágico vuelve y vuelve como un ritornello, que es cosa de música despreocupada.

"Los amigos muertos" es un precioso relato, extraño a su estilo y fue escrito por Mario Arregui, entre la broma y el espanto; en la necesidad de hacer "algo" con ellos. Hizo un juguete y el resultado es insólito, difícil de olvidar.

El humor de Mario pudo inventar amorosamente, hechos y trucos; modos literarios diversos de estar juntos, los ligados por la amistad, más allá de las contingencias, pasando la metafísica.

Cada vez que repaso el texto sobre Líber Falco me detengo en un cuento con clave, lleno de mensajes que no se dicen. Entonces siento manar una onda de cariño por Mario y por mi barra del café, que le pone trabas a lo que quiero escribir. Pesa.

En la saga de las noches de copas de este libro, está incluido un relato que es mi preferido; una preciosa obra que canta la fraternidad en segundo y tercer grado de creación. Trascribo pues algo de ese suspenso. Nada hay más emocionante para mí, en este "Líber Falco." Y digo más: solo para mí puede darse entera esa emoción divertida y honda a la vez; quisiera contarla del principio al fin como si fuera por mí creada, como si estuviera escribiendo en este momento lo que nunca pasó; tampoco en esa madrugada.

Escribe Mario:

"Ocurrió una noche en uno de los tantos bares que había y hay en las esquinas montevideanas.

Entramos Falco. Larriera, Marito Rodríguez Gil y yo. Todos habíamos levantado algo en otros bares, pero el único realmente pasado era Larriera.

Descubrí en una mesa a Carlos Maggi y Manuel Flores Mora y me senté a charlar un rato con ellos.

Falco, Larriera y Marito se arrimaron al mostrador. El mozo que los sirvió miró a Larriera y dijo:

- Usted es de San José, no?

- Sí - dijo Larriera que efectivamente, nació en la llamada ciudad maragata.

-Yo también - dijo el mozo.

- ¡Qué alegría! ¿Y cómo te llamás? Capaz que sos Sosa.

- No - dijo el mozo - Soy Pérez

COMENTO: ¡Atención! En la palabra Sosa, en esas cuatro letras está la llave que abre el cofre: Sosa fue dicho al pasar, pero tirado como el plano de un tesoro, para que alguien lo encuentre; trae como sin querer, una mención inequívoca, alude a ¡Qué lástima! -el cuento memorable de Paco Espínola- que empieza diciendo:

-Paró la oreja Sosa, al oír exclamar al desconocido, ¡Qué lástima!

Y a partir de esa frase se teje una conversación fraterna entre borrachos que se dan uno al otro todo lo que tienen, hasta el nombre; y aún lo que no tienen.

Paco comentó:

- Una noche yo evoqué la escena de aquella otra noche de 1930, en el café Bordad y empecé a improvisar la narración de aquel trance inaudito de fusión amorosa, que años antes me había sido dado escuchar.

Mario clava su primer aviso al empezar el relato (recordar: Sosa) y después sigue como si nada, adueñándose del clima y las ansias de concordar, pero usando su propia escritura y otro sentido de la palabra lástima y el humor craso, que no destruye el clima.

El portento consiste en trasmitir la voluntad de coincidir que es tan escasa en mundo; y llevarla al último extremo; coincidir y recoincidir entre todos por el puro goce de confraternizar.

Paco relató el sucedido real, del cual nació su cuento. Arregui intercala un aviso, dice Sosa, para sentar su derivación y la variante no es otra cosa que un homenaje y una broma tierna, para englobarnos a nosotros en una situación que nunca vivimos y también a Paco, confundido en el delirio y admirado; brindándole un "a la manera de Espínola."

Fue un modo bondadoso: Mario a la Falco, tan propenso a la efusión de ternura.

Por una misma incontenible adhesión a un maestro, también Horacio Quiroga escribió de nuevo un cuento de Poe; el plagio bien puede ser un modo de la gratitud.

Fui testigo presencial de que nada de lo contado por Mario, sucedió. Era un modo de decir cuanto nos consideraba. Ni Maneco, ni Espínola, ni yo estuvimos en ese boliche hasta que fue escrito el cuento de Mario que nos hizo trabajar de personajes y ahí quedamos, sin fijarnos en detalles existenciales, los tres en una mesa lateral, hermanados por contagio de Falco y Larriera y Marito Rodríguez en ese boliche que nunca hubo.

El hecho es que nada de eso dejó de suceder y cada vez sucede más. Y cuando usted o yo leemos ese pasaje, vuelve la risa de esa noche y sucede modestamente; y así nos la llevamos, como quien se lleva la yegua del cuento de Paco; que si no está, usted se la lleva lo mismo.

Ese es el toque de piedad que hace hablar a Mario Arregui; no quiere que su amigo Falco y que sus otros amigos queridos vayan borrándose y existan cada vez menos. Esto que me detengo a escribir morosamente, es la prueba de lo que digo; y tiene que ver con el tiempo calmo, cuando apenas pasa.

La rapsodia primera de la Ilíada empieza con un verso que dice:

Canta, Oh Diosa, la cólera del pelida aquileo...

¿Para qué cantar esa cólera?

Para que el canto dure más que la ínfima existencia de Aquiles.

El final del cuento que cuento está en las páginas 58 y 59.

Llegue leyendo sin apuro, pase por esas pocas líneas y vea el desenlace que no dice toda la verdad. Conozca el animal que jadea y está ahí, entre guasas; y nada es tal cual parece. ¡Carajo!

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