Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

El intrigante Sarratea

La participación de Manuel de Sarratea en nuestra Historia Patria, recientemente reflotada por el canciller Almagro, es tan breve como dramática. «El intrigante Sarratea», el epíteto de los manuales de HD, ha sido perdurable y adecuado. El episodio que lo gestó es conocido y apenas lo referiré. En junio de 1812 Manuel de Sarratea llegó hasta el Ayuí para ponerse al frente del ejército de la Banda Oriental; tenía 37 años, diez menos que Artigas.

La participación de Manuel de Sarratea en nuestra Historia Patria, recientemente reflotada por el canciller Almagro, es tan breve como dramática. «El intrigante Sarratea», el epíteto de los manuales de HD, ha sido perdurable y adecuado. El episodio que lo gestó es conocido y apenas lo referiré. En junio de 1812 Manuel de Sarratea llegó hasta el Ayuí para ponerse al frente del ejército de la Banda Oriental; tenía 37 años, diez menos que Artigas.

Pocos hombres podrían ser más inadecuados para tratar al jefe oriental. Ignoraba hasta los más elementales principios militares, era soberbio, sinuoso, despectivo y monárquico convencido. El duro enfrentamiento entre ambos implicaba dos personalidades tan incompatibles como su pensamiento.

A lo largo de 1812 Sarratea conspiró para sacarle gente a Artigas y hasta para asesinarlo. El virulento intercambio de notas produjo algunas de las frases más celebradas del caudillo oriental. En enero de 1813, un Sarratea humillado y rencoroso tuvo que volver, obligado, a Buenos Aires. En el camino de regreso, su pequeña escolta militar cometió robos, asesinatos y secuestró a dos muchachas, hijas de un estanciero. Cuando estas fueron rescatadas, Rondeau hizo la denuncia, en la que «probaba encubrimiento de delito» por parte de Sarratea. Todo quedó en nada, lógicamente. ¿Quiénes eran aquellos zafios como Artigas o Rondeau para desafiar a un Sarratea y Altolaguirre?

Su padre, Martín de Sarratea, se había casado con Tomasa Altolaguirre, hija de su socio, un alto funcionario del gobierno colonial. Juntos hicieron grandes negocios con la exportación de frutos del país, aprovisionamiento de tropas y tráfico negrero, sin excluir el contrabando con los portugueses de Colonia del Sacramento. Sufrieron no pocos problemas judiciales, pero los salvaron con la ayuda de otros jueces «asociados», Pedro Medrano y Juan de Bustinaga.

Tan ricos eran que Manuel, nacido en 1774, fue uno de los tres porteños educados en el exclusivo Real Seminario de Nobles de Vergara, en el País Vasco, institución nueva y de vanguardia, alineada en las nuevas ideas de los ilustrados españoles. Los jóvenes que ingresaban, además de pagar una alta cuota, debían llegar provistos de un imponente ajuar que incluía cubiertos de plata, una docena de camisas con vueltas lisas, un frac de paño azul con su calzón de paño y otro para el verano.

Luego de sus estudios pasó varios años atendiendo los negocios de su padre en Madrid y Cádiz. Al regreso acrecentó su propia fortuna adaptándose a los nuevos tiempos. A los negocios con España sumó una estrecha conexión con británicos y norteamericanos que incluía el contrabando y los arreglos fraudulentos en el registro de navíos.

En las tertulias de su hermana, Melchora de Sarratea, los criollos alternaban con los comerciantes ingleses. Entre juegos y bailes se pactaban negocios y matrimonios y se discutían las ideas más avanzadas. Los hermanos Robertson alabaron aquellas tertulias animadas por los Sarratea, «conversadores amenísimos», como un modelo de refinado gusto. Destacaron la belleza de Melchora así como la vasta cultura de su hermano, elegante y siempre de punta en blanco, dominador de varias lenguas, modales exquisitos y excelente trato.
Sarratea fue triunviro en 1811-1812 y gobernador de Buenos Aires en 1820. Su participación en cargos políticos fue espasmódica y contradictoria; en cambio, su influencia fue permanente. Una de sus armas preferidas fue la prensa, aunque jamás dejó que su nombre figurara en ella. En 1816 hizo traer de Londres una imprenta que le permitió manejar, desde las sombras, varios periódicos.

Pero su pasión y mayor actividad pública —sin descuidar sus negocios— fue la diplomacia. En 1811 fue enviado ante la corte portuguesa en Brasil; en 1814 a Londres y Madrid, con el encargo de ofrecer a Fernando VII la sumisión de las Provincias Unidas a la corona española bajo una cierta autonomía. Cuando esto falló, propuso, junto con Belgrano y Rivadavia, lo que llamó el negocio de Italia, que consistía en coronar como rey del Río de la Plata a Francisco de Paula de Borbón, hermano de Fernando VII. Incluso redactaron un proyecto de Constitución y diseñaron un escudo real. En Londres, Sarratea, que siempre se consideró un whig criollo, tomó contacto con muchos liberales españoles y americanos, mientras esperaba un eventual apoyo inglés.

Regresó al Plata en 1816 y pronto se enfrentó al director Juan Martín de Pueyrredón. Este quería un príncipe francés, Sarratea uno inglés. Luego entró en contacto con la oposición federal porteña, duramente reprimida, y en noviembre de 1817 fue desterrado por «peligroso» a San Luis. Volvió triunfal en 1820 para hacerse cargo del gobierno de Buenos Aires y firmar el Pacto del Pilar con los caudillos López y Ramírez; estuvo a su lado cuando ataron sus caballos en la Pirámide de Mayo, para humillación de los porteños, que pronto lo destituyeron. Por una cláusula secreta del tratado apoyó a Pancho Ramírez con armas, tropas y su asesoramiento directo, para saciar un viejo rencor: la derrota definitiva de Artigas. Era lo mejor que había hecho en su vida, decía.

Luego de purgar el rechazo porteño en Entre Ríos, reapareció como diplomático en 1825. Rivadavia lo envió a Londres para negociar la mediación británica en la guerra con el Brasil y apoyó la separación de la Banda Oriental de las demás provincias argentinas. En 1838 Juan Manuel de Rosas confió en su probado oficio y lo nombró enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante el Brasil. En 1842, ya con 68 años, culminó su carrera como embajador en Francia, donde murió en 1849, solterón y misógino, con la sola compañía de su perro, Mouton.

Un diario francés hizo su apología: “Había algo de Talleyrand en ese ministro. Nada más fino que su aticismo, más ingenioso que su conversación jovial, y más distinguido que sus maneras. Instruido en ciencias exactas, notable por la extensión de sus conocimientos, hablaba de agricultura, como hablaba de bellas artes y de bellas letras.” Rosas hizo repatriar sus restos. También a Mouton.

* Este artículo fue publicado originalmente en esta misma columna el 9 de julio de 2011

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