Luciano Álvarez
No es posible estudiar un período histórico sin conocer el "legajo psicosomático" de sus grandes dirigentes ha dicho Charles McMmoran. No carecía de experiencia para aventurar esta hipótesis puesto que fue médico personal y exclusivo de Sir Winston Churchill durante un cuarto de siglo, desde 1940, y tuvo un dilatado trato con hombres de Estado. Probablemente esta idea haya sido inducida por los episodios vividos durante la conferencia de Yalta, entre Churchill, Stalin y Roosevelt (4 al 11 de febrero de 1945), en vísperas de la derrota de Japón y Alemania.
Como había sucedido en Viena en 1815 y en Versailles en 1919, sus protagonistas practicaron el "arte de disponer de los demás" (André Fontaine, "Historia de la Guerra Fría") y sus resultados marcaron el resto del siglo XX, incluido el rosario de violencia practicada por interpósitos infelices de África, Asia e Iberoamérica durante la mal llamada guerra fría. Más allá de los setecientos asesores y expertos, el juego estuvo restringido a los tres protagonistas.
Churchill sabía que era sólo "el menos pequeño de los pequeños", por eso le había confesado a De Gaulle: "Estoy presente en todos los temas, no permito nada a nadie y voy sacando lo que puedo". Era poco menos que una exageración. A pesar de sus ilusiones, de su mandíbula de dogo, sus sonrisas sarcásticas, sus cóleras señoriales y el legendario habano, era el último ejemplar de un mundo que se extinguía. De todos modos hizo su juego hasta donde pudo, incluso había pactado secretamente con Stalin las respectivas zonas de influencia en Europa, el 9 de octubre de 1944. Mientras los intérpretes procedían a traducir las expresiones de uso y forma, Churchill escribió su propuesta en un papelito y se lo deslizó a Stalin. "Se produjo un breve silencio. Después tomó un lápiz azul y escribió un grueso visto bueno en la hoja, antes de devolverla". Luego Churchill le comentó: "¿No nos considerarán unos cínicos por haber decidido cuestiones de consecuencias tan graves para millones de hombres de una manera tan improvisada? Quememos esta hoja. `No, guárdela usted`, respondió Stalin. Y así lo hice".
Pero Churchill sabía que más allá de esos acuerdos y concesiones era imprescindible que Roosevelt se manejara con decisión para contener las ambiciones de Stalin sobre el resto de Europa. Sin embargo Roosevelt creía que podría dominarlo en base a su capacidad de incorregible seductor. El 18 de marzo de 1942 le había escrito al premier británico: "Sé que usted no se opondrá a que me exprese con brutal franqueza y le diga que creo que puedo manejar personalmente a Stalin mejor que cualquier miembro de su Foreign Office o de mi Departamento de Estado. Stalin los detesta a todos ustedes. Creo que simpatiza más conmigo y abrigo la esperanza de que continuará adoptando esa actitud". Por otro lado pensaba -no sin razón- que Churchill era un viejo e incorregible imperialista, incapaz de comprender su idealismo. A lo largo de la Conferencia de Yalta no desaprovechó ninguna ocasión para hacérselo notar en presencia de un regocijado Stalin.
Paradójicamente el seductor acabo siendo seducido. El 2 de febrero de 1945, Churchill había llegado a Malta con la intención de acordar una postura común frente al señor del Kremlin. Pero el cerebro de Roosevelt le estaba abandonando y no se había tomado siquiera el trabajo de hojear la vasta documentación que sus asesores le habían preparado. Anthony Eden, mano derecha de Churchll escribió esa noche en su diario: "Fue imposible siquiera iniciar la discusión de los asuntos. Vamos a una conferencia decisiva y hasta ahora ninguno ha acordado qué vamos a discutir o cómo vamos a manejar los temas con un oso, que sin duda alguna sabe lo que quiere". La Conferencia se iniciaba al día siguiente.
Tal como sucedió con Woodrow Wilson, en 1919, los Estados Unidos ponían el destino del mundo en manos de un enfermo terminal, con el agregado de que su asesor más influyente, Harry Hopkins no estaba mejor que su jefe; sufría cáncer de hígado y hemocromatosis. La llegada a Yalta no pudo ser más patética. Hopkins fue bajado en camilla y Roosevelt en brazos de uno de sus guardaespaldas. Sus primeras palabras fueron: "Nos hemos convertido en ciudadanos del mundo, miembros de la comunidad humana. Hemos aprendido esta sencilla verdad tan bien expresada por Emerson: El único medio de tener un amigo es comportarse como un amigo". En aquel contexto, es una de las frases más estúpidas pronunciadas por un estadista, en particular porque era sincera. Roosevelt estaba convencido que un comportamiento franco y lealmente amistoso con Stalin obtendría reciprocidad. ¿Cómo pudo ser tan ingenuo? "Stalin estaba poseído por la voluntad de poder -escribió de Gaulle-. Entregado a una vida de complots, enmascarando sus rasgos y su alma, las ilusiones, la piedad y la sinceridad le eran ajenos. Estaba acostumbrado en ver en cada hombre un obstáculo o un peligro, todo en él era maniobra, desconfianza y obstinación. (…) Era capaz de poner en juego una audacia y una astucia sobrehumana ya sea para subyugar, ya para liquidar a los otros". Así actuó en Yalta y obtuvo todo lo que quiso.
Durante la Conferencia, mientras Churchill mantenía una interminable esgrima dialéctica con Stalin, Roosevelt, que estaba obligado a ser un actor decisivo, apenas se enteraba de lo que ocurría en torno suyo, se mantenía en silencio salvo para alguna intervención irrelevante o algún breve ataque de irritación.
Cuanto pudo dejó la Conferencia y se fue a visitar jeques, convencido de que había demostrado su autoridad moral entre los grandes. La prueba, según él, era que Stalin le había propuesto como presidente de la Conferencia y que siempre había ocupado el centro en las fotografías oficiales de la reunión. Ignoraba, por otro lado que se eliminaron el noventa por ciento de las tomas, puesto que reflejaban su estado de estupor y embotamiento mental. Sin embargo algunas, como por ejemplo su saludo con Molotov, han sobrevivido para dejar constancia de su terrible decadencia. Murió dos meses después, el 12 de abril de 1945.