La palabra que sostiene

Habrá quien piense que las sociedades humanas se construyen en base a la obra pública: no faltará quien diga que se construyen a través de la legislación y otros dirán que es a través de las costumbres y las tradiciones. De todo eso hay un poco, naturalmente, pero lo que resulta más maravilloso es la construcción de la sociedad a través de la palabra.

El discurso político está un tanto abaratado en nuestro país. Se nota, sobre todo, la falta de un discurso constituyente. Para que lo que hemos perdido no nos lleve también el alma se hace necesario el verbo, la convocatoria, la evocación a seguir buscando el mejor destino nacional.

Las palabras tienen una fuerza insospechada. Cuando se oye a algún dirigente político vanagloriarse de que él no se entretiene en declaraciones sino que se ocupa en buscar soluciones a los problemas de la gente, habrá que admitir buena intención, pero encierra un cierto engaño. Por un lado el engaño del político que cree tener en sus manos todas las soluciones para todos los problemas y, por el otro, el de las personas que esperan de los políticos (o del Estado) todas las soluciones.

Esa frase -yo me ocupo de solucionar los problemas de la gente- constituye un discurso político bastante representativo de nuestra actualidad. Es una formulación que tanto representa como da forma a nuestra sociedad. Una forma deforme. Somos una sociedad formada-deformada por ese discurso. De ahí la famosa frase de Tucho Methol: el Uruguay es un país de comensales.

¡Cuán otro es el discurso que nos está haciendo falta! Falta el verbo y falta el hablante: no cualquiera es capaz de producir un discurso movilizador, convocante de las energías nacionales personales y colectivas.

Se incurre también en confusión cuando no se distingue entre lo que es hacer política y lo que es gobernar. Algunos, presumiendo de entendidos, dicen que la diferencia está en que una es una actividad seria y lo otro charla barata. No señor. La función de gobierno dice relación con la administración de la cosa pública y la toma de decisiones. La función política está más ligada al discurso, al acto de sostener, por la pura fuerza de la palabra, los valores nacionales, las ilusiones colectivas y una autoestima popular bien fundamentada. ¿Qué sociedad puede vivir sin eso?

La imagen que tiene de sí misma una persona es crucial y determinante: sobre eso se apoyará lo que esa persona se anime a hacer, lo que siente que le corresponde como su derecho y también lo que no se anima, lo que juzga fuera de su alcance. Lo mismo sucede en los pueblos. También los pueblos se forman una imagen de sí mismos que los condiciona, los frena o los impulsa, según sea. Imagen vertida en discursos, formada y sostenida por el verbo adecuado.

Los creadores de sociedades, los que las construyen desde adentro, son aquellas personalidades con capacidad para enarbolar palabras que el pueblo recoge para decirse a sí mismo y diciéndose se construye, se crea y se recrea continuamente.

Siempre recuerdo con emoción las palabras que una vez leí de León Felipe quien, enojado con el Generalísimo Franco, le arrojaba al rostro: “Franco, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra. Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo. Mas yo te dejo mudo… ¡mudo! Y ¿cómo vas a recoger el trigo y alimentar el fuego si yo me llevo la canción?”

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