Escribe: dr. CARLOS MAGGI
En estos días se está cumpliendo una experiencia monumental.
Muchos uruguayos votamos por correo para integrar la Cámara de Diputados y el Senado de Italia; y por primera vez, podemos llevar a un uruguayo al Parlamento. El parlamento italiano no solo aprueba las leyes, sino que además decide quien gobierna como Primer Ministro.
Es asombroso elegir y ser elegible para los más altos cargos en virtud de un pasaporte otorgado tomando en cuenta un abuelo inmigrante (en mi caso nacido en Menaggio, hace ciento cincuenta años).
Estos fenómenos vistos desde este lado del Atlántico, son casi incomprensibles y muy deslumbrantes.
Europa es una filosofia humanista; Europa es capaz de ir más allá de la igualación entre la gente y los países. Hay en el Viejo Continente, una captacion del otro a la cual los criollos no hemos llegado. Digo "captación" no en el sentido de atraer o ganar la voluntad de una persona: sino por el contrario, en el sentido de percibir, de comprender y sentir cómo es el otro y en qué situación está; y por eso mismo, respetarlo.
No es un ejercicio habitual, captar en cada circunstancia, al otro, al "otro" persona, al "otro" país; y ponerse en su lugar; y actuar en consecuencia.
Maneco Flores escribió alguna vez que nosotros y los demás ciudadanos de América Latina debiéramos votar en las elecciones brasileñas. De lo que haga Brasil depende en gran medida el futuro de todos. Y lo cierto es que Brasil bajo la presidencia del señor Lula da Silva, no ha sabido liderar esta parte del mundo, como es su destino natural.
Cosa inesperada, Brasil se ha puesto en el lugar de un paisito más. Lejos de dar para tener autoridad moral, Brasil procura lucrar con los demás. Trabar nuestras exportaciones violando el tratado de Asunción es una mezquindad. No merece la grandeza y el grandor de Brasil que su administración esté en minucias vinteneras, para ganar lo que pierde Uruguay.
La diplomacia brasileña, inteligente y sutil, ingresa con el MERCOSUR a una contingencia nueva y pierde pie; Itamaraty está demasiado entrenado en sacar ventajas, pasito a pasito; y ese juego chico no es el juego de una entente a grado continental. La integración de veinte países es lo contrario de los ínfimos negocios de cada uno. Se contribuye a la unión por que nada retribuye más que estar juntos.
No es cuestión de generosidad; el final del proceso que parte del MERCOSUR puede llegar a ser muy fructífero PARA TODOS.
La política del hermano mayor pues, debe ir en busca de la capital de una potencia cada vez más rica y que cada vez pese más en el mundo.
Hago estas consideraciones pensando en la sabiduría italiana; integra ciudadanos y les da derechos políticos a millones de hijos y nietos dispersos en todo el planeta. Crea italianidad. Asimilar, dice Ortega y Gasset, es lo contrario de descomponer; la descomposición es el signo de la muerte y la asimilación es el signo de la vida.
Haría bien el Presidente Lula, leyendo historia romana y la formación del mare nostrum.
Pienso en la Roma clásica, que logró unificar el mundo civilizado sobre las costas del mar Mediterráneo.
Caracalla dictó un edicto doscientos años antes de Cristo por el cual se concedía a todos los habitantes del Imperio, el derecho a la ciudadanía romana.
A propósito de ese edicto leo en la Historia de Marc Bloch:
—"Es la suprema y definitiva expresión, el coronamiento de la política liberal y generosa perseguida desde los primeros tiempos de la República romana. Por eso, escribió el galo Rutilus Namatianos (siglo III AC) estos hermosos versos, los más bellos con los cuales se ha glorificado la misión histórica de Roma":
Hiciste, patria,
que la gente más diversa,
se uniera.
El mundo hiciste,
porque en el mundo fuiste,
la primera. (1)
Con esa mentalidad mundial, Italia trata a los descendientes de sus ciudadanos. Es una sabiduría encaminada al logro del poder cultural, como en el año 212 AC, cuando gobernaba el emperador Marco Aurelio Antonino (llamado Caracalla).
Así de amable y humana, integradora, es también la Unión Europea, cuando asocia 25 paises sin practicar entre ellos la igualdad mal entendida y mucho menos el ánimo ventajero. Son caminos hacia la potencia que más importa.
El secreto de Europa es el ejercicio de la equidad: darle más a los asociados pobres y débiles en vez de explotarlos. A cada uno según su necesidad. Es la regla lesbia de Aristóteles, que hace más justa a la justicia: tratar diferente a lo que es diferente. La tabla rasa de la "egalíté" es casi siempre una inmensa simplificación, vale decir: una inmensa grosería en la apreciación. La tabla rasa maltrata a los necesitados, sin beneficiar a los poderosos. (Ni los marginados ni los millonarios pueden dormir bajo los puentes).
La cuestión exquisita de toda integración radica, precisamente, en el recorte progresivo de las diferencias; en compensar la realidad que suele ser despareja, tanto con los individuos, como con los países.
Toda unión internacional, enseña el Viejo Continente (depositario de la tradición romana) ha de ser intencional; disminución de las distancias mediante el estímulo a los retrasados, poniéndolos en situación de llegar a la igualdad real.
El ejemplo de España, renaciendo en los últimos treinta años llevada por los beneficios de la Unión, ennoblece la cualidad de la Unión.
España evolucionó estimulada por un mercado libre, precedido de protecciones reservas y preferencias temporales a favor de los menos desarrollados.
Ahora, ingresados los países del Este, le toca a España, estar entre los ricos y aportar para el crecimiento de los recién llegados.
Nada de lo que estoy diciendo es ajeno al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que está condicionado al grado de cultura que demuestre el país más poderoso.
Si la formidable Nación del norte no está dispuesta a considerarnos en cuanto al mercado, con el sentido histórico de Caracalla, más vale que EE.UU. postergue su idea, hasta que el factor cultural haga su obra en la cabeza de los estadounidenses. Hasta que la visión no se despegue de la inmediatez de los negocios, no habrá entendimiento verdadero, ni utilidades recíprocas.
Yo sé. Hasta que América Latina no pruebe en los hechos que es capa de ser equitativa consigo misma; será muy difícil intentar empresas mayores.
Esto es lo que le cuesta entender a Brasil.
Los ejemplos logrados entre países de mayor cultura política, son señeros. América Latina solo puede entrar a una unión comercial si la asimetría es previamente estimada y compensada entre los propios latinoamericanos.
El espectáculo que ofrecen en su tratamiento, los países integrantes de las tres Américas, no es halagüeño.
Hay millones de bites corriendo en estos dias por el mundo, a propósito de la relación USA- México, dos países estrechamente asociados.
El parlamento de EE.UU. está dividido entre los que quieren expulsar a 11 millones de ilegales y los que no quieren usar la brutalidad para reprimir la entrada de algún chicano más.
Hay un muro de Berlín, mucho más largo y mucho más bochornoso que el muro de Berlin, en la frontera sur de EEUU. Hay kilómetros de muralla china de lata; con patrullas, persecuciones y muertos.
Los europeos, escarmentados por las invasiones, siembran; los americanos cazan.
Conviene pensar despacito, el tratado de libre comercio con EE.UU. Es imprescindible ese tratado (cambió a México, engrandeció a Canadá, acelera a Chile) pero hay que tener cuidado; hay que merecer la distinción de un respeto recíproco. El acuerdo debe ser un timbre de honor para las partes o será mejor no hacerlo.
Habrá que cuidarse de la simplificación en el ejercicio del poder que muestra EE.UU., completamente ajeno a la tradición latina; más próximo a los bárbaros que a Roma. Estados Unidos esta dispuesto a dar más para obtener más. Europa da hoy, para obtener mañana.
Y habrá que cuidarse de la propia rusticidad de la región latina que se muestra en cada unidad nacional, cada vez más nacionalista y más tacaña.
Justamente, la tarea consiste en superar las fallas culturales, para mejorar el futuro.
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(1) Citado por Ortega y Gasset, "Obras Completas", cuarta edición, Tomo III, pág 56.