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¿La filosofía en retirada?

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Se divulgó un proyecto de currículum para bachillerato que en el penúltimo año quita una hora semanal a filosofía y en el último año la suprime. Nadie desmintió la noticia.

Los profesores de la materia se movilizaron. No merecen quedar solos, porque el asunto no es cuántas horas van a cobrar sino qué clase de personas queremos criar y qué tipo de pueblo nos proponemos ser.

Desde hace tiempo, por el mundo globalizado se pasea orondo un pragmatismo miope empeñado en hacer recular a toda expresión cultural que no depare rendimiento material inmediato. Hace tres décadas ese cortoplacismo llegó a nuestras playas y, a pretexto de formar para el trabajo y la vida práctica, derrumbó o rebanó la enseñanza de italiano, francés, cultura musical clásica y literatura. En esa línea, se está zarandeando reducir filosofía.

Sería bueno que los autores del desdichado borrador se enterasen de lo que en 1981 denunció G. H. von Wright, el mayor filósofo y pedagogo de Finlandia: “Entre los intelectuales se difunde cada vez más un nuevo tipo humano, un investigador en un campo especial que puede ser muy inteligente pero tiene un desdén filisteo por la filosofía, por el arte y por todo aquello que caiga fuera de su estrecha perspectiva”. A lo cual Aulis Aarnio -filósofo y jurista también finés- agregó que la persona así limitada “carece de capacidad de desarrollo, ya que uno de los prerrequisitos de ese desarrollo es la comprensión de uno mismo”.

No se crea que el asunto es solo para “intelectuales”. Es para todos. Si, como enseñaba Ortega y Gasset, “cultura es el conjunto de ideas a partir de las cuales se vive”, la filosofía, cuya misión es esclarecer el pensar y enriquecer el ideario, se constituye en disciplina principalísima. Por tanto, en vez de salir en los diarios por arrinconarla, deberíamos distinguirnos realzándola.

Uruguay tiene problemas que radican en la estructura de su modo de expresar los sentimientos y de su modo de abstraer y resolver. Eso no se resuelve gambeteando a las pruebas PISA, sino promoviendo un despertar para el cual la filosofía puede aportar mucho si no se la enseña como un repertorio de grandes pensadores y se la imparte como herramienta para cumplir el deber de conciencia de apartar la hojarasca y buscar lo esencial para lograr respuestas también esenciales.

Ya es desgracia suficiente que no haya en el Uruguay lucha de ideas sino forcejeos y pulseadas de marketing electoral. Todos vemos que ningún signo político podrá vencer los déficits estructurales si no le infundimos al ciudadano la capacidad de luchar desde la vanguardia de sí mismo, es decir, la aptitud para asumir su propio protagonismo. Enseñar a hacer flexiones con ideas y doctrinas y enseñar a elevarnos de lo inmediato a lo abstracto y general es enseñar a pensar. Y eso es importante en todos los niveles de decisión a que nos llame la vida: en la intimidad o en el escenario público, en una audiencia judicial o en un Directorio societario, discurrir en orden desde una precomprensión filosófica es importante siempre. Lo fue en la época de los libros a mano, lo es ahora que los registros son electrónicos y lo seguirá siendo mañana, por muchos datos y respuestas que nos provea la inteligencia artificial. Entonces, ¿qué ganaremos con suprimir filosofía en el preingreso a la Universidad? Preguntarlo es contestarlo, amigo lector.

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