Ser “auténtico” es el zeitgeist de nuestra época. Lo podemos identificar ya en Rousseau y su expresión que el hombre nace libre, pero vive encadenado por las normas sociales. Es algo que queremos escuchar: que no hay restricciones externas para imponer nuestra identidad, que podemos expresarnos y ser “nosotros mismos”. Lo preocupante es que esta forma de ser se lleva a ámbitos en el que debería ser completamente ajeno, como el de la educación. Es más, la educación, al menos hasta cierto nivel, debería ser un antídoto contra la autenticidad.
La exhortación a la autenticidad constituye el imaginario social en el que vivimos, y algo que se expresa en todos lados si miramos atentamente nuestros alrededores: las personas, las interacciones, publicidades, eslóganes. Por lo tanto, es previsible que el sistema educativo también la adopte con nuevos enfoques pedagógicos. La necesidad de ser uno mismo se potencia extremadamente con las redes sociales. Para las generaciones más jóvenes, que están constituidas por ellas, expresar su yo es un imperativo personal y económico. Por un lado, las redes sociales funcionan con una lógica de inclusión/exclusión; si uno no está en las redes no existe. Por otro lado, uno debe trabajar su “marca personal”, y por eso es que por lo general las interacciones en LinkedIn suelen ser tan zalameras e hipócritas.
Este imperativo de autenticidad lo han expresado muy bien sociólogos y filósofos como Robert Bellah con su concepto de “individualismo expresivo”, Philip Reiff con el de la “cultura terapéutica” o Charles Taylor con la “ética de la autenticidad”. El “individualismo expresivo” acuñado por Bellah en un libro que coescribió con otros hace varias décadas llamado Habits of the Heart, se refiere a cómo en la sociedad estadounidense de fin de siglo XX se le encuentra sentido a la vida en la expresión de sentimientos y deseos individuales. Esto se acompaña de la descripción que hace Rieff de la terapeutización de la sociedad en The Triumph of the Therapeutic: Uses of Faith after Freud, a través de la que nuestra época valida una visión de la vida basada exclusivamente en la felicidad interior y psicológica. Bellah y Rieff indican que a partir de la segunda mitad del siglo XX se empieza a dar un cambio en dirección de que todo debe ajustarse a los deseos internos y satisfacer las necesidades personales; la autorrealización y la felicidad pasan a ser los ejes centrales de la vida más allá de las autoridades, tradiciones y normas externas. Esto se relaciona con la “autenticidad” que Taylor describió en su libro The Ethics of Autenticity y que se refiere a la comprensión de la vida que surge con el romanticismo de finales del siglo XVIII. Según esta, cada uno tiene su propia forma de realizar su humanidad, y es importante descubrir y vivir esa forma propia en lugar de doblegarse a modelos impuestos desde el exterior, ya sea por la sociedad, generaciones anteriores, o alguna autoridad religiosa o política.
Contrario a estos elementos de nuestro imaginario social, la educación, hasta el grado en la universidad, no es donde uno va a ser auténtico y expresarse, sino que es el lugar donde uno debería ir a someterse a autoridades, tradiciones, normas, y formas de ver el mundo de las que somos herederos en las distintas disciplinas. De hecho, debería ser lo opuesto a la autenticidad. Paradójicamente, la independencia intelectual y personal solo se adquiere mediante un proceso de sometimiento a la autoridad. Esto no obsta de enseñar pensamiento crítico -algo muy difícil pero fundamental para cualquier sociedad que pretende ser más o menos libre, abierta, dinámica, y democrática. Uno de los problemas del liberalismo, como señaló Tocqueville en su estudio clásico de la democracia en los EE.UU., es que la inherente desconfianza de la autoridad y las tradiciones que el liberalismo implica lleva a que uno mire a los demás para orientarse, lo que desemboca en el hombre-masa: la paradoja fundamental de la autenticidad (en otra columna describí esto con los tatuajes: en la búsqueda de ser únicos, los tatuados cada vez más se parecen). Como la diagnosticaron Bellah, Taylor y Rieff, ser uno mismo es parte de un cambio la cultura yanqui desde la segunda mitad del siglo XX. Los países periféricos, en nuestro complejo de inferioridad dentro de una establecida geopolítica epistémica y hegemonía cultural, solemos recibir como la verdad revelada todo lo que viene de los Estados Unidos o de Inglaterra, especialmente si viene de Harvard u Oxford (es curiosa la frecuencia con la que se ve a personas usando buzos con esas marcas).
Culturalmente, tiene sentido que el mercado educativo responda a esta demanda de validación y de satisfacer la necesidad de performance más que ser sometido y formado. Las instituciones tienen que transformarse para mimar y conformarse al yo psicologizado, la subjetividad de nuestra época, que necesita de esa constante afirmación. Todo límite es una afrenta a la verdadera identidad de las personas, que tiene derecho de ser expresada y afirmada. Todo lo que no lo haga es opresivo y una violación a ese derecho. El resultado de esto es que todos los valores son relativos; nada es verdad y no hay estándares para juzgar el carácter ni las capacidades de los individuos. La autenticidad en la educación es lisa y llanamente su abdicación.