No ha sido sencillo abstraerse del fenómeno “Barbenheimer”. El CEO de Mattel, dueña de Barbie, había anticipado que iba a ser muy difícil estar en la Tierra y no enterarse del estreno de la película. El juguete más famoso del mundo ha suscitado polémica desde su nacimiento en 1959. La de Oppenheimer no ameritó tanta controversia, pero sirve para una advertencia.
La película generó reacciones apasionadas en un sector de la derecha en EE.UU., un país con casi tantas Barbies como personas. Hubo desde quema de muñecas hasta un llamado a boicotearla por no aportar una “noción de fe o familia” y por la testosterona “decepcionantemente baja” de Ken. A Elon Musk le molestó que mencionara tantas veces la palabra patriarcado. Qué horror cuando recuerden que Ken nunca tuvo más ambición que un poco de atención de Barbie.
Las críticas se enmarcan en la cruzada contra lo que consideran es la cultura “woke”. El concepto, en su origen, definía a personas preocupadas por la injusticia social, y la racial en particular. El término se manoseó y diluyó para aplicarse a cualquier elemento de apariencia progresista. Los límites entre política y cultura se desdibujan cada vez más. “Woke” es, para los conservadores, todo lo que no está alineado con lo que ellos creen. En la misma bolsa entran los derechos de las minorías, el combate al cambio climático o la defensa del multiculturalismo.
Que vivimos en una época de hipersensibilidad y de furioso partidismo no es faltar a la verdad. Que ello tiene sus desventajas, tampoco. Pero no es el fin del mundo, ni lo “woke” es un nuevo macartismo. Hay mucho machito (las hay también mujeres) de la ahora X que cree que libra una guerra cada vez que se libera de la corrección política. El “capitalismo woke” supone empresas que apoyan causas progresistas para mantener su influencia. Para las marcas es más barato subirse al carro de la conciencia social, colorear el logo en redes, que instrumentar cambios reales, apostar a prácticas sostenibles de verdad y promover sin ambages los derechos de los trabajadores.
El mantra corporativo, y de la mayoría de las personas, implica responder la pregunta de cómo ganar plata mientras el Estado te molesta lo menos posible. Es válido, por supuesto, pero nada es color de rosa en un mundo de batallas culturales sin aparentes vencedores. Requiere que las empresas aborden diferentes desafíos políticamente cargados. A algunas les sale mal. Bud Light perdió el número uno en ventas de cerveza en EEUU tras vincularse a una influencer trans.
Barbie nunca había protagonizado una película en 64 años. El riesgo era grande. Pero este desparpajo controlado rinde, esta burla contenida vende. Le resultó la apuesta de juguetear con la imagen de un pedazo de plástico de 29 centímetros de altura que genera muchas cosas, pero no indiferencia. Barbie se da el lujo de cuestionar lo que representa Barbie para vender más Barbies.
A los de Mattel, que venden dos Barbies por segundo, les gusta destacar que el personaje ha tenido más de 250 carreras, que llegó a la Luna antes que Neil Armstrong y que tuvo casa propia antes de que las mujeres pudieran acceder a una tarjeta de crédito. A Barbie se la ha tenido que antropomorfizar (tiene nueve tipos de cuerpo, 35 tonos de piel y 97 peinados) porque con su cuello incapaz de sostener una cabeza, su pecho inflado y su cintura había contribuido a un arquetipo de belleza artificial. No es extraño que un puñado de estudios hayan sugerido que Barbie influye en lo que las niñas ven como el cuerpo ideal.
En una escena una de las actrices monologa sobre las mujeres: “Es como si siempre tuviéramos que ser extraordinarias, pero de algún modo, siempre lo estamos haciendo mal. Tenemos que ser flacas, pero no muy flacas. Tenemos que amar ser madre, pero no hables de tus hijos todo el tiempo. Se supone que debes mantenerte linda para los hombres, pero no tanto como para tentarlos demasiado”. El discurso sigue, pero se entiende la idea. A los conservadores les incomodó la franqueza. Y también el mensaje subyacente en la película de que los hombres debemos aprender a lidiar, además de con mujeres poderosas, con nuestras propias inseguridades.
La cultura de la cancelación es un oxímoron sintomático del siglo XXI. Por más desagradable que sea oír algunas cosas, es mejor poder escucharlas. La acción de anular a otro es tan antigua como la sociedad. Existe una efervescencia por juzgar lo más rápido posible la acción u omisión del otro. Es una postura que distorsiona el debate antes de que empiece. Sobran estallidos fugaces y falta gente con paciencia para ser intolerante a la intolerancia.
En una era en la que las noticias pierden con el entretenimiento en la lucha por la atención de la audiencia, vale rescatar la figura de Oppenheimer, quien parió la bomba atómica, para alertar sobre un tema que parece lejano, pero quizá no lo sea (el riesgo nuclear) y otro que nos empieza a desbordar (la Inteligencia Artificial), cuyo padrino renunció a Google y advierte sobre los peligros.
A lo Oppenheimer, da señales de arrepentimiento. Habla de un riesgo existencial de lo que puede suceder cuando las máquinas se vuelvan más inteligentes que nosotros. No es que mostremos muchos indicios de iluminación, pero la tiranía del algoritmo ya comenzó, y cada vez nos cuesta más discernir qué es verdad y qué no. Ese apenas puede ser el principio de nuestros problemas. Creíamos que era un juego y nos terminó explotando en la cara.
*Juan Paullier escribe columnas en El País desde 2023. En 2006 empezó a trabajar como periodista. Durante una década fue corresponsal de la BBC en Londres, Miami, Caracas y Ciudad de México.