El pasado 7 de octubre se desencadenó en el sur de Israel una tragedia sin precedentes. Si bien es verdad que en 1973 el país corrió grave peligro por el ataque conjunto de Siria y el Líbano en lo que se conoce como la Guerra de Yom Kippur, en esta ocasión las acciones terroristas de Hamás sacudieron los cimientos de una sociedad que creía estar a salvo de unas emboscadas que parecían inviables.
Todavía es pronto para valorar y tener total conocimiento de lo que falló, pero, sin duda, un factor crucial fue la falsa sensación de invencibilidad en una nación habituada a ganarle al adversario por su evidente superioridad militar y mayores recursos. Sólo así se explica la laxitud en el aparato de inteligencia y el ámbito militar.
Basta con leer en el New York Times una cronología detallada de cómo se desarrollaron los acontecimientos a partir de las primeras horas de la mañana. De acuerdo al reportaje, poco antes la inteligencia israelí había advertido una actividad inusual en las redes sociales de activistas en Gaza y había informado de ello a los militares sin que, al parecer, hubiera respuesta por parte de este estamento. Más tarde el mundo pudo conocer por medio de imágenes sobrecogedoras cómo durante horas los operativos terroristas campearon a sus anchas en un festival de música al aire libre y localidades próximas a la frontera con Gaza. No hubo resistencia por parte de fuerzas del orden inexistentes en el área, masacraron sin piedad a civiles y se llevaron como rehenes a al menos 150 personas cuyos paraderos se desconocen. Fue un festín de terror.
En un artículo de opinión publicado en el Washington Post, el historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari señala como uno de los factores de esta debacle el carácter populista del gobierno de Benjamín Netanyahu, plagado de denuncias por corrupción, abuso de poder y guerras intestinas que han pasado por alto una erosión en el sistema de seguridad nacional y de estrategia política en una región volátil. Gran parte de la población en Gaza apoya a Hamás, que ostenta el poder de facto, en un conflicto en el que hasta ahora la solución de dos estados no ha podido hacerse realidad. Netanyahu, que siempre ha presumido de ser un halcón, tarde o temprano tendrá que rendir cuentas por un desastre estrepitoso.
Harari tiene razón en señalar el pulso autoritario de un primer ministro más preocupado por el poder que por servir los intereses de los israelíes, pero es evidente que la debilidad demostrada el día de los ataques viene de lejos y es producto de algo tan debilitante (por lo que tiene de espejismo) como llegar a creer en una superioridad inquebrantable. Los fundadores del Estado de Israel lo lograron impulsados por la vulnerabilidad de la que siempre ha sido objeto el pueblo judío, sujeto a persecuciones, pogromos, exterminios impensables como el Holocausto. Su fortaleza nacía de la conciencia de que el peligro siempre acecha.
Quedan por delante días, semanas y tal vez meses de una guerra cruenta que podría esparcirse en la región. No obstante, Israel no debe perder la oportunidad de analizar a fondo cómo y en qué momento cayeron en la trampa de creerse invencibles. Es un postulado que llama al fracaso.