Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

El drama del empleo

Fue un 1° de mayo diferente. Las discusiones sobre el tamaño de la caravana, el volumen del aplauso impulsado o el talante de la proclama del Pit-Cnt son estériles.

Estamos todos frente a un drama profundo en el futuro del empleo y ante el cual no es fácil encontrar a quien echarle la culpa.

La dura realidad es que la crisis actual va a dejar al mercado de trabajo como un foco crítico de atención. Habrá una reducción natural del empleo asociada a la recesión económica, pero el problema es más complejo. Muchas de aquellas empresas que logren retomar los niveles de actividad previo al coronavirus, van a necesitar menos trabajadores para hacer lo mismo.

En primer lugar, porque el proceso de automatización de tareas se ha acelerado con el aislamiento. Mientras la tecnología avanza y se vuelve cada vez más accesible para todos, las empresas no dejan de hacer números y se hace evidente -muchas veces con sorpresa- que había posiciones laborales que no eran del todo necesarias pero que estaban.

En segundo lugar, porque los cambios en las condiciones físicas de trabajo -que llegaron con el coronavirus, pero para quedarse- aceleran el proceso de robotización. Es evidente que el virus ha cambiado el comportamiento de los trabajadores y consumidores que buscan evitar el contacto cara a cara. Así los robots se han vuelto mucho más requeridos en espacios con intenso tráfico humano. Se puede ver lo que está pasando en China, en donde muchos hoteles y restaurantes han vuelto a abrir sus puertas gracias al uso de robots. Es común ver en hoteles que el personal coloque la comida en las bandejas camareros robóticos que ingresan a las habitaciones, eliminando el riesgo de infección. También es ya común ver mozos robots que atienden mesas. Muchos podrán pensar que en Uruguay estamos lejos de esa realidad, sería un error. Estos robots cuestan hoy alrededor de US$ 8.000, y el precio baja permanentemente…

Veamos algunos números preocupantes que armamos junto con Leonardo Veiga en el IEEM. En base a los datos de la Encuesta de Hogares del INE, analizamos a los trabajadores en cada uno de los sectores de la economía uruguaya (todos, desde producción agropecuaria, pasando por fabricación de productos químicos hasta servicios financieros o educativos). Consideramos las condiciones de trabajo típicas en cada uno de los sectores para definir el riesgo de trabajo en la “nueva normalidad”: si se trabaja usualmente en ambientes cerrados o al aire libre y el grado usual de proximidad entre trabajadores y consumidores. Intentamos aproximarnos a la cantidad de personas que previo al coronavirus trabajaban en condiciones que eran normales pero que ahora dejaron de serlo. Al mismo tiempo, consideramos el grado en el que la demanda de lo que se produce se ve afectada como consecuencia del virus, así como también si la situación actual genera incentivos adicionales a acelerar la automatización de proceso o al trabajo remoto.

Los números no son buenos. El 80% de total de las personas ocupadas previo al coronavirus trabajaba en sectores en donde el empleo se ve altamente afectado. El panorama se vuelve más complejo aún cuando los datos indican que el 40% de los trabajadores de sectores complicados tienen como máximo educación secundaria completa y que el 25% de ellos cumplía tareas completamente automatizables. Se trata de 325 mil personas que realizaban tareas rutinarias con escaso componente creativo o empático, que tienen un muy alto riesgo de perder definitivamente su empleo como consecuencia de lo que estamos viviendo.

El Estado tiene un rol clave a jugar. Cambios en la regulación son esenciales para evitar que se corte por completo la relación laboral. En la medida en que las empresas puedan implementar horarios y jornadas reducidas y flexibles, redistribución de tareas, y licencias temporales; la recuperación de la economía será más rápida y menor la destrucción de puestos de trabajo.

La capacitación para el “futuro del trabajo” pasó de ser un riesgo lejano a una prioridad inmediata. Decenas de miles de trabajadores en Uruguay necesitan apoyo del Estado para poder mirar con esperanza el futuro. En este sentido, los programas actuales y por venir de capacitación y reeducación deberán estar a la altura de la urgencia. No hay solución mágica a corto plazo, pero sin duda que la recapacitación mejora la situación. Lo cierto es que la cantidad de personas a ser capacitadas es tan alta que requerirá un cambio radical respecto de la estrategia pasada.

También se debe profundizar la ayuda financiera a las empresas para adaptar la infraestructura de trabajo a la “nueva realidad”. Las empresas de todos los sectores están analizando e implementando nuevos modelos de trabajo. Ya está instalada la necesidad de usar tapabocas o mejor aún máscaras faciales, que tienen la ventaja que protegen también los ojos e impiden que las personas se toquen la cara. Las personas deben mantener la separación de metro y medio. Es necesario reducir los objetos y superficies que son usualmente tocados por más de una persona. Por ejemplo, hay que implementar mecanismos para abrir puertas sin usar las manos, o sustitutos las botoneras de ascensores o dispositivos de control de asistencia y reducir el uso de papeles u otros artículos compartidos.

En ambientes cerrados el virus puede llegar a infectar a personas que se encuentran muy distantes, por lo que es crítica la desinfección y ventilación del local. Los sistemas de esterilización o filtración del aire podrían ser la mejor solución, pero son caros. Para tener una idea, un sistema de ventilación de una sala quirúrgica -algo similar a lo que se necesitaría en los lugares cerrados- cuesta cerca de US$ 15.000 y además tiene altas exigencias de mantenimiento. (Vaya sumando y se dará cuenta de la magnitud del aumento de costos que esto implica para empresas que ya estaban en niveles mínimos de rentabilidad previo a la irrupción del virus.)

A pesar de todo se puede ser optimista, en Uruguay tenemos experiencia acumulada en las empresas y en el Estado para lidiar con grandes adversidades. Obviamente que todas las crisis son diferentes pero la capacidad de resiliencia existe. Aunque habrá que sumarle frescura y creatividad porque el desafío que tenemos por delante es realmente gigante.

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