Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo?

Vivimos una crisis de la Democracia; una crisis de la educación, una crisis de valores. Los críticos más simplistas achacan las culpas a las jerarquías: los gobiernos, los políticos, las autoridades de la educación, los liderazgos. Pero la cosa no es tan fácil.

Tiempo atrás salió un libro del máximo gurú a la moda en materia política (hasta que espichó Macri, su pupilo estrella), que pinta sobre estos temas, un panorama alarmante. Jaime Durán Barba, en “La Política en el Siglo XXI”, dice cosas como estas:

-La opinión pública crea la realidad en la que vivimos (p. 134).

-La opinión pública se convirtió en algo que nadie puede controlar (p.136).

-La opinión pública es cada día más autónoma, debilita el poder de los líderes… de los medios. Eso está en la base de la crisis de la democracia. Los ciudadanos se conectan con el mundo cuando quieren, obtienen y transmiten información sin límites y no quieren ser representados (p. 136).

-La gente da menos importancia a la opinión de las autoridades… desconfía de los partidos, de los líderes… del parlamento (p. 138).

-Google controla la sociedad (p. 143).

-El torbellino de información es incontrolable y cambia valores (p. 144).

-Los votantes no van a decidir su voto por lo que dicen los políticos, sino por lo que comentan sus conocidos acerca de la campaña (p. 149).

-La gente vota más por lo que siente que por lo que piensa (p. 151)

-La gente normalmente no ve T.V. para informarse o educarse, porque es un medio que nació para divertir (p. 157).

-La gente por lo general no oye los discursos (p. 158).

-Los debates no son decisivos (p. 166).

-Hay que partir de la base que no hay agentes puramente racionales (p. 185).

-Una de las causas de la crisis de la Democracia: los ciudadanos ya no se sienten débiles y por eso, no quieren ser representados (p. 194).

-La comunicación política se ha vuelto más horizontal, más nutrida y más contradictoria (p. 195) y la multiplicación de herramientas de comunicación produce alteraciones en el mensaje.

-Hoy todos quieren opinar sin realizar esfuerzos. Les gusta que los oigan y sobre todo, que les respondan (p. 201).

-La comunicación permanente y a la vez fugaz, hace que las posiciones/ opiniones sean también fugaces (p. 203). Lo único permanente es la fugacidad (p. 205).

-Que los votantes se deciden por argumentos racionales es probadamente falso (p. 241).

-La gente está harta de los partidos, los parlamentos y los sindicatos. Quieren una nueva agenda que privilegie sus problemas y sus sueños (p. 308).

-Ahora son los líderes quienes deben girar en torno a las necesidades de las personas (p. 311).

Demoledor y desolador. Porque si bien algunas de las afirmaciones son extremas, la realidad que describe es muy cierta y problemática.

Por más que hacia fines del libro Durán Barba afirma “Necesitamos estudiar los valores, las actitudes y las creencias de los electores para transmitir nuestro mensaje respetando sus puntos de vista”, eso no es gran solución ni consuelo.

Máxime cuando uno piensa en actividades que requieren de liderazgo y reafirmación de valores, por encima de conquistar votos o apoyos.

Lo sutil y prevalente del problema debe llamar la atención acerca de la importancia de tener los valores y principios bien asentados, como primer punto.

La segunda enseñanza es que no rinde (si lo que se quiere es colocar ante la gente contenidos), competir con técnicas de venta de productos de limpieza. A la enorme fugacidad (y superficialidad) que señala Durán Barba, hay que oponer sustancia. Más vale arriesgar rechazo que irrelevancia.

Siendo eso así, igual no nos soluciona el problema: la raíz de los dramas sociales y políticos que vive occidente está en que, aun habiendo llegado -tardíamente- a reconocer que perdió los valores básicos que hacen a la vida y al sentido del hombre, no sabe por dónde ponerse a buscarlos. ¿Cómo hacer para recuperarlos? No se los va a topar tirados por la calle. Porque el drama está en que antes de perder de vista los valores, la cultura occidental abandonó lo que soportaba y daba vida a esos valores: la fe en Dios.

Los valores (vida, libertad, solidaridad, comprensión…), son como perchas; para cumplir su función requieren de un perchero, del cual colgar. Occidente largó a Dios como consecuencia de las Reformas y las guerras de religión; durante un tiempo consiguió sustituirlo por la razón, pero luego esta fue desafiada por el romanticismo y el relativismo, llegando a donde estamos hoy: la posverdad. Para mí, las cosas son como yo las siento, como a mí me parecen.

El drama de este invento está en que es precisamente lo que utilizan los Trumps y los Bolsonaros de este mundo. Pero, a no engañarse, ellos no son los creadores de la posverdad: son su consecuencia. El día que ya no estén (esperemos que pronto), los problemas apuntados no desaparecerán con ellos.

Llegó la hora de que nos pongamos a buscar los valores donde ellos están.

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