RODOLFO SIENRA ROOSEN
Las fechas patrias son fiestas nacionales. Pero gran parte de ellas con el tiempo han ido pasando desapercibidas, como la de hoy, que conmemoramos la Batalla de Las Piedras.
Es un domingo, pero es uno de los feriados "movibles" -que no es una invención nuestra porque lo aplicaron y aplican desde antes que nosotros países como EE.UU. y Argentina por ejemplo- aspecto de una problemática más amplia como la de si conviene tener tantos feriados y si es justo desjerarquizar algunos corriéndolos de su fecha calendario. Pero ese es otro tema.
La Batalla de Las Piedras fue un acontecimiento clave en la Revolución Oriental que independizó nuestro territorio de España. A esa Revolución que va fermentando en 1810 y a la que se le considera como su punto de arranque simbólico el Grito de Asencio del 28 de febrero de 1811 con el pronunciamiento de Venancio Benavides y Perico "El Bailarín", Lincoln Maiztegui en su excelente obra sobre "Orientales" observa que le faltaba el caudillo articulador.
Ese papel vendría a llenarlo José Artigas, que nombrado Teniente Coronel al mando de las fuerzas que pudiera reunir y subordinado a Rondeau, con magra ayuda cruzó por Entrerríos, entro por Paysandú, y en abril, desde Mercedes emitió una proclama para iniciar la marcha sobre Montevideo. Luego de una escaramuza en Paso del Rey, el 18 de mayo de 1811 derrotó a una fuerza de marinos españoles de 1.200 hombres dirigidos por el Capitán José Posadas. Si ha sido alabada la estratagema de Artigas para desalojar al enemigo de una posición favorable y su hidalga actitud ante heridos y prisioneros, debe resaltarse la importancia militar del éxito que inició el sitio de Montevideo, y también su influencia sicológica. De allí la enorme trascendencia histórica de Las Piedras.
Tiempo atrás, cuando los gobiernos de la patria le daban jerarquía a sus fechas; cuando el 19 de abril el país se embanderaba con la tricolor de la Cruzada Libertadora cuyo original se la robó al pueblo uruguayo una organización guerrillera que hoy tiene representantes en cargos de gobierno; cuando la Jura de la Constitución se conmemoraba en el Cabildo con presencia más nutrida que la de curiosos y aburridos coreanos, como sucedió la última vez; cuando la Declaratoria de la Independencia se recordaba en la Piedra Alta de Florida; habían desfiles en Las Piedras, y allí estaba el gobierno rindiendo tributo de homenaje al Prócer. Pero aquél era otro país.
Un día llegaron los mesías a borrar la historia, y un Presidente decidió -sin apoyo popular ninguno-, que la patria debía tener una fiesta patria superior, la que conmemora el nacimiento del Prócer. Es esta una fiesta importante, cómo no. Pero cuando convocó al pueblo a celebrarla esperando una respuesta multitudinaria que no se dio, ante pocas banderas frentamplistas, tal vez por despecho o por pudor, le hicieron anunciar, como si fuera un castigo para los suyos que habría de respetar la Constitución, no intentando su reelección.
Artigas -que es de todos los uruguayos- trasciende en su trayectoria al parto que le dio vida, un hecho natural. Se habla de los gastos de los festejos para excusar su ausencia, como si la exaltación del sentimiento de patria valiera menos que una partida asistencialista para consumir vino y tabaco.