Herrera

Antonio Mercader

Pocos personajes históricos tiene la historia uruguaya tan renombrados y a la vez tan desconocidos como el doctor Luis Alberto de Herrera. Renombrado, porque fue uno de los caudillos mayores del Partido Nacional, desconocido porque se ignoran aspectos esenciales de su biografía. Que fue periodista precoz, que siendo muy joven combatió junto a Aparicio Saravia fusil en mano en las revoluciones de 1897 y 1904, que brilló como legislador (impulsando, entre otras cosas, junto a Carlos Roxlo, las primeras leyes sociales del país), que integró el Poder Ejecutivo en gobiernos colegiados y que fue un nacionalista visceral, todo eso es cosa sabida. Menos sabidos, en cambio, son otros datos reveladores de una contextura humana de aristas excepcionales.

Baste decir que, a los 30 años, aquel abogado educado en el protestantismo y que hablaba tan bien el inglés como el español, no sólo había surcado el horror de dos guerras civiles (y escrito sobre una de ellas un libro memorable, "Por la Patria"), sino que había sido juez de paz, profesor de Historia, pugilista aficionado y representante diplomático de Uruguay ante el gobierno de Estados Unidos. De Washington volvió en 1904, admirado por el vigor de Teodoro Roosevelt, pero temeroso de su doctrina intervencionista en América Latina, un reflejo que signaría su acción política e inspiraría algunos de los 27 libros que escribió y que lo confirman como el fundador del revisionismo histórico en el Río de la Plata. De su obra, todavía resaltan por su vigencia algunos ensayos, entre ellos "La Revolución Francesa y Sudamérica".

Liberal en lo político en vez del conservador redomado que algunos quisieran ver en él, integró y presidió el Directorio del Partido Nacional, fue seis veces candidato a la presidencia de la República, se ganó la devoción de multitudes y fue probablemente, como escribió su nieto Luis Alberto Lacalle, el político uruguayo que más ciudadanos arrimó a las urnas. Campechano, bienhumorado, orador iluminado de peculiar gracejo, conjugaba la viveza y la practicidad del criollo con las dotes del intelectual refinado. Hombre de mundo y a la vez del pago chico, conocía cada rincón de la República y era capaz de recordar el nombre del primer paisano que saliera a saludarlo en un villorrio perdido.

Receloso del poderío de nuestros dos grandes vecinos geográficos, predicó siempre una política de equilibrio dirigida a consolidar la existencia de Uruguay como "patria chica", fuerte e independiente a ultranza. En 1940, en plena guerra mundial, su neutralismo militante y su estridente "¡No!" a la instalación de bases estadounidenses en suelo oriental, le valieron la embestida de sus adversarios de izquierda y de derecha a la que sobrevivió sin traslucir una pizca de miedo aunque políticamente averiado.

Desde entonces, su nombre fue anatema en Estados Unidos durante largo tiempo ("León" lo apodaban en los cables cifrados de la inteligencia anglo-estadounidense durante el conflicto bélico) y blanco de críticas locales, pero Herrera, duro de matar, se repuso en la década siguiente hasta hilvanar la coalición política determinante de la victoria del Partido Nacional en las elecciones de 1958, tras casi un siglo de permanencia en la oposición. Así, al final de su existencia lograba el que había sido el mayor de sus anhelos.

Entonces, a los 85 años, con sus deberes cumplidos, pudo descansar en paz, hace de eso medio siglo exacto, un 8 de abril de 1959, vísperas del aguacero más largo que el Uruguay recuerde.

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