Luciano Álvarez
Quizás, el miércoles 27 de enero de 2010 se convierta en efemérides. Sobre el escenario del teatro de 757 butacas del "Yerba Buena Center for the Arts", una ONG dedicada a las artes, Steven Jobs (San Francisco, 1955) presentó el iPad, una computadora de una sola pieza, con una amplia pantalla táctil; de 680 gramos y un tamaño de 24,28 por 17,87 cms y 1,32 cm de espesor.
Entre sus muchas opciones y utilidades, Steven Jobs anunció que el iPad incluirá el dispositivo electrónico iBook y la nueva aplicación para leerlos, el "iBooks Store". También se refirió al lanzamiento de una librería en línea llamada iBooks para su nuevo producto: "Tenemos cinco de las mayores casas editoriales del mundo que nos apoyan y abriremos las puertas al resto de las editoriales desde hoy", expresó.
Actualmente, los libros electrónicos representan entre 3 y 5% de todas las ventas del sector, pero es probable que buena parte del mundo editorial, tal como lo conocemos, desaparezca, más tarde o más temprano. Sólo constato, ni lo deploro ni lo festejo. Pero hacia allí se dirige el campo de la lectura, que de esto se trata y no del mero soporte que la hace posible.
Pese a la incomodidad de sus colegas actuales, Nicolaus Jenson y Aldo Manucio, seguramente hubiesen disfrutado esta presentación. Fueron ellos quienes desplazaron a los antiguos copistas, fijaron, en el siglo XV, las bases de la lectura, tal como hoy la conocemos y nos legaron formas y artes que continúan vigentes.
Nicolaus Jenson (1420-1480) fue un impresor francés que desarrolló la mayor parte de su trabajo en la ciudad de Venecia.
A él se debe la creación de la tipografía que luego sería conocida como veneciana que desplazó a los tipos de letra góticos usados hasta el momento, sirvió de inspiración para nuevos maestros impresores como Claude Garamond (1490-1561) y Aldo Manucio (1449-1515).
De los editores del siglo XVI se derivan casi todas las prácticas editoriales contemporáneas.
Aldo Manucio fue el primero que entendió que la imprenta no era tan sólo una nueva tecnología para reproducir libros, sino que era un nuevo medio de comunicación que planteaba desafíos respecto a la tinta, el papel, el tamaño, los márgenes, la tipografía o la cubierta.
Así se convirtió en el padre de la lectura tal como hoy la conocemos. El libro dejó de ser un objeto lujoso y pesado que sólo podía leerse en un atril. Las llamadas ediciones Aldinas se podían llevar de viaje; leerlas mientras se paseaba por el jardín o en la cama. Al mismo tiempo su precio, más accesible, amplió el mercado del libro.
Nacido en Bassiano -a unos 60 kms de Roma-se trasladó a Venecia en 1490. Por ese entonces era un humanista erudito, ansioso por estudiar los 800 códices griegos y bizantinos que habían llegado a Venecia luego de la caída de Constantinopla en poder de los turcos (1453), donados por el clérigo y erudito bizantino Basilio Bessarión.
Decidido a divulgar aquel tesoro del saber, trabajó durante 5 años en la imprenta de Nicolaus Jenson con el fin de dominar el oficio.
A los 46 años fundó su propia empresa, se convirtió en un hombre de negocios sin abandonar su rigor intelectual. Para ello fundó la Neakademia, centro intelectual, al mismo tiempo que taller de corrección y edición.
Preocupado por abaratar el libro -siempre cuidando la calidad- exploró nuevas posibilidades. Sustituyó las tapas de madera por cartón forrado en cuero -una técnica que ya conocían los árabes- generando un producto más liviano, flexible y económico.
Con el mismo fin ser propuso editar libros más pequeños y portables. El tamaño del libro deriva del modo de plegar el papel: Folio, Cuarto, Octavo, según el plegado produzca cuatro, ocho o dieciséis páginas, respectivamente.
El folio o el cuarto eran los formatos más corrientes, pero Manucio prefirió el octavo, creando lo que hoy conocemos como libro de bolsillo.
Pero, como todavía lo sabemos y sufrimos hoy, para mantener la calidad de la lectura, el tipo y tamaño de letra son fundamentales. En el año 1501, contrató como jefe de imprenta a Francesco de Bologna más conocido como Griffo quien, inspirado en la escritura inclinada de los monjes, desarrolló una familia de letras perfectas para las reducidas dimensiones de la página, puesto que ahorraba espacio sin perder legibilidad.
Esta variedad de la letra romana, ligeramente inclinada hacia la derecha, se conoce, desde entonces como aldina, cursiva o itálica.
Manucio continuó investigando para hacer crecer el mercado. Así introdujo otro principio fundamental del negocio. Calculó que si sus tirajes pasaban de 200 a 1000 ejemplares podría reducirse el costo en un 50%.
Manucio y sus colegas del 1500 fueron introduciendo novedades: la página interior de título, el prólogo o introducción, el índice de contenidos, la lista de ilustraciones, notas explicativas, bibliografías e índice de nombres citados.
El éxito editorial de Manucio provocó, también en su época, un mal muy actual: la piratería. La ciudad francesa de Lyon se especializó en el tema.
Manucio protestó, intervinieron el gobierno de Venecia y el propio Papa para defender las "patentes" del editor italiano y las falsificaciones se detuvieron, al menos por un tiempo.
Aldo Manucio falleció en 1515. Su suegro y socio, Andrea Torresano de Asola, su hijo Paulo (1512-1574) y luego su nieto Aldo (1547-1597) continuaron con la empresa que había cambiado el modo de leer en nuestro mundo.
El lector curioso de estos asuntos puede leer con gusto y provecho "Historia de la lectura en el mundo occidental", una obra bajo la dirección de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, editada por Taurus en 1998.