Estoicos y despiertos

Al revisar las noticias más leídas en la web de El País de los últimos 30 días, el ranking no estaba liderado ni por Maduro, ni por Trump, ni por el Sucive o el afano con el Fonasa. La nota más leída, la que “clickearon” más de 350 mil personas, era sobre la filosofía estoica. Sí, como lo escucha.

El hecho nos impactó más aún, porque estos días terminamos finalmente (750 páginas) una novela espectacular de Tom Wolfe, llamada “A man in full”, donde el tema de los estoicos ocupa un lugar central. Después vimos que hay una película del año pasado en Netflix sobre la novela.

Pero el tema es el revival del estoicismo. Porque no es sólo la nota, o la película de 2024, sino que también hay referencias en la obra de Jordan Peterson, cuyo libro “12 lecciones para la vida” es casi un plagio de “Los discursos de Epictetus”, el texto que ilumina al personaje de la obra de Wolfe.

¿Qué es a fin de cuentas el estoicismo? Es una filosofía de ética personal basada en un sistema lógico. Consiste en alcanzar un estado de paz interior, al no dejarse dominar por el deseo de placer, la recompensa inmediata o el miedo al dolor. Una cosa así medio espartana, o ... (¡peligro!), masculina. De hecho, la Asociación Sicológica Americana, en un documento de 2019 asoció el estoicismo con la “masculinidad tóxica”.

Acá es donde todo comienza a cerrar. Porque también Peterson ha sido el gran rival dialéctico del feminismo actual, del “wokismo”, de la cancelación. Y sus textos y podcasts, son consumidos masivamente por jóvenes, en su mayoría hombres, que se sienten perdidos en un mundo donde una cantidad de los atributos que durante generaciones fueron vistos como ideales en el varón, han pasado a ser pecados mortales.

Hay otra obra que por estos días genera enorme polémica. Es un artículo de la escritora Helen Andrews, llamado “La gran feminización”, donde sostiene que la supresión de opiniones en nombre de la protección de grupos vulnerables (el wokismo) es la consecuencia inevitable de que las mujeres tengan una mayor participación en la vida pública.

Andrews argumenta que a medida que las mujeres se han vuelto mayoría en ciertos ambientes académicos y laborales, su forma de interacción social se ha impuesto como hegemónica. Ella define esta manera “femenina” de hacer las cosas como una que evita la confrontación directa, pero apela al choque velado, y al aislamiento del que discrepa. Privilegia la empatía y la seguridad, por sobre la lógica abstracta, Personaliza las discrepancias, y prefiere el consenso sobre la jerarquía, apelando muchas veces a lo que llama “cortesía impostada”.

Como se verá, esas características son las que han dominado en las últimas décadas el debate público en los países occidentales. Un momento, además, donde se ha venido produciendo otro hecho llamativo en las nuevas generaciones; un viraje masivo hacia posturas “de izquierda” de las mujeres, y a la “derecha” de los hombres. Hay un artículo del Financial Times que muestra este fenómeno en toda su crudeza, con diferencias de casi 40 puntos en EE.UU., un poco menores en Gran Bretaña o Alemania.

Un detalle ilustrativo: una encuesta del Instituto Cato en EE.UU mostraba que el 57% de las mujeres estaba de acuerdo con ilegalizar el discurso que ofenda a determinados grupos. Entre los hombres, solo el 36%

¿Cuándo empezó todo esto? Los gráficos del FT identifican el año 2015 como el bisagra. Andrews marca el inicio de la era dorada del “wokismo” una década antes, cuando el rector de Harvard Larry Summers fue despedido por decir que hombres y mujeres tenían habilidades diferentes cuando se trata de la ciencia. Se disculpó de todas las maneras posibles, y apeló a datos duros científicos, pero no fue suficiente. “Cuando empezó a hablar de las diferencias innatas de aptitud entre hombres y mujeres, simplemente no pude respirar porque este tipo de sesgo me enferma físicamente”, dijo Nancy Hopkins, bióloga del MIT.

El lector dirá, ¿a dónde va Aguirre con todo esto? En realidad, a ningún lado. Porque incluso hay aspectos de estas posturas que son generalizaciones ridículas. El “wokismo” está lejos de ser sensible o menos vertical. Y la mujer más relevante políticamente del último medio siglo, Margaret Thatcher, decía que el consenso era “el proceso de abandonar todas las creencias, principios, y valores en busca de algo en lo que nadie cree, pero a lo que nadie se opone”.

Pero sí hay una conclusión de fondo. Cuando uno ve el quiebre que impone una figura como Trump, reivindicando cosas que en los últimos 20 años han sido anatemas., el contraste con un Macron en Davos, donde hasta le tomó el pelo por esos lentes de sol “poco viriles”, es difícil no percibir el trasfondo. Que Donald es el síntoma de una reacción. Del implacable efecto del péndulo.

¿Hasta dónde llegará el viraje? ¿Qué vendrá después?

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