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Estados de ánimo

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Los estados de ánimo de una sociedad son importantes. A su vez, no son fáciles de medir: el autoengaño acecha. ¿Se puede afirmar algo sobre el estado de ánimo del Uruguay en este momento? Con esas precauciones creo que sí.

Ha terminado Enero, es decir, acabó el año pasado y todavía no empezó del todo el 2023. El verano y las vacaciones son un suspenso. ¿Qué quedó atrás y qué viene? Veamos.

Quedó atrás el Covid, el Uruguay de la información cotidiana del número de nuevos casos y camas de CTI, ese Uruguay que duró dos años largos. Fue el Uruguay del encierro, de la caída del salario, el achicamiento de las empresas y el engrosamiento del seguro de paro. Fue el período en que se armó la gran maniobra trancadora -el plebiscito contra la LUC- que perdió, murió y quedó atrás.

También fue el período en que el uruguayo no se amilanó, no se asustó, se sintió bien protegido, con un GACH asesor, un programa de vacunación impecable; el gobierno llegó a tener casi 80% de aprobación. El Uruguay se sintió cuidado y no avasallado: inteligente equilibrio. Está cerrado aquel período y se está abriendo otro.

Los números de la macro economía han mejorado, algunos por encima del nivel pre pandemia y gobierno anterior. Los sectores más castigados, como el turismo, se pusieron las pilas y están teniendo una zafra como no se había visto en mucho tiempo. Las exportaciones han subido, los puestos de trabajo también, la terminal Tres Cruces tiene un record de movimiento.

Subsiste el discurso avinagrado, tipo el de Fernando Pereira sobre la temporada turística. Pero el estado de ánimo general de la población es positivo: el Uruguay tiene buen semblante. Viene ahora un tiempo de tareas, mucho tiempo postergadas y ahora enfrentadas: BPS, educación, agua potable para la capital, etc.

Pero -y basta con mirar el cielo y los pastos- se ha instalado la seca. No cualquier seca: una seca cojuda como diría el paisano. Para el montevideano la seca es que subió la lechuga. Pero ojo: ya hay estimaciones que esta seca la va a costar al país lo mismo que el pufo de Sendic en Ancap: ochocientos millones de dólares.

No obstante todo esto no hay ningún motivo para pensar que el uruguayo, que enfrentó la pandemia sin pataleos ni lloriqueos, no vaya a hacer de tripas corazón y salir adelante guapeando otra vez. El gobierno y el estado volverán a concebir y ejecutar mecanismos paliativos y de ayuda. La gente desplegará endurance por un lado y solidaridad por el otro. De la misma manera que salimos delante de la acechanza del Covid destacándonos a nivel mundial (no se conoció en el mundo hazaña más generosa que el rescate de los pasajeros del Greg Mortimer), pasará lo mismo con el golpazo de esta seca.

El estado de ánimo del Uruguay está templado, el pingo tiene las orejitas paradas. Los chats de Astesiano y el pasaporte de Marset van a seguir goteando porque hay gente que políticamente solo tiene eso para sobrevivir. Pero el país, la gente, está con disposición para enfrentar con gallardía los tiempos que se avecinan.

La salud y la fuerza de un país está en su estado de ánimo. Ahí está el terreno para la actividad política. Los políticos que no saben interpretar ese ánimo y dialogar con él en un contrapunto permanente se equivocaron de oficio.

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