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Ese atroz encanto

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Marcos Aguinis escribió un ensayo que llamó “El Atroz Encanto de ser Argentino”. Desde el título, que plantea algo tan contradictorio como que un encanto pueda ser atroz, recoge con fina ironía lo que muchos visitantes dijeron sobre nuestros vecinos.Cita a Albert Einstein que se preguntó “¿cómo puede progresar un país tan desorganizado?”.

Mario Moreno (Cantinflas) dijo que “Argentina está compuesta por millones de habitantes que quieren hundirla pero no lo logran”. Paul Samuelson propuso clasificar a los países en cinco categorías: los capitalistas, los socialistas, los del tercer mundo, Japón y Argentina. Estos últimos no entraban en ninguna sistematización.

Aguinis incluye al naturalista inglés Charles Darwin que visitó el Río de la Plata a bordo del Beagle en 1833.

El autor de “La Evolución de las Especies” publicó las impresiones de su viaje por el mundo que tituló “Voyage of a Naturalist round the World”.

José P. Barrán y Benjamín Nahum, con Arca, publicaron una selección de esas anotaciones relacionadas solo con Argentina y Uruguay (“Un Naturalista en el Plata”).

Darwin destaca “cuán lejos calan las raíces de la corrupción” en la vecina orilla donde “los habitantes del país ayudan invariablemente al delincuente a escapar; parecería que piensan que el hombre ha pecado contra el gobierno y no contra el pueblo”.

Ejemplos hay muchos.

Aclaro, antes que algún despistado me achaque lo que no pienso, que no todos los argentinos son así. Que hay muchos muy honestos y son mayoría, me consta.

Lo que pasa es que se conocen muchos actos que van en otro sentido.

Como aquel subsecretario K al que filmaron tirando bolsos llenos de dinero para adentro de un convento, rifle en mano y a altas horas de la noche. Emulando a la familia Von Trapp huyó cargado de bolsos con dólares ¡a ocultarlos donde unas monjas! Este moderno novicio rebelde no buscaba salvar su patria como la de la película sino ocultar su botín de corrupción.

En la tv vimos imágenes donde el dinero de la corrupción no era contado sino pesado. No se tomaban el trabajo de saber cuánto era. ¡Tomaban el atajo de pesarlo!

Un dirigente político y gremial propuso que para solucionar los problemas de Argentina “tenemos que dejar de robar por dos años”.

Su subconsciente influyó en la forma en qué conjugó el verbo tener. Durante mucho tiempo algunos justificaban que se robara si se hacía obra.

Contra esto parece haberse alzado Javier Milei. En una master class de comunicación política identificó un problema, un hartazgo de la gente y presentó una solución simple: “terminemos con la casta política parasitaria, chorra e inútil que hunde al país”. Sintonizó con un reclamo y lo siguieron.

La inflación la enfrentó con otra propuesta: dolaricemos. Es decir renunciemos a la máquina de imprimir billetes. El problema económico lo ubicó en el Banco Central y dijo que había que “volarlo por los aires”.

Utilizó las imágenes de la comunicación de la misma forma que Trump. Este echó la culpa de los males económicos a los inmigrantes y los productos de terceros países y prometió levantar un muro.

Es lo que hizo la izquierda uruguaya durante mucho tiempo: culpó de todo al FMI, la Deuda Externa, el imperialismo, y los partidos tradicionales. Prometió terminar con la corrupción con aquel “si es de izquierda no es corrupto”. Cuando llegaron al gobierno se abrazaron al FMI, Rockefeller y Soros y privatizaron la generación de energía eléctrica.

Terminaron con el vicepresidente de la República, el ministro de Economía y el presidente del BROU procesados. Eso sí, siguen culpando a los partidos tradicionales.

Milei conectó con un sentimiento y presentó una alternativa sencilla: que se vayan todos. ¿Quién iba a querer que se quedara el de los bolsos llenos de dólares del convento o el que pedía dejar de robar por dos años?

Hablando de Darwin también visitó nuestra tierra y dejó sus impresiones sobre esta banda del río. En sus notas criticó nuestra falta de apego al trabajo que adjudicó a la abundancia de alimentos. Le impresionó lo poco que nos esforzamos. Relata que le preguntó a dos personas por qué no trabajaban. “Uno me dijo, seriamente, que porque los días eran demasiados largos. El otro porque era pobre”.

Esto fue en 1833. Quizás debamos atender esa observación.

En especial cuando algunos se quejan de que el gobierno controle mejor las faltas a trabajar o las horas libres sindicales. O cuando nuestro Parlamento realiza sus sesiones regulares del 1 al 18 del mes, empieza el receso el 15 de diciembre y vuelve de vacaciones el 1 de marzo.

Germán Rama decía que su mayor revolución educativa no fue las escuelas de tiempo completo sino cambiar la forma de controlar la concurrencia a trabajar.

Cuando tuve el honor de estar en el Senado propuse sesionar los 30 días del mes. Desde el Frente Amplio se negaron. Respondieron que el Parlamento no era una fábrica. Hay que reaccionar antes que nos aparezca algún Milei. No puede ser que la mayoría trabaje ocho horas, todo el mes, y otros no.

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