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Escape del planeta de los simios

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Álvaro ahunchain
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Hace unos años, recuerdo haber leído en el semanario Búsqueda que a nivel del sistema de justicia se procuraba redactar un glosario explicativo de las palabras que usan algunas tribus juveniles, inentendibles para juristas y funcionarios.

Era la pesadilla de La naranja mecánica hecha realidad. También leí allí una declaración tremenda de la ex presidenta del Inisa, Gabriela Fulco, en el sentido de que había adolescentes internados “que ni siquiera tienen vocabulario o tienen un lenguaje muy básico de 10 o 20 palabras. Incluso hay quienes se manejan con sonidos guturales”.

Recuerdo mi malestar cuando vi Reus, un muy buen policial uruguayo, por la pobreza conceptual de los diálogos de sus jóvenes protagonistas. Al principio me la agarré con los guionistas de la película, pero no tardé en darme cuenta de que lo que ellos hacían era, ni más ni menos, reflejar la forma exacta como se expresa ese grupo de personas.

Agregue el lector dos ingredientes más a esta carencia absoluta de vocabulario y enlaces gramaticales: la creciente popularidad del lenguaje inclusivo y el avance avasallante de un relativismo cultural que, con la excusa de rebelarse contra comportamientos hegemónicos, postula que cada uno tiene derecho a hablar como le venga en gana y a aprender o desaprender lo que le pinte. Según ese posmodernismo educativo (tardío), los chiquilines no deben someterse a un estudio esforzado de la lengua, sino que tienen que adquirirla naturalmente, porque todo aprendizaje sistemático y riguroso equivale a autoritarismo y represión. Calificar su rendimiento sería imponerles la pérfida competitividad capitalista. Medir sus resultados educativos, según ellos, es hacerle el juego a los organismos internacionales promotores del neoliberalismo imperialista y bla bla bla.

Si el lector cree que exagero, pregunte a alguno de los dirigentes sindicales de los gremios docentes que están tan de moda. O lea una entrevista de Natalia Uval, publicada en La Diaria, a los politólogos Marcela Schenck y Paulo Ravecca, quienes opinan que el rechazo al lenguaje inclusivo es un prejuicio de la ultraderecha y “es un buen ejemplo para ver las raíces de estos discursos: nos remite a esto de ‘hablemos correctamente nuestro idioma‘ que ocurrió en la última dictadura en Uruguay. Hay una suerte de obsesión con la palabra”.

Saber expresarse correctamente no solo permite hacerse entender (algo esencial en un mundo sobrecomunicado y barrabrava). Habilita a algo mucho más importante aún, que es aprender a pensar. Un vocabulario amplio y un uso experto de las reglas gramaticales constituyen la caja de herramientas que potencia nuestra capacidad de abstracción, para razonar y entender el mundo que nos rodea, en lugar de reaccionar a sus estímulos como primates torpes y asustados. Jugar a matar gente en el Fortnite puede entrenar nuestros reflejos, pero empobrece nuestro potencial de pensamiento abstracto. Leer mucho, profundizar en el conocimiento humanístico, perderle el miedo a la poesía y la filosofía, expande nuestra capacidad de comprender el mundo y nos libera de automatismos simplificadores. Sí: es muy bueno que nos obsesionemos con las palabras. Lo que pretenden las dictaduras es justamente lo contrario: empobrecerlas, restarles significado o directamente borrarlas, como en la genial distopia de Orwell.

Siempre recuerdo una charla que dio el periodista argentino Jorge Lanata en la Universidad ORT, hace unos años. Con el desparpajo que lo caracteriza, en determinado momento pidió al nutrido público de estudiantes de periodismo que estaba presente, que levantaran la mano quienes leían poesía. No lo hicieron más de 10 chiquilines. Él les explicó que para ser buen periodista había que leer poesía. Y también para ser buen odontólogo y buen bombero y buen funcionario público. La combustión infernal entre el relativismo cultural y la frivolidad rampante del consumismo, están haciendo estragos en esta simple verdad; los contenidos humanísticos lucen como antiguallas demodé en un contexto que, de un lado, confunde competitividad con carnicería y, del otro, solidaridad con unanimidades acríticas de mate y termo.

Lo expresó con precisión Ana Borzone, una educadora argentina entrevistada por Infobae. Habla del fracaso de un modelo educativo definido como “psicogénesis”, según el cual el niño aprende solo por intuición o tanteo, donde el maestro es apenas un guía: “Si los chicos no aprenden es porque se ha instalado en los ministerios una línea ideológica que prohíbe la enseñanza sistemática de la lectura y la escritura”. Este mes, Borzone sumó su voz a la de más de 50 intelectuales de ese país que publicaron una carta abierta reclamando a las autoridades “que empiecen a educar en serio y reconstruyan la escuela argentina”. Claman por “poner fin a esta concepción demagógica de la enseñanza, que reniega de la exigencia y de la disciplina, desautoriza al maestro, estafa a los alumnos y compromete el porvenir”.

Esta es la verdadera reforma educativa. Y urge.

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