Hay frases que parecen diseñadas para no hacer ruido.
“Es lo que hay.”
Dicha con suavidad, con resignación o con rutina, funciona como un pequeño cerrojo: cierra una conversación sin que nadie tenga que empujar la puerta. Pero, repetida el tiempo suficiente, esa frase empieza a moldear algo más profundo: un modo de convivir con lo que no termina de convencernos, una aceptación discreta de que ciertas tensiones ya no vale la pena discutir.
La política uruguaya se enorgullece -y con razón- de su moderación.
De evitar los extremos, de apostar por el acuerdo, de administrar desacuerdos sin romperlos. Esa tradición es parte esencial de nuestra identidad democrática.
Pero toda virtud, cuando se convierte en hábito, corre el riesgo de volverse reflejo.
Y un reflejo, cuando no se revisa, puede terminar gestionando más que orientando.
El pragmatismo es la palabra que sostiene ese equilibrio.
Un concepto noble: hacer lo posible sin perder de vista lo necesario.
Pero también es una palabra cómoda, que permite justificar lo que, de otro modo, exigiría explicaciones más profundas.
Hay un tipo de pragmatismo que resuelve.
Y otro -más silencioso- que acomoda.
Ese es el que convierte la incomodidad moral en un detalle menor, un roce tolerable en nombre de la sensatez.
Esa incomodidad moral es sutil: una sensación que no estalla, pero insiste.
La intuición de que algo no termina de cerrar aunque siga funcionando.
La percepción de que ciertos límites se desplazan apenas, casi imperceptiblemente, pero siempre hacia el mismo lado: hacia lo manejable, hacia lo conveniente, hacia lo que no exige pagar costos políticos.
Y ese mecanismo tiene consecuencias prácticas.
En un país que arrastra discusiones postergadas -sobre cómo modernizar el Estado, cómo ordenar prioridades fiscales, cómo fortalecer capacidades institucionales o cómo encarar transformaciones de largo plazo- la tentación del pragmatismo acomodado opera como una forma de dejar lo importante para después.
Lo urgente pasa siempre por delante, y lo esencial queda esperando un contexto ideal que nunca llega.
Así, los debates más profundos no se descartan: se desplazan.
Y el desplazamiento, repetido, termina pareciendo una decisión sensata cuando en realidad es un modo de evitarla.
Ese desplazamiento no produce escándalos.
Produce algo más difícil de identificar: una ciudadanía que mira de lejos, que participa sin entusiasmo, que escucha sin esperar demasiado.
Una ciudadanía que, frente a cada nueva justificación razonable, se encoge de hombros.
No con indiferencia, sino con un cansancio tranquilo, educado, persistente.
El “es lo que hay” encuentra allí terreno fértil.
Es útil porque no confronta.
Es práctico porque no obliga a revisar nada.
Y es cómodo porque convierte lo excepcional en aceptable y lo aceptable en inevitable.
La política, entonces, empieza a hablar más para sostener equilibrio que para orientar rumbo. Más para no perder centímetros que para construir metros.
Hay una dimensión filosófica en este fenómeno:
cuando lo urgente domina siempre, lo importante deja de tener espacio.
Cuando la administración ocupa todo el escenario, la dirección se vuelve un susurro.
Y cuando la prudencia se convierte en neutralidad, la política pierde una de sus funciones esenciales: decir aquello que incomoda pero orienta.
Porque discutir los temas esenciales implica asumir riesgos.
Requiere nombrar contradicciones, revisar inercias, interpelar estructuras que funcionan… pero no necesariamente funcionan bien.
Uruguay no necesita épica.
Pero sí necesita un tipo de coraje que no abunda: el coraje de decir que lo razonable no siempre es lo correcto, y que la administración permanente no es un proyecto de país.
Necesita dirigentes capaces de asumir que el equilibrio puede ser un logro, pero también un límite.
Y que mover los límites es legítimo sólo cuando se discute por qué, para qué y hacia dónde.
“Es lo que hay” no debería ser un cierre, sino una alarma.
Un recordatorio de que aceptar lo tolerable en nombre de lo práctico no siempre es sensato.
Y de que el país que valora la moderación también necesita, cada tanto, volver a trazar sus líneas, revisar sus propias justificaciones y preguntarse si lo razonable está reemplazando a lo correcto.
Porque cuando los límites se mueven sin que lo fundamental cambie, lo que se desgasta no es la política: es el sentido de para qué existe.