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Equidad de género

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Como tantos otros temas en nuestro país, este es recurrente. Ahora volvió encarnado en un proyecto de ley presentado por la senadora Gloria Rodríguez, (demostrando que estas cosas, se sabe cómo y cuándo empiezan, pero no dónde terminan), (nótese, tema no menor, que el proyecto no habla de paridad de “sexos”, sino de “genero”, lo que para estas teorías es algo muy distinto.

El sexo es una realidad biológica, el género -en esta visión- es un fenómeno cultural. Es decir, no se limita a reconocer una realidad biológica con la razón, si no que afirma poder cambiarla por un acto de voluntad. Así, ya no estamos ante una opción de dos, sino de un número abierto: LBGT y las siglas que vayan viniendo.

Aparte de que probablemente no cumplirá con el requisito constitucional de mayoría especial, el proyecto me parece una mala idea. Basada en la mejor buena voluntad, pero con fundamentos profundamente equivocados.

Confunde Democracia con género y buenas intenciones con libertad.

La libertad para elegir en una Democracia no puede coartarse por razones de género.

La Constitución lo dice con otros términos, todavía más contundentes: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos y las virtudes” (art. 8). Más adelante, en el artículo 77, la Constitución regula, con bastante detalle, el ejercicio del sufragio y en ningún momento menciona privilegios específicos.

Para rematar la concepción que sobre el tema tiene la Constitución, el artículo 72, que cierra la Sección sobre Derechos, Deberes y Garantías, dice: “La enumeración de derechos, deberes y garantías hecha por la Constitución no excluye los otros que son inherentes a la personalidad humana o se derivan de la fórmula republicana de gobierno”.

Forzar el carácter de elegible en función de un factor cultural autoelegido, no es ni lo uno, ni lo otro.

Pero más allá de esos argumentos jurídicos -suficientes en sí mismos para desechar la iniciativa- hay atrás de ella una profunda confusión sobre el sentido de la vida, al considerar que la maternidad y la familia son fines secundarios para el ser humano.

Que es más trascendente para una persona, ser legislador que ser padre o madre. Integrar un gobierno que formar una familia.

En nuestro país se da, además, una suerte de ironía: al mismo tiempo que se reclama la paridad de género para dos de los poderes del Estado, el tercero, el Poder Judicial, (y, de yapa, el Ministerio Público), está claramente en manos de mujeres y eso no parece hacerle cosquillas a nadie.

Pero volviendo al fondo del asunto, hay un argumento que no le he oído a nadie, pero que, en mi experiencia, es contundente: yo dediqué más de ocho años de mi vida a la política activa, co-mo senador y como ministro. Jamás habría podido hacerlo en la forma en que lo hice si no hubiera tenido a Malena, no atrás, ni al lado, sino dentro de mí.

Lo que yo pude hacer en política, no lo hice solo, lo hicimos los dos. Yo aparecía, ella no, pero en mis discursos, acciones y pensamientos había tanto de ella como de mí y muchas veces bastante más.

Si Ortega y Gasset tenía razón en aquello de que yo soy yo y mis circunstancias, no hay circunstancia más integrada a una persona que su cónyuge.

No voy a mencionar nombres, porque sería impertinente, pero aprecié lo mismo en varios dirigentes políticos, de altísimo nivel y de diferentes partidos, aun en algún caso con quien no me llevé muy bien, pero que, notoriamente, cumplía con aquel pasaje del Antiguo Testamento, Libro del Génesis: “se hacen una sola carne”.

Tengo clarísimo, además que, si hubiéramos resuelto trocar roles, Malena habría sido una excelente figura política y yo un desastre como sostén de la familia.

Por último, aunque nada menor, uno de los grandes sacrificios que impone la política se da en la familia.

Volviendo a mi experiencia personal: yo no calibré eso en su justa dimensión hasta mucho después de abandonada la actividad política.

Recién ahí me di cuenta de la medida del sacrificio que había resultado para mis hijos.

Pero también entendí que ese sacrificio habría sido muchísimo mayor si no hubiera sido por Malena.

Para que se entienda, no solo la maternidad y el matrimonio no son fines secundarios en la vida, sino que el rol de la mujer en la política es fundamental. No confundirlo con el protagonismo.

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