Victor Hugo Morales
El fútbol permite historias como las de ayer. Si en boxeo se presentase un púgil de 50 kilos a pelear con un rival de 80, ni siquiera los dejan subir al ring. En basquet no juegan cinco de dos metros frente a cinco petisos. Y así, todos los deportes exigen equivalencias y de no haberlas, el resultado es absolutamente predecible. En el fútbol, no.
Ahí lo tiene usted a Boca, gritando rabiosamente un empate merecido, pero agónico y ya improbable, cuando se juega el ultimo minuto de los descuentos. O a River sin poder establecer ninguna diferencia, ni de juego, ni de goles, ante ese Gimnasia sin nombres, sin nada, recién ascendido, una mera suma de voluntades que emocionan.
Por cierto, Boca se merecía el empate y también la victoria. Pero no jugaba contra Central, sino que se debatía, a veces con buen fútbol y en otras lanzando desesperados centros, contra las vicisitudes que el juego le impone. Sencillamente porque a veces basta eso de Central, jugar apretadito, concentrado, sin pruritos ni pudores, rechazando a las nubes, al vacío, al córner, sometido por sus limitaciones. Y con eso, sin hacer tiempo, ni caer en brusquedades defensivas, ágiles y decididos el formidable arquero Ojeda y los defensores centrales, con el número nueve defendiendo en el área menor, Central, un equipo que en turf paga doscientos pesos por boleto, hizo "puesta" con el que devolvía la plata...
¿Jugo mal Boca? No, ¿por qué? ¿Sólo porque no pudo ganar ante un adversario claramente inferior?