El traidor contumaz Joseph Fouché

Luciano Álvarez

Si "la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud", nadie como Joseph Fouché para ilustrarlo.

Nacido cerca de Nantes en 1759, de una familia de armadores navales, se le destinó a la carrera religiosa. Entró en la congregación de los oratorianos, aunque nunca llegó a hacer los votos definitivos: la Revolución Francesa reordenó su destino.

En 1790, ya sin hábitos, comenzó su carrera política; en 1792 fue elegido diputado y se integró a los moderados girondinos. Antes de trasladarse a París, se casó con la hija de un rico comerciante, muy fea, tan fea como él, dicen; también dicen que la quiso sinceramente, si tal adjetivo pudiera acomodarse al personaje.

Mientras la Convención era una tormenta de discursos, Fouché nunca inscribió su nombre en la lista de oradores, alegando que su voz era pequeña y poco elocuente. Pasó casi desapercibido hasta el 16 de enero de 1793, cuando los 749 diputados presentes tuvieron que pronunciarse de viva voz, uno a uno, por departamento y orden alfabético sobre el destino de Luis XVI.

Está comprometido con sus correligionarios a votar contra la ejecución del rey, pero es el número 351 en el orden de votación: tiene tiempo para escuchar cada voto y escrutar el estado de la opinión. Intuyó que llegaba el tiempo de los jacobinos y figuró entre los 360 que decidieron la condena a muerte.

Si las circunstancias invitaban a ser radical, nadie lo será tanto como él. Es uno de los "enviados en misión" para reprimir la oposición en la región de Nièvre, donde practica una feroz descristianización: Ordena la demolición de los campanarios de las iglesias parroquiales, prohíbe toda manifestación religiosa e incluso pretende instaurar como doctrina oficial la negación de la inmortalidad del alma. También proclama "el pan de la igualdad": "El rico, esclavo del oro, no puede ser más que un falso patriota".

De paso, arrasa con el oro y la plata que encuentra en las iglesias y castillos.

El 17 de octubre de 1973, la convención publicó un decreto cuya última frase dice: "Lyon hizo la guerra contra la Libertad. Lyon no existe".

Fouché se hará cargo. A lo largo de tres meses ejecuta a más de dos mil personas, mientras arrasa palacios y casas. Como, a su modo de ver, la guillotina es muy lenta -unos tres minutos por condenado- reúne a las víctimas en la explanada de Brotteaux, los ejecuta a cañonazos y los entierra en fosas comunes.

Todos y cada uno de sus actos se atenían a las líneas políticas de la Convención. Fouché y los demás "enviados en misión" las aplicaron con fervor; "cumplían órdenes", hubiesen podido alegar.

Sin embargo para Robespierre habían violado un límite: "la virtud". Según el "incorruptible" había que "aterrorizar, pero virtuosamente", es decir sin caer en las tentaciones de la riqueza o los placeres.

El 3 de abril de 1794 es llamado a París por el comité de Salvación Pública. Trata de arreglar las cosas, pero comprende que su cabeza no vale nada.

Entonces, se esconde, conspira y participa del complot que provoca la caída de Robespierre, el 27 de julio de 1794.

De todos modos, sus excesos no son fáciles de tapar. Pasarán tres años antes que alguien vuelva a pronunciar su nombre públicamente.

Entretanto aprovecha para enriquecerse, con la ayuda de otro antiguo jacobino, Paul de Barras, hombre fuerte del nuevo régimen termidoriano, miembro del Directorio. También espía para él y esa actividad lo trae nuevamente a la política: Barras le concede el cargo que hará su fortuna durante las próximas décadas: "Director de la Policía General" (18 de junio de 1799). Pasarán menos de cuatro meses para que le pague con una traición.

Ahora, Joseph Fouché controla todo, verifica todo y denuncia todo lo que le conviene. Así por ejemplo se guarda de informar sobre la conspiración que se gestaba para derrocar al Directorio.

Cuando se produce el golpe del 18 Brumario (9 de noviembre de 1799), Fouché se encarga de arrestar a las autoridades depuestas -incluido Barras, su protector- y firma las proclamas que anuncian el nuevo estado de situación: "El gobierno es demasiado débil para sostener el peso de la gloria de la República… Estamos resueltos a conservar la república y el gobierno representativo… Que los débiles se sientan seguros, porque están junto a los fuertes…"

Inicia entonces una paradojal relación con Napoleón Bonaparte, quien lo sabe tan despreciable como útil. Mantendrá su cargo hasta 1802, cuando Napoleón sospecha que Fouché no hizo "todo lo necesario", para evitar un atentado contra él y lo despide. Pero antes se cubre: le regala un millón doscientos mil francos "por su talento y su energía, por su fidelidad al Gobierno".

Prefiero "que traicione a otros y que no me traicione a mi", dice.

Fouché ama el dinero y el lujo, pero más ama el poder.

A los dos años está de vuelta, luego de hacerse un lugar entre quienes promovieron la proclamación del antiguo soldado de la revolución como emperador de los franceses.

Nuevamente ministro de la Policía, se le otorga el título de Conde del Imperio y Duque de Orante, hasta que Napoleón sospecha -una vez más- que intriga contra él y lo envía a los Balcanes, como gobernador de las recién creadas provincias Ilirias.

La veleta de los acontecimientos le dice ahora que es tiempo de preparar su futuro postnapoleónico. De todos modos cuando el provisorio retorno del emperador ("Los Cien Días", 1815), Fouché vuelve al Ministerio de la Policía, hasta Waterloo, la última batalla, cuando se alinea, como siempre, del lado de los vencedores.

"No he sido yo quien traicionó a Napoleón: fue Waterloo", dirá, en la expresión que mejor lo define.

Habían pasado apenas 43 días desde la derrota de Napoleón, cuando Joseph Fouché, viudo, de 56 años, entró a la iglesia para casarse con la condesa Ernestine de Castellane-Majastres, de 27 y rancia aristocracia. El primer testigo del contrato matrimonial es el rey Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI.

A pesar de todo, no puede evitar ser incluido en la ley de destierro de enero de 1816 contra quienes habían votado la muerte de Luis XVI.

Se instala en Trieste donde vive lujosamente hasta que un día del invierno de 1820 agarró frío y se murió. Previsor, como siempre, procuró, aún en sus últimos momentos, asegurar su futuro: encargó una misa solemne para sus exequias.

Mirándolo bien, Joseph Fouché no es más que un personaje excesivo, pero su peripecia ilumina, precisamente por lo excesivo, un aspecto sórdido de las acuciantes necesidades del poder.

Las hipocresías del poder rinden tributo a la virtud condenado a los Fouché, vedando monumentos, plazas y avenidas para la memoria de esos individuos, discretos, silenciosos, peligrosos, meticulosos, prudentes.

Pero ellos podrían responder: sabemos hacernos imprescindibles para nuestros superiores; hemos acompañado el cortejo de muchos cadáveres políticos, mientras nosotros seguimos allí.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar