ÁLVARO AHUNCHAIN
Pobre no es el que tiene poco, sino el que necesita mucho". Este aforismo de Séneca ha sido citado con frecuencia por nuestro presidente, a raíz del impacto mundial de la nota de la BBC que lo definió como el más pobre del mundo.
Vale la pena googlear el tema para comprobar la fascinación que crea a nivel internacional la austeridad con que vive Mujica, en pleno ejercicio de su mandato. Es que no hay país donde la gente no esté harta de la opulencia de los líderes políticos, contrastada con las dificultades económicas que padece la población, desde España a la Argentina. También es cierto que la noticia tuvo ese componente de extravagancia que la hizo apetecible para el mercado periodístico global. Hablar de un presidente pobre es tan estrambótico como citar ese ejemplo frecuente en las clases de periodismo: a nadie le interesa saber que un perro mordió a un hombre, pero la comprobación de que un hombre mordió a un perro es una noticia muy rendidora.
Dejemos de lado lo que ya se ha dicho: que el modo en que el gobierno ha aumentado el gasto, generando un déficit en las cuentas públicas, va a contramano de la loable austeridad que ha elegido el presidente en su vida personal.
Me interesa en cambio hacer foco en el prejuicio ideológico que implica esa apología de la pobreza. Un prejuicio que paraliza al país desde larga data y que en los últimos años viene avanzando sobre más y más cabezas uruguayas.
Hay una contradicción entre estas frecuentes declaraciones que condenan el consumo de bienes y el deber de todo gobierno de estimular la producción de esos mismos bienes, abriéndoles mercados por dentro y afuera del país.
Si estamos luchando por diversificar la exportación y generar productos con valor agregado, no parece lógico decirle a la gente, al mismo tiempo, que no vale la pena consumirlos. Hay un punto en que el argumento puede ser compartible, cuando lo que se previene es el endeudamiento excesivo y la pérdida de la cultura del ahorro. Pero menoscabar a quienes pueden y quieren consumir, en una opción de vida tan respetable como la de quien se abstiene de hacerlo, equivale a desestimular en forma consciente el crecimiento del mercado interno y con él, de la economía. No es pobre aquel que necesita bienes y puede pagarlos, es más bien alguien que contribuye al estado pagando impuestos y que crea fuentes de trabajo en un sector de alto impacto socioeconómico, como lo es el de comercio y servicios.
Repitiendo ese tipo de declaraciones, el gobierno supone que da un mensaje espiritual, sin advertir que al mismo tiempo estigmatiza a quienes eligen gastar el dinero que ganan honestamente. La sociedad recibe de sus gobernantes la idea de que plantearse un objetivo personal de prosperidad es algo mezquino. ¿Qué motivación pueden tener los más jóvenes en capacitarse, si se les repite una y otra vez el valor moral de ser pobre?
En una reunión con un sindicato de trabajadores, el presidente dijo que los opositores no lo perdonan "por vivir en un rancho". La pobreza deja de exhibirse como una virtud franciscana y pasa a convertirse en una herramienta de enfrentamiento clasista. El concepto ha prendido tan fuerte, que en mi blog he llegado a leer comentarios de lectores que se manifiestan avergonzados por tener un buen pasar económico.
Con los valores así trastocados, no es casual que haya quienes justifican la delincuencia como una especie de venganza por la desigualdad social. Y si el gobierno quiere combatir la inseguridad, ya es tiempo de que tenga un discurso coherente y deje de enfrentar a pobres contra ricos. O contra esa expresión despectiva a la moda, "la derecha", que sirve para englobar en una sola palabrota a todo el que piensa y opina distinto.
A pesar de su década de bonanza económica, el país se ha empobrecido culturalmente de una manera inquietante. En muchas oportunidades he oído decir al vicepresidente Astori que el Frente Amplio se debe un gran debate ideológico. Creo que esa sería la clave para rescatarnos del fundamentalismo anticuado y regresivo que nos aqueja. Alguien adentro de la coalición de izquierda tiene que asumir la responsabilidad de educar a sus dirigentes sobre cómo funciona la economía de un país pequeño y dependiente, en una región hostil y un mundo globalizado. Mientras sigamos escuchando arengas clasistas, o ideas descabelladas como la del subsidio a todos los uruguayos, con la plata de un petróleo aún no encontrado, o sacándosela a los platudos y cajetillas, seguiremos desalentando a los emprendedores, a los que quieren crecer y hacer crecer al país.