Por qué algunos países prosperan y otros no? Esa es la pregunta clave para cualquiera que tenga interés en la política o el debate público. Y desde Max Weber a Acemoglu, pasando por Tocqueville o Mises hemos escuchado todo tipo de explicaciones. Que es la religión, o las instituciones, o la cultura, o el estímulo a la pujanza individual.
Sobre esto hay infinidad de posturas, pero solo una certeza. Nadie, nunca, ha podido sostener que el capitalismo, o eso que hoy en día algunos gustan de llamar “meritocracia”, sean un problema para la prosperidad de un país. Más bien todo lo contrario.
Por eso llamó la atención la declaración de la diputada del MPP Julieta Sierra esta semana, definiéndose como “anticapitalista”, e incluso declarándose enemiga de “la meritocracia”. “Es una infamia pensar que uno por esfuerzo puede llegar a grandes cosas cuando estamos rodeados de personas que se esfuerzan y no llegan ni cerca a lo que llegan otros sin el más mínimo esfuerzo”.
No llama la atención por la postura, que es lo que suelen transmitir apenas superan ciertas barreras, muchos dirigentes del Frente Amplio. Pero uno lo suele achacar al sentimiento de las eternas viudas del Muro de Berlín. No a gente que nació cuando el mito del socialismo real ya era un cuerpo en descomposición.
Cuando el entrevistador Balmelli presiona un poco más, la diputada admite que este sentir es contrario al accionar de su fuerza política, que acepta las reglas del mercado, y trabaja con ellas. Y lo achaca a las contradicciones típicas de todo ser humano. El problema es que hay contradicciones y contradicciones. A ver...
Proclamarse anticapitalista en el 2026 parece una banalidad propia de un joven snob de alguna facultad de ciencias sociales. Algo para mostrarse rupturista y diferente, a la vez que se indigna por el costo del “caramel macchiato”, y se declama contra la gentrificación del Cordón. Hacerlo en la semana en que Cuba (nada menos) se ve forzada a renegar de los principios del socialismo económico, para superar una crisis crónica que lo ha puesto al nivel de Haití, parece, cuando menos, inoportuno.
Es casi como quejarse de la ley de la gravedad. ¿Qué utilidad tiene en un servidor público que debe lidiar con la realidad?
Tal vez por eso ha prosperado en los últimos años el ataque a ese otro villano que es el mérito, como elemento central del progreso individual en la sociedad.
El argumento de Sierra es que hay gente que se esfuerza, y no llega. ¡Y claro! Somos humanos, vivimos en un orden humano, y el mismo es por definición imperfecto. La pregunta es ¿qué alternativa nos ofrecen los que odian a la “meritocracia”?
Podemos pensar en algunas. Por ejemplo, en el estado uruguayo muchas áreas se manejan completamente de espaldas al mérito personal como arma de superación. Y lo que se premia es la antiguedad, o el adaptarse a un sistema donde no sacar la cabeza o hacer muchas olas paga más que matarse por la tarea. ¿Alguien puede creer que eso genera mejores resultados, o es más positivo para la naturaleza humana? ¿Hay algo más descorazonador que ponerse la camiseta de una función, esforzarse por un resultado, y ver que el de al lado que hace la plancha, se lleva el mismo premio?
De hecho, si algo le hace falta al estado uruguayo para ser más eficiente, para lograr mejores resultados con los recursos que todos los ciudadanos le volcamos con nuestro esfuerzo, es premiar de manera más institucional el esfuerzo individual de sus trabajadores. Que la persona se apropie de la función, y sienta que en su éxito se juega algo. No que lo hace por cumplir, y ya está.
Lo que Sierra, así como muchos dirigentes “de izquierda” que expresan este tipo de visiones no entienden, es que si hay problemas porque ese esfuerzo personal no logra ser siempre compensado como debería, la solución es profundizar por ahí, en vez de defenestrarlo. Sobre todo si uno no tiene una alternativa mejor que ofrecer a cambio.
En toda sociedad siempre es bueno que haya gente que cuestione las verdades aceptadas, porque eso ayuda a ir siempre mejorando. Pero todavía más importante es que esas críticas se hagan en un sentido constructivo.
En el último siglo, la humanidad ha tenido un proceso de mejora en la calidad de vida de las personas, como nunca antes. Los países que menos están gozando de los beneficios de estas mejoras, son los que funcionan más de espaldas al capitalismo y la meritocracia. Y los que más se quejan son los que ya lo dan por descontado, y se pueden dar el lujo de entrar en debates frívolos.
No es casualidad que mientras Cuba y Venezuela dan vuelta la página de ciertas cosas, obligadas por la dura realidad, Nueva York elige un alcalde socialista. La pregunta es, ¿dónde estamos parados nosotros hoy? ¿Qué nos convendrá?