Nuestra enseñanza media está en crisis: niveles de deserción escandalosos, que no se aceptarían en una taberna, y conocimientos raquíticos en sus egresados que impiden asumir una formación posterior. Sobre esto hay acuerdo entre todos.
A esta crisis la explica en parte la influencia perniciosa del llamado experto educativo, quien invariablemente reúne las condiciones de no dar clase en la enseñanza secundaria (muchas veces tampoco tiene conocimiento que enseñar), o por haber huído de las aulas hacia posiciones de escritorio más confortables. Como no sabe ni matemática, ni lengua, ni historia, ni biología, las desprecia, y pretende sustituirlas por una subjetividad oficial con pretensiones de vanguardismo (las ‘‘competencias’’ son eso, el dogma laico de la posmodernidad) a la que se reducen las necesidad de conocimiento de una persona, como se codifica de la manera más cruda posible en el actual plan de estudios, donde el conocimiento científico ni está ni se le espera. Aquí no hay más expertos que quienes ejercen el trabajo de enseñar todos los días como modo de vida, los otros hablan de la enseñanza como un sacerdote del matrimonio.
Partamos de algunas premisas fundamentales.
La enseñanza media, debe decir la verdad a quien pasa por allí acerca del mundo al que se va a enfrentar a medida que cumpla años y asuma cada vez más obligaciones en ese sentido. Un sistema light como el actual, que presenta un mundo alegre y feliz cuyo único combustible es la motivación miente a los estudiantes. Ese mundo no existe ni puede existir.
Las sociedad civilizadas y racionales, imponen a sus miembros en edad de formación, unas coordenadas racionales que los hagan aptos para desenvolverse en ellas, para que luego tomen su camino a la hora de alcanzar la mayoría de edad
Quien entra a la enseñanza media a sus 12 años debe dejar de ser niño y de hacer las cosas propias de los niños, para ser adolescente y hacer las cosas exigibles a un adolescente. Por ello, mal se hace en extender la enseñanza primaria a los 14 años (por más logomaquias hechas con los nombres), en un sistema en el que no hay acreditar conocimiento alguno para promover de curso en curso, engaña a quienes pasan por allí con la idea falsa de que una promoción puede ser gratis.
Se dice que la enseñanza media de contenidos dogmáticos (serán la historia y la biología mitos bíblicos como la inmaculada concepción?), desactualizados (donde estaríamos apoyados sin Arquímedes y sin la trigonometría surgidas siglos antes de Cristo), y descontextualizados porque no se relacionan con la cotidianeidad del estudiante (precisamente se deja la ignorancia cuando sabemos cosas exceden nuestra cotidianeidad), estructurados en asignaturas (lamento decir que no habría conocimiento posible del mundo sin esa división, eso lo sabemos desde Platón, cuando para más inri el conocimiento se especializa cada vez conforme pasa el tiempo).
A cambio el ‘‘experto’’ ofrece que se enseñe a ser ‘‘creativo’’, a ser ‘‘crítico’’, ‘‘ciudadanía’’, cuando para ello debo saber mucha historia y geografía del lugar en el que vivo, conocer los fundamentos matemáticos y físicos de la materia que me rodea, dominar las reglas gramaticales de la lengua que hablo, y conocer los farragosos clásicos esos señores de quienes tenemos retratos aproximados que escribieron siglos y milenios antes de la existencia de Windows inclusive las ideas y conceptos que hoy nos hacen posibles. A santo de eso se ‘‘aburre’’ con clásicos al estudiante en enseñanza media: para que sea crítico y pueda explicarse de donde vive el mundo en el que vive que es mucho más viejo que el. No hay ni creatividad, ni crítica ni ciudadanía, al margen de la siempre estresante tarea de estudiar. Quien enseña necesariamente causa un estrés similar al de los gimnasios.
Los estudios secundarios o sirven para unos estudios más avanzados, o no sirven para nada. Como no todos tienen la posibilidad de adquirir en casa los niveles de conocimiento necesarios para asumir estudios terciarios, el Estado provee la infraestructura para ello: el pobre o aprende en el liceo o no tiene donde hacerlo. De ahí la prevaricación del nuevo plan de estudios que al chico de hogar humilde que quiera ser médico, jurista o ingeniero, le sustituya en la enseñanza media los conocimientos de las materias relacionadas por la terapéutica de las competencias, so pretexto del galimatías de la inclusión.
Si la enseñanza tiene que ‘‘incluir’’ es porque nadie quiere estar allí, cuando para más inri es gratuita. Para ello tiene que ser respetable, por el alto nivel del conocimiento que se obtiene al salir de allí, por las normas que se practican y se exigen, al que la gente quiere ir, no por ser un refrito de las frases tranquilizadoras del coaching y del mentoring que solo perpetúan un sentimentalismo ingenuo que solo lleva a la frustración, en lugar de al necesario desengaño que nos hace vincularnos de una manera más racional y sensata con el mundo que nos rodea.
* Este artículo es parte de un contrapunto sobre el rol de la educación media en Uruguay, junto con el que se publica al lado, firmado por Pablo Menese Camargo