El inverosímil Kurt Gerstein

Luciano Álvarez

Es necesario preferir lo imposible que es verosímil a lo posible que es increíble", decía Aristóteles.

En la comunicación humana, que "la mujer del César sea honesta o no" corresponde al mundo de las realidades, "que deba parecerlo" es un tema de verosimilitud.

La ficción puede y debe entregar al receptor las piezas lógicamente ordenadas y las incógnitas develadas. En cambio, escribió Bussy-Rabutin en el siglo XVII, "la extravagancia es un privilegio de la realidad". Las intrincadas piezas que componen la vida de Kurt Gerstein constituyen un ejemplo de esa extravagancia de la realidad.

El 20 de agosto de 1942 Göran von Otter, diplomático sueco, viajaba en tren desde Varsovia a Berlín cuando se le acercó un oficial de las Waffen SS, el cuerpo de combate responsable de las mayores atrocidades y crímenes de guerra. Este hombre, alto y atlético, sudaba, tenía los ojos llorosos, la voz ronca y fumaba un cigarrillo tras otro.

Le dijo: "He visto algo horrible ayer". Durante las siguientes seis u ocho horas -las versiones difieren- el teniente Kurt Gerstein le describió detalladamente los procedimientos de exterminio que acababa de ver en los campos de concentración de Belzec y Treblinka, rogándole que transmitiera la información al gobierno sueco y a las fuerzas aliadas.

Le explicó que era jefe del Servicio de Higiene del Estado Mayor de las SS, que había diseñado con éxito sistemas de desinfección de agua potable, pero que ahora tenía la tarea de mejorar el de gaseado, sustituyendo la lentitud del monóxido de carbono por el Zyklon B, un poderoso desinfectante tóxico.

Más allá de algunos errores de número -cada comandante de campo fanfarroneaba sobre las cifras de su eficiencia criminal- el relato del teniente Gerstein coincidía hasta el detalle con lo que el mundo habría de conocer tres años más tarde, con horror, escándalo y consternación.

Von Otter envió su informe pero el Ministerio de Asuntos Exteriores de Suecia no creyó en su veracidad, lo archivó y sólo lo publicó después de la Guerra.

En febrero de 1943 Gerstein se reunió con un viejo amigo, el ingeniero holandés H. J. Ubbink y le suplicó que transmitiera esta historia a Inglaterra, de modo que pudiera ser conocida por todo el mundo y que el pueblo alemán fuera advertido.

Ubbink cumplió, pero Cornelius Van der Hooft, líder de la resistencia holandesa desconfiaba, aunque deslizó algunos apuntes en un diario clandestino, redactó un texto de cuatro páginas, lo transmitió a Londres y escondió la copia en un gallinero.

Al poco tiempo Van der Hooft fue arrestado y el documento se perdería hasta 1966. El itinerario de la información recibida por el gobierno holandés en el exilio, en abril de 1943, recién fue conocido en 1992.

Pasó de oficina en oficina hasta llegar, en septiembre del año 1943, al Comité Interaliado de Información sin alterar el curso de los acontecimientos, aunque no era el único documento de ese tipo en manos de los aliados.

Mientras tanto, Gerstein repetía su historia, con incansable precisión, a religiosos y diplomáticos, a familiares y amigos.

Aun para quienes podían darse el lujo de atenderlo sin grandes riesgos, como los diplomáticos extranjeros, el relato de Gerstein era tan espantoso, tan inverosímil, que sólo podía ser un producto de la contrainformación nazi.

"¿Qué podía pretender un oficial de las SS sino tenderles una trampa?" ¿Qué confianza podía merecer el veleidoso personaje de Gerstein cuya biografía aún hoy es difícil de trazar y menos aún de comprender?

En 1933, apenas llegado los nazis al poder, no sólo se afilió al partido, sino que al año siguiente se integró a las SS, su organización de pistoleros paramilitares. Tenía 28 años y era un luterano practicante.

En 1936 fue expulsado del Partido por indisciplinas motivadas "por convicción religiosa" y pasó varios años procurando ser readmitido.

Al comienzo de la guerra quiso ingresar al ejército y a la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana. Fue admitido en las Waffen-SS en diciembre de 1940.

Sus biógrafos más benévolos argumentan que la decisión de ingresar a lo peor de la maquinaria nazi se produjo luego de la muerte de su cuñada Berthe Ebeling en un hospital psiquiátrico.

Aseguran que Gerstein pretendía infiltrarse en el sistema para denunciar el programa T4 destinado a asesinar a niños y adultos con incapacidades físicas o enfermedades mentales.

Sin embargo, su postulación e ingreso a las SS es anterior a la ejecución de Berthe (febrero de 1941).

Aunque alegó pequeños actos de sabotaje, lo cierto es que Kurt Gerstein pasó al menos dos años enviando gas Zyklon B a los campos de la muerte; él mismo entregó a los aliados facturas por entregas propias que sumaban 2.175 kilos, suficientes para asesinar a 450.000 personas.

Desertó en marzo de 1945, apenas unas semanas antes de la caída de Berlín.

Luego de visitar a su familia en Tübinga se entregó a los franceses proclamando sus convicciones anti-nazis.

Entre el 4 y el 6 de mayo escribió detalladamente lo que tantas veces había contado: una versión en francés, otra en alemán; hizo varias copias.

El 5 de Julio está en la prisión de Cherche-Midi, en París. Diez días más tarde, acusado de crímenes de guerra, pide un abogado "con intereses y conocimientos específicamente cristianos".

Durante los interrogatorios, el coronel Mantout se encuentra con "un místico traumatizado y desesperado por no haber sido tomado en serio ni por los alemanes ni por los aliados".

El 25 de julio 1945 Kurt Gerstein se ahorcó en su celda.

El personaje fascinó a algunos historiadores y sobre todo a periodistas y autores de ficción que lo convirtieron en un héroe.

Comenzando por Rolf Hochhuth ("El vicario", 1963), Pierre Joffroyy, "El espía de Dios" (1969), y más recientemente Thomas Keneally, autor de "La lista de Schindler", en Either Or (2007).

No es casualidad, las ficciones pueden entregar al receptor las piezas razonablemente resueltas y las incógnitas develadas, pero difícilmente la extravagante realidad.

La verdad sobre el hombre Kurt Gerstein queda a cuenta; no las terribles verdades que pretendió develar y casi nadie creyó.

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