Seguramente esté al tanto de lo que pasó hace unos días entre Luis Manuel Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol; y Jenni Hermoso, máxima goleadora histórica de la selección española y reciente campeona del mundo. Haciendo corto un cuento largo, al momento de la entrega de medallas tras ganar la copa del mundo, Rubiales le planta un beso en los labios a Hermoso frente a todo el mundo. Si bien inicialmente tanto Rubiales como Hermoso intentaron restar importancia al asunto, cuando el tema empezó a escalar, Hermoso declaró que el beso no fue consensuado y dijo haberse sentido “vulnerable y víctima de una agresión”.
Ese incidente de unos segundos generó una catarata inagotable de repercusiones y un sonado debate sobre consentimiento sexual, sexismo y abuso de poder (además de haber empañado totalmente el triunfo de la selección española). Que si el beso fue consentido o no; que si las “feminazis” le hicieron la cama a Rubiales; que hay videos de Hermoso bromeando con sus compañeras luego del suceso; y un millón de etcéteras. Políticos, futbolistas y gran parte de la sociedad española exigen la renuncia de Rubiales, que hasta el momento se niega a dimitir y defiende que el beso fue de mutuo acuerdo.
Por su parte, la Fiscalía ofreció a Hermoso la posibilidad de denunciar a Rubiales por delito de agresión sexual. Mientras, la madre de Rubiales inició una fracasada huelga de hambre en una parroquia en defensa de su hijo, que fue interrumpida a los tres días porque se descompensó, y las mujeres de su familia suben fotos a las redes del personaje besando a un bebé, alegando que “es un besucón”, y que fue su reacción natural. En fin.
Una batalla donde el “Team Rubiales” dice que el incidente se sobredimensionó y critican cuánto se está politizando, y el “Team Hermoso” ve en el beso y la actitud del directivo una muestra de sexismo, abuso de poder y un síntoma de la necesidad de cambios en las estructuras del fútbol.
Parecería que en este hecho coaguló algo mucho más grande que el beso.
Dos conclusiones hasta el momento: primero, no sé ustedes, pero mi primera reacción fue mirar a ambos lados con desconfianza.
Estamos en una sociedad donde, por un lado, todavía hay machirulos que no piensan con la cabeza. Pero por otro, está lleno de individuos y grupos dispuestos a ofenderse para demostrar su progresismo social y su pureza moral, por lo que estos hechos que generan efervescencia desproporcionada me generan escepticismo. Hay niños y adultos abusados, violados y discriminados de maneras inimaginables, por lo que la dimensión que ha tomado este culebrón y ocupar tiempo de los jueces catalogándola de agresión sexual, ralla la falta de respeto.
Segundo, independientemente de si fue consensuado o no, Rubiales no merece estar en el cargo que ocupa. Es increíble como un dirigente, en este caso de fútbol pero aplica a cualquier otro contexto, puede vivir tan fuera de la realidad y a través de una torpeza tan grande exponerse a él y al proyecto que representa a este nivel. La falta de sentido común y desubique, no solo en el hecho sino en su actitud posterior, es un descalificativo para dirigir cualquier tipo de organización. Torpeza social, pero sobre todo, política.