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El asunto del sucesor

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Como aquí nunca hubo reelección presidencial inmediata, son varios los casos de fuertes liderazgos que intentaron dejar bien atada su sucesión, de manera de hacer más fácil un retorno a la presidencia en el siguiente período.

José Batlle tuvo su Claudio Williman (1907-1911) que con lealtad entendió cuál era su lugar y no obturó el regreso del gran líder colorado al poder. Distinto fue el caso de Andrés Martínez Trueba (1951-1955) quien, apoyado por el gran carisma de Luis Batlle para alcanzar la presidencia, no tuvo mejor idea que cambiar la Constitución en 1952, instalar el colegiado, e impedir por tanto a Luis ejercer un fuerte liderazgo presidencial entre 1955 y 1959.

Más cerca en el tiempo, la inteligencia de Jorge Pacheco tenía clarísimo en agosto de 1971 que su maniobra reeleccionista no obtendría los votos suficientes para ser aprobada. Sin embargo, con ella propiciaba el triunfo de su partido, condicionaba a Juan María Bordaberry en el ejercicio de la presidencia del período 1972- 1977, y se aseguraba una fuerte legitimidad colorada para buscar su propia elección en 1977. El golpe de 1973 impidió esos planes.

Sabido es que todos estos ríspidos antecedentes estuvieron en el inconsciente colorado cuando en 1989 la dura batalla interna entre Julio Sanguinetti y Jorge Batlle por la definición del sucesor, terminó colaborando para el amplio triunfo de esa primavera de Lacalle Herrera. Y también es conocido que en 1994 el sector del presidente tuvo enormes dificultades para definir a un delfín que, de todas maneras, terminó detrás de Alberto Volonté en la interna blanca y además con un Partido Colorado triunfador.

La izquierda tuvo un problema similar en 2009. Vázquez quería a Astori para su sucesión, pensando en volver en la siguiente. Pero terminó siendo Mujica el que ganó la interna. Más allá de encontronazos -aquello de “las estupideces” de Mujica en campaña, señaladas por el presidente desde Estados Unidos, no fue de los menores-, el tupamaro jugó con lealtad “willimanista”: sumó todo su esfuerzo presidencial, y su preferencia de candidato vicepresidencial, para el triunfo de la fórmula Vázquez-Sendic en 2014.

Para tirios y troyanos no es nada improbable que Lacalle Pou sea protagonista en 2029. Entonces, los frenteamplistas quieren ganar en 2024 para desde el poder intentar exterminar esa candidatura: una embestida baguala de fiereza estalinista y de sofisticación siglo XXI, que implique que “no ganen nunca más”. Y los blancos quieren ganar, pero sin poner en tela de juicio el formidable liderazgo del actual presidente que, por su edad y sus convicciones, resulta evidente que puede terminar marcando radicalmente a la política nacional en un sentido liberal y moderno, y en una perspectiva histórica de décadas. No obstante, para lograr ese triunfo precisan actuar en una lógica concertacionista más amplia y plural que la de la simple interna blanca; y en una lógica proselitista que naturalmente le hable al país entero.

La elección del candidato blanco en la interna está pues fuertemente condicionada por ese horizonte de 2029. El problema es que además de las sutilezas y los equilibrios que él conlleva, se precisa, sobre todo, seducir a los que votan en 2024 y sin tantas elucubraciones estratégicas de largo plazo.

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