Derechos y desatinos

Toallas, mosto, vestimenta XXL, préstamos Small…

Sabido es que la Democracia nació como fórmula social para permitir el desarrollo del ser humano, protegiendo sus derechos fundamentales.

Sabido es también que la noción acerca de qué es un derecho fue evolucionando: de los tres fundamentales, (expresados, además, como deberes de preservar), a una lista más numerosa y, encima, con permanente vocación expansiva.

¿Y a dónde llegamos? Pues, en el Uruguay, al reino del desatino.

Ejemplos recientes:

1.- La Comisión de Equidad y Género de Diputados acaba de votar una resolución que busca exonerar el IVA a los productos de “gestión menstrual”, (toallas, tampones, etc.), con el siguiente razonamiento: “siendo la menstruación un proceso natural e inevitable para las mujeres, los productos relacionados con ellas no deberían ser considerados artículos de lujo y gravados con impuestos…”, agregando que “las mujeres enfrentan desigualdades económicas y sociales”, por lo que gravar los productos menstruales “sólo aumenta esta brecha de género”. Difícil encontrar tal número de dislates en tan poco espacio.

Si no se deben gravar los productos destinados a “procesos naturales e inevitables” habrá que revisar todo el sistema tributario, eliminando de la lista de bienes y servicios gravados desde la casi totalidad de los medicamentos hasta los servicios fúnebres. Si todas las mujeres sufren desigualdades económicas y estas, a su vez, se reducen si se le rebajan gastos a las mujeres, habrá que desgravar otra serie de cosas: vestimenta, productos de belleza (y hasta las clases de conducir). ¡Qué desatino!

2.- Pocos días antes, diputados del FA junto con los de Cabildo, (cada vez se juntan más a menudo), mecharon en la Rendición un artículo para reinventar una brillante idea: que el Estado vuelva a producir mosto. Aquí el fundamento está en el derecho de los productores “más pequeños” a ganar dinero y también de la sociedad a regular el tamaño de la “propiedad comercial” que -a ojos de los proponentes- tiene “esa tendencia a la concentración”.

Siendo así que todo derecho tiene que estar inserto en un orden general de derechos y deberes, en función de un bien común, la iniciativa debería ser llevada a su fin lógico, facultando al Estado a decidir qué tamaño deban tener todas las unidades de producción y quiénes cargarán con el inevitable costo emergente. Por lo menos lo de las toallitas es una zoncera novedosa.

3.- También por estas fechas (y siempre en Diputados), se votó otro proyecto iluminado y generoso. Este obligaba a todo industrial y comerciante a producir y vender todos los talles y medidas que el Estado resolviera. Aquí el derecho es “a expresarse a través de la vestimenta...” que se define como “un medio de autopercepción, identificación y expresión del ser humano…”

4.- Por último, dos desatinos más trascendentes: la intromisión del Estado para modificar contratos y para condicionarlos: BHU y el “combate a la usura”. Viejos desatinos profundamente injustos y que llevarán a pésimas consecuencias. La sociedad no tiene el deber de tutelar (y bancar) las decisiones que sus miembros tomen en sus vidas económicas.

Existe, por supuesto, el mandato de la caridad, pero tiene otro fundamento y no se descarga pasándole la obligación al Estado.

¿Cómo es que llegamos a este punto? La demagogia no es algo nuevo, pero a este nivel?

La explicación parte de un mix: ignorancia + soberbia = voluntarismo.

La ignorancia arranca en el desconocimiento de lo que es un derecho. Hasta las reformas protestantes y las guerras de religión, la noción de derecho era muy precisa, a partir de sus raíces: filosóficas -estoicos y luego escolásticos- y teológicas -escrituras y Padres de la Iglesia. En ese esquema, el ser humano vive en un universo, como él creado, ambos dentro de un orden natural, visible y entendible. Ese orden se basa en el cumplimiento de deberes y de esos deberes nacen -espejos- derechos, todo dirigido a un fin, el Bien Común.

Roto el consenso, los filósofos del Iluminismo buscaron otras bases sobre las que fundar nuevos consensos, éticos y morales. Y dieron vuelta la medalla: el anverso no será ya el deber sino el derecho, basado en una concepción de la naturaleza humana (Kant), que va centrándose en la noción de Persona.

Eso se plasma famosamente en la Declaración de Derechos de la Revolución Francesa, luego en el Bill of Rights norteamericano y ya en nuestros tiempos, en la declaración de derechos de la Naciones Unidas, última gran manifestación jusnaturalista.

Después todo fue cambiando, empezando por la noción de Derecho: ya no será algo que forma parte de un orden general, dirigido al Bien Común. Pasa a ser un atributo de la persona (individual), ya no deducible de un análisis de la realidad, (orden natural), ni vinculado a un deber, sino el fruto de la voluntad.

Por ese camino llegamos a donde estamos hoy: cualquier aspiración se transforma en derecho si tiene la única condición necesaria: poder para imponerse.

Lo que nos trae de vuelta al tema de la Democracia: la rebatiña de derechos, al límite del desatino, está socavando a la Democracia, generando insatisfacción y rechazo.

Es responsabilidad de los gobernantes y de las lideranzas, políticas y civiles, poner sensatez y realismo en el tema.

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