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Delito y sociedad

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La violencia social ha sido durante mucho tiempo una de las principales preocupaciones de los uruguayos. Llegó incluso a ser la primera de sus inquietudes. Tanto es así que en nuestra región como en el Caribe enfrentamos a cifras delictivas que espantan. Cuatro homicidios cada quince minutos, lo que equivale a cuatrocientos por día es la cifra de muertes violentas de la zona con el agravante que el mismo afecta fundamentalmente a jóvenes entre 18 y 25 años. Un guarismo que supone un drenaje de vidas causadas por el delito difícil de soportar.

Enfrentado a esta realidad, en una situación que mucho se acerca a la impotencia, las autoridades uruguayas encabezadas por el joven Ministro del Interior, decidieron, entre otras medidas, contratar a una ONG especializada en la lucha contra este verdadero flagelo. Para Cure Violence Global, la proliferación del delito se asemeja a una epidemia sanitaria. Se puede detener, o a lo menos ralentizar, con los mismos métodos.

Para ello se apela a lo que llaman “interruptores” es decir individuos que por gozar de confianza y respeto en la comunidad disponen de la posibilidad de entrevistarse con los futuros delincuentes para disuadirlos de sus propósitos. Una actividad, centrada en los homicidios, que a la larga también consigue modificar valores y normas comunitarias que favorecen o toleran la violencia.

Con ese método, sostienen, han conseguido, bajar el nivel de delitos, particularmente homicidios, en varios y muy diferentes países del mundo, Puerto Rico, Jamaica, El Salvador, Colombia, México, Brasil y Argentina.

En el Uruguay realizaron ensayos preparatorios en varios barrios periféricos con altos índices de delincuencia, como Peñarol, Casavalle, Manga, Marconi , Las Acacias, Villa Española, Casabó y otros, habiendo ya suscripto contrato con nuestras autoridades para comenzar su actividad.

Si lo que alegan es cierto, bienvenidos sean, pese a que no todos podamos evitar un cierto escepticismo ante estrategias que no son exactamente preventivas. Particularmente, ante la actual epidemia de homicidios, la mayoría relacionados con el narcotráfico. Una actividad cuya alta remuneración se ha propagado como un imparable incendio.

Con todo, algunas cosas sabemos sobre la violencia: existe un vínculo estrecho entre marginalidad (habitacional, educativa, social) y delito como manifestación de la misma. La delincuencia salvo excepciones, se presenta y actúa en los barrios más pobres de Montevideo.

En ellos poco a poco, ha ido desapareciendo el respeto a la vida humana. Se mata como una actividad menor, sin importancia, desempeñada por ser amorales.

Prueba de ello es el sicariato, el asesinato como rutina comercial. Mientras una parte de la sociedad asume la vida como un hecho moralmente irrevocable, otra la considera, accidental, menor, carente de valor. Ello conduce a una subcultura marcada por ese hecho, originada en la marginalidad y la pobreza pero con muchas derivaciones.

Con Cure o sin ella, mientras no se imponga otra forma de educar y esta desvaloración no se revierta, los homicidios seguirán creciendo. Ello no supone que esté mal ponerle curitas.

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