Cualquier observador medianamente despierto sabía que defender a Manuel Adorni y sostenerlo en su cargo contra viento y marea, era una causa perdida. No hacía falta ser un estratega político o un analista especializado para ver lo que estaba claramente expuesto. La pregunta es por qué no veían algo tan evidente el presidente y su hermana.
Más inquietante aún: ¿por qué lo sostuvieron tanto y tan a pesar de todas las evidencias sobre el inexorable desenlace?
Todas las posibles respuestas proyectan oscuras sombras sobre la imagen de Javier Milei. O bien una gigantesca negligencia, como las varias ocurridas en la primera mitad de su gobierno, o bien una señal de que el presidente argentino es “chantajeable” por estar manchado por la corrupción.
Es cierto que la cifra de lo “mal habido” por el entonces jefe de Gabinete es una bicoca en comparación con lo que se ve en los videos de Jessica Cirio mostrando la fortuna mal habida de su entonces marido Martín Insaurralde. Una gota en el océano de lo robado por el kirchnerismo bajo el reinado de Cristina. Incluso insignificante en comparación con lo que estarían recaudando hoy con los manejos financieros los mismos personajes que habrían recaudado grandes fortunas manejando finanzas durante el gobierno de Mauricio Macri. A eso precisamente habría hecho referencia Adorni cuando, arrinconado y cada vez más tóxico para los ministros de los cuales él era el Jefe, lanzaba frases que parecían amenazas porque sonaban como el remanido “si yo caigo muchos caerán conmigo”.
El problema de Adorni no está en lo que habría obtenido turbiamente desde su cargo, sino en él mismo, su personalidad, sus modos y el destrato propinado a los demás. Se trata de un personaje repelente cuya mayor habilidad comunicacional es transmitir un desprecio oscuro por los demás. Dueño de un estilo sobrador, se expresó con frialdad hacia los débiles y vulnerables, a pesar de su procedencia social. Un desclasado que quiso acercarse velozmente al status de varios de sus nuevos allegados ideológicos.
En el club de admiradores de Trump y de milmillonarios como Peter Thiel y Elon Musk, no luce bien lo que Arturo Jauretche llamaba“medio pelo”. El autor del “Manual de zonceras argentinas” no catalogaba así a los miembros de las clases medias bajas y medias en general, sino a quienes “ocupan una posición equívoca en la sociedad, situación forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee”.
Visto con la lente del escritor y político revisionista, Adorni es un caso patético de lo que describió en su libro “El medio pelo en la sociedad argentina”.
Despectivo con los débiles y voraz en la rapiña de dinero, inmuebles y viajes caros, pontificando siempre desde el púlpito de los iluminados por la ideología imperante, de manera sobradora y con desprecio por las críticas y las disidencias. Por eso su caída fue tan ruidosa. El púlpito donde ejercía de humillador serial estaba sobre una montaña de arrogancia, negligencia y mediocridad, lo que explica que el derrumbe haya causado satisfacción multitudinaria.
La expresión más brutal y cruel de lo que Adorni representó para muchos, es Stephen, el mayordomo negro del traficante de esclavos Calvin Candie en la película de Tarantino “Dyango sin cadenas”.
Pero el tema hace meses que ya no es Adorni sino el presidente que se ató a él. O fue por incapacidad de entender lo que casi todo el país entendió hace meses, o fue porque una razón oscura le impedía sacarlo del gobierno. En el caso de José Luis Espert, otro lastre oscuro que Milei tardó demasiado en sacar, cuando finalmente lo hizo fue por presión de la Casa Blanca, que en materia de personajes vinculados al narcotráfico es totalmente inflexible.
Para el caso Adorni cabe la misma disyuntiva que planteó la ex canciller Diana Mondino al referirse a la promoción que hizo el presidente de la criptomoneda Libra, una estafa millonaria de escala internacional: actuó así “por negligente o por corrupto”, no hay una tercera posibilidad.